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Tribuna:CICLISMO. Sydney 2000. EL MICROSCOPIO

620 vatios de potencia

La prueba de puntuación dura unos 50 minutos y su intensidad promedio es mediana-alta: unos 50 kilómetros por hora de velocidad media. Para afrontar con garantías este esfuerzo es imprescindible una buena resistencia aeróbica. Es decir, haber acumulado miles de kilómetros en pista y carretera -muchos, como Joan Llaneras, han sido buenos profesionales en ruta-. Sólo así se consigue aguantar a altas intensidades -hasta el 85% o el 90% de la capacidad máxima del ciclista- antes de que los músculos de las piernas entren en acidosis o recuperarse rápidamente de los continuos latigazos y cambios de ritmo que se exigen.

Por supuesto, muchos especialistas son grandes sprinters. Y es que cada sprint para ganar los puntos significa más de 120 pedaladas por minuto y más de 1.000 vatios de potencia durante unos pocos segundos. Esta verdadera explosión de fuerza sólo la pueden alcanzar aquellos ciclistas con una gran masa muscular en los cuádriceps, capaces de sacarle todo el provecho posible al metabolismo anaeróbico aláctico. Esta vía energética es, con diferencia, la más rápida de todas, pues utiliza directamente la energía química almacenada en los enlaces de una molécula llamada fosfocreatina. Lo malo es que, por muy grandes que sean, los depósitos musculares de fosfocreatina se agotan en menos de 10 segundos. Así, los sprinters deben calcular muy bien cuándo poner sus vatios en juego.

En cambio, el perfil físico y fisiológico de los menos musculosos y menos explosivos en el sprint se aproxima más al de los grandes especialistas en los prólogos en ruta -contrarrelojes cortas, de menos de 10 kilómetros-. O al de los llegadores, que son capaces de saltar de un enfilado pelotón que circula a 60 kilómetros por hora cuando quedan uno o dos para la meta y resistir hasta el final sin ser engullidos por el mismo.

Éste sería el caso de Llaneras, cuyo biotipo -180 centímetros de estatura y 61 kilos de peso- se aleja bastante del de los explosivos sprinters y recuerda al del llegador holandés Erik Dekker, vencedor de tres etapas en el Tour.

De los resultados de algunos estudios se deduce que para aguantar solo frente al aire en un velódromo a 60 kilómetros por hora es necesario mantener una potencia media de unos 620 vatios durante los minutos de escapada. Llaneras se pasó ayer unos ocho o nueve minutos escapado en dos tandas de unos cuatro y dos kilómetros. Extrapolando datos de algunos investigadores, esto significa ocho o nueve minutos entre 400 vatios -cuando iba a rueda- y 600 -cuando tiraba del grupo-. Para resistir esos minutos de agonía los músculos obtienen la mayor parte de la energía de la glucolisis anaerobia. Pese a la rapidez de esta vía energética, hay que pagar un alto precio por utilizarla: la acidosis láctica, que intoxica a la célula muscular y no la deja contraerse adecuadamente. Eso, por no hablar del tremendo dolor y la sensación de quemazón en los músculos de los muslos.

Alejandro Lucía es fisiólogo de la Universidad Europea de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 21 de septiembre de 2000