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Papa 'bueno' y Papa 'malo', juntos a los altares

El Vaticano suscita una nueva polémica al beatificar hoy simultáneamente a Juan XXIII y Pío IX

Venecia
Juan Pablo II eleva hoy a los altares a dos papas que representan ante la opinión pública la cara y la cruz de la Iglesia católica. Pío IX y Juan XXIII. El último papa-rey, que condenó con dureza cualquier asomo de modernidad, y el "papa bueno", que quiso adaptar la vieja institución al siglo XX. El pontífice antiliberal, que reinó como monarca absoluto durante 32 años (el suyo fue el pontificado más largo de la historia) y que estableció el dogma de la infalibilidad del papa en el Concilio Vaticano I, y el aperturista, el más anciano de los que han ocupado el trono de Pedro, elegido a los 77 años de edad, y desaparecido antes de cumplir su quinto año de pontificado y de inaugurar el Concilio Vaticano II.

Mientras Italia celebra con programas de televisión, libros y artículos hagiográficos la figura de Angelo Giuseppe Roncalli (1958-1963), la beatificación de Giovanni Maria Mastai Ferretti (1846-1878) ha desatado críticas tanto en el mundo católico como en sectores judíos. El gran pecado político de Pío IX, su encarnizada lucha contra la unificación de Italia, parece, sin embargo, una cuestión olvidada. La causa de beatificación de Pío IX, promovida por su sucesor Pío X, ha dormido el sueño de los justos en los archivos de la Congregación para la Causa de los Santos durante 93 años. En todo ese tiempo, ocho papas diferentes han examinado y han vuelto a dejar en su sitio los documentos de la causa.

Pese a la solidaridad natural entre padres de la Iglesia, ninguno de sus sucesores parecía dispuesto a elevar a los altares al pontífice que luchó hasta el final contra la unificación de Italia, excomulgó al rey Vittorio Emanuele II y pidió a los romanos que no respaldaran con su voto la nueva realidad nacional. Pero, sobre todo, el papa del Syllabus, un índice de errores anexo a la encíclica Quanta Cura de 1864, en el que condena sin reservas todas las doctrinas religiosas o filosóficas ajenas a la propia. Desde el racionalismo (incluso el moderado) hasta el panteísmo o el naturalismo, pasando, obviamente, por el comunismo, socialismo, y hasta las sociedades secretas y las clérico-liberales.

Sólo Juan Pablo II se ha sentido capaz de llevar adelante una beatificación que, todavía hoy, despierta tanta hostilidad. El papa polaco ha aprovechado una oportunidad de oro, la que le ofrecía la doble beatificación de Juan XXIII y Pío XII. La idea inicial fue de Pablo VI, que quería contentar a distintos sectores de la Curia romana. A los que admiraban a Eugenio Pacelli, por su firmeza anti-comunista, y a los defensores de Juan XXIII, el papa reformista que inició el "deshielo" con la URSS.

Sin embargo, la causa de Eugenio Pacelli ha tropezado con demasiados obstáculos. Su Pontificado, que coincidió con la II Guerra Mundial, es uno de los más discutidos de la historia de la Iglesia, no tanto porque el Papa no llegara a condenar el Holocausto, sino por su obstinación en preservar por encima de todo los lazos con Alemania, lo que le impidió condenar claramente la invasión de Polonia.

Juan Pablo II ha comprendido que el año del Jubileo, el del mea culpa de la Iglesia, no podía ser el año de la beatificación de Pío XII. Pero ha tenido la audacia suficiente como para llenar el hueco que deja Pacelli con otra figura polémica que en solitario no hubiera podido abrirse paso hasta los altares: Pío IX, criticado por anti-semita y reaccionario, pero cuya imagen autoritaria resulta más digerible que la de Pío XII.

La historia de Giovanni Maria Mastai Ferretti, nacido en 1792, descendiente de una familia noble de Senigallia (Ancona), en la costa noreste del país, está plagada de contradicciones. Elegido papa a los 54 años de edad, como una alternativa reformista a su reaccionario antecesor,Gregorio XVI, en los dos primeros años de pontificado pareció ajustarse a la imagen prevista. Una de sus primeras decisiones fue abrir las puertas del gueto judío que existía en Roma desde el siglo XVI. Pero la implantación de la república romana en 1848 marcó un giro brutal a su política.

El Papa, que se refugió en el Reino de las Dos Sicilias, no olvidó el episodio. A su regreso a Roma decidió que era necesario un rearme moral. En 1854 promulga el dogma de la Inmaculada Concepción y, diez años después, la encíclica Quanta Cura con el mortífero Syllabus. En 1870, Pío IX convocó el Concilio Vaticano I, que estableció el dogma de la infalibilidad del Papa, una rémora para los actuales deseos ecuménicos de la Iglesia.

El tiempo ha ido limando muchas asperezas, pero todavía hoy, mientras la intelectualidad italiana se repliega con un gesto de disgusto ante el solo nombre de Pío IX, la llamada "aristocracia negra", los Ruspoli, los Borghese, los Torlonia, los Massimo dedicarán hoy un homenaje al Pontífice en la iglesia romana de San Lorenzo in Lucina.

Las autoridades vaticanas han subrayado que el propio Juan XXIII declaró ya su intención de hacer beato a Giovanni Maria Mastai. Que en 1962, un año antes de morir, Roncalli hizo público su aprecio rotundo por Pío IX. Quizá llevado por la solidaridad que une a todos los pontífices, en la confianza de servir a una institución sagrada, el "Papa bueno", dicen, admiraba profundamente a su antecesor. Más allá de las muestras de cerrazón ideológica y espiritual, Juan XXIII reconocía en Pío IX la fuerza de un papa decidido a salvaguardar por encima de todo el patrimonio material, cultural y espiritual de la Iglesia.

El economista Ernesto Rossi sostiene, de otra manera, la misma tesis vaticana en su libro El Syllabus y después, escrito hace 35 años y ahora reeditado. Es decir, la de que existe una coherencia ideológica profunda que liga a todos los pontífices. En el libro, Rossi se limita a recoger los anatemas, excomuniones y profecías hechos por los ocho pontífices que reinaron en el Vaticano entre 1865 y 1965 (el año en que publicó el libro), con especial hincapié en el Syllabus de Pío IX, y demuestra que este último está lejos de ser una excepción. "La Iglesia católica es por su propia naturaleza intolerante, teocrática y totalitaria", escribía Rossi, que incluye en su libro también a Juan XXIII.

Angelo Roncalli, nacido en Bergamo, en el norte de Italia, de familia campesina, encarna el mejor lado de la Iglesia, y a él ha encomendado Juan Pablo la tarea póstuma de dar cobijo a su controvertido antecesor Giovanni Maria Mastai. Roncalli, como Pío IX, convocó un concilio, el Vaticano II, pero de signo completamente distinto al Vaticano I; inició el "deshielo" con la Unión Soviética y, en su encíclica Pacem in Terris, de 1963, los estudiosos del catolicismo ven el nacimiento de la moderna doctrina social de la Iglesia.

La beatificación de Juan XXIII ha sido celebrada por la intelectualidad laica italiana con un fervor nunca visto. Y sobre su papado se han derramado toneladas de elogios. La personalidad del Papa emerge purificada de cualquier vestigio de debilidad humana, su aparente afición al tabaco y a la gastronomía. Un beato debe ser un ejemplo de una pieza. Y más si, como en este caso, está obligado a compensar el déficit de afecto que despierta su compañero de beatificación, el discutido Pío IX.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de septiembre de 2000