Historias del 'Kursk'

El accidente del submarino nuclear ruso Kursk, que se precipitó al fondo del mar de Barents el 12 de agosto, no sólo simboliza el desastroso estado de las Fuerzas Armadas rusas, una sombra de lo que fueron en tiempos soviéticos, sino que encierra en 15.000 toneladas de acero los cadáveres de sus 118 tripulantes. Son padres, hijos, hermanos, esposos y novios, coprotagonistas de su trágico destino. Éstas son algunas de las historias más estremecedoras.Las fotos que ilustran este reportaje han sido facilitadas por Komsomólskaya Pravda, y el pago por las mismas, a petición del propio diario, se ha destinado al fondo de apoyo a los familiares de las víctimas de la tragedia.

- Un destino implacable

Cuando Oxana, la joven esposa del alférez de navío Andréi Polianski, se enteró en el sureño territorio ruso de Krasnodar de que el Kursk estaba varado en el fondo del mar sufrió por muchas de sus amigas y vecinas de Vidiáyevo, base de los submarinos atómicos en la costa del Ártico, no muy lejos de Múrmansk. Pero no pudo evitar un suspiro de alivio: su marido no formaba parte de la tripulación del Kursk, sino de un hermano gemelo suyo: el Vorónezh.

Por eso, Oxana, que se encontraba en casa de su madre para dar allí a luz a su primer hijo, no pudo dar crédito a sus ojos al ver una tarde por televisión la lista de los marineros del Kursk. Leyó espantada: "Alférez Andréi Polianski, segunda cámara". Corrió a telefonear a Vidiáyevo y le confirmaron sus peores temores. Su marido y otro compañero habían tenido que reemplazar a última hora a un marinero del Kursk que estaba de vacaciones y a otro que tuvo que ir al entierro de un familiar cercano fallecido en accidente de tráfico.

Oxana y Galina, su suegra, decidieron partir urgentemente hacia Vidiáyevo. Pidieron ayuda en la administración local, pero chocaron contra un muro de indiferencia. Lo mismo ocurrió en el comisariado militar. No tenían dinero para el viaje, pero lo pidieron prestado, con intereses. Pidieron y suplicaron, pero no lograron billetes para el tren a Múrmansk. Finalmente, lograron subirse a uno en la cercana Rostov del Don. Tardaron tres días en alcanzar su destino, y eso ocurrió justo cuando se anunció oficialmente que no había supervivientes. Las dos mujeres están hoy bajo tratamiento psiquiátrico.

- Una novia arrepentida

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Yákov Samovárov, que debía cumplir los 23 años el próximo 23 de octubre, decidió seguir la carrera de su abuelo, ex marino de guerra, ya retirado, que vive en Severomorsk, la ciudad cerrada sede del Estado Mayor de la Flota del Norte. Yákov estudió en la escuela naval de Arjánguelsk y tras hacer la mili donde sirvió su abuelo, firmó contrato con la Marina. Durante cinco años escribió largas cartas a su novia, Natasha. "Te llevaré en submarino a Hawai", le decía en una de ellas. "Adoro este mar", le aseguraba en otra ocasión. En una de las últimas cartas, recuerda ahora Nata-sha, Yákov le decía en broma que se estaba muriendo.

Además del dolor por la pérdida, Natasha lleva ahora sobre sus hombros el peso de la traición. Aunque confiesa que amaba a Yákov, se casó con otro en San Petersburgo, donde estudiaba. Él lo supo sin previo aviso, cuando se lo contaron en un viaje a su pueblo natal.

- Rescatador de su propio hijo

Hubo un submarinista que participó en las operaciones de rescate que aplazó su boda para no abandonar la búsqueda, a pesar del susto que supuso que su minisubmarino se averiase y perdiese el contacto con la superficie. Tal vez en su decisión influyó saber que en la superficie el capitán Vladímir Gueletin tenía que pasar por un trago incomparablemente más amargo: el de intentar salvar a su propio hijo, Borís, de 25 años, uno de los tripulantes del Kursk.

- Demasiado tarde para lamentarse

El marido de Irina, Alexandr Shubin, era vicecomandante del Kursk. A ella, la noticia fatal la pilló a miles de kilómetros del lugar de la tragedia, en Sebastopol, la ciudad de Crimea hoy ucraniana pero pese a ello sede de la flota rusa del mar Negro. Se encontraba allí con sus hijas Alexandra, de 12 años, y Alina, de 18. Hoy está furiosa por la demora y la ineficacia rusa en la operación de rescate. "Si hubieran comenzado el primer día, sostiene, "Sasha habría tenido alguna posibilidad de sobrevivir", declaró en la estación ferroviaria de Múrmansk, después de tres días de viaje agotador, aliviado por las muestras de solidaridad y el apoyo material prestado por gentes de toda condición en las paradas del trayecto.

"Cometí un error cuando le permití que fuera a servir al Kursk, añadió, consciente de que es demasiado tarde incluso para lamentarse. "Yo sabía que el Estado se encontraba en guerra, sabía cuantas viudas hay por ello en Rusia. Sabía a qué miserable supervivencia está condenada la familia que pierde a su sostén. Tendría que haberme opuesto".

Ahora tiene que mirar hacia adelante y pensar en sus hijas. Su sueldo de administrativa es de 1.500 rublos (unas 10.000 pesetas), justo lo que cuesta mantener a su hija mayor en San Petersburgo, donde estudia.

- Cumpleaños en un ataúd de acero

¿Murió Dmitri Leónov el mismo día que cumplía 21 años, el 16 de agosto? Será imposible saberlo con exactitud, aunque lo más probable es que, en el mejor de los casos, falleciese el 14, cuando dejó de oírse este mensaje transmitido en morse mediante golpes en el casco: SOS Agua.

Era la segunda vez que Dmitri, vecino de Yajromá, pequeña ciudad de los alrededores de Moscú, iba a celebrar su cumpleaños en el Kursk. El año pasado lo pasó cuando el submarino nuclear surcaba aguas del océano Atlántico.

Después de su servicio militar, Dmitri firmó un contrato de ocho años con la Marina. La última vez que estuvo en Yaj-romá, su amigo Mijaíl lo convenció de que fueran al pueblo vecino a ver al pope Anatoli. Ese sacerdote ortodoxo es conocido por su capacidad para ver el futuro. A Mijaíl le había pronosticado las penurias que pasaría en el último año de la mili, y resultaron ciertas. El pope advirtió a Dmitri de que le esperaba una terrible prueba y le aconsejó rezar a menudo. "Le regaló un libro de oraciones de bolsillo. ¡Ojalá que no se haya olvidado de llevarlo a bordo!", exclama Mijáil con lágrimas en los ojos.

- Sobresaliente en lanzamiento de torpedos

"A mediados de agosto dispararemos por tercera vez. En la primera y segunda misiones saqué una calificación de sobresaliente. Si ahora me sale igual de bien, obtendré la especialidad de torpedista. Queridos mamá y papá, estoy orgulloso de haberme convertido en un verdadero marino, feliz de servir en este submarino, el mejor de la flota, con el mejor comandante del mundo. Estoy muy contento. Alegraos también vosotros por mí".

Así rezaba la última carta enviada a casa por Maxim Borzhov, que precisamente hoy debía cumplir los 19 años. Antes de iniciar su servicio militar, al que fue llamado el pasado noviembre, trabajaba en la fábrica de muebles de Múrom, su ciudad natal. Junto con la carta envió a sus padres un dibujo del Kursk con la siguiente inscripción: "El camino del marino no es ni difícil ni ligero, sólo ¡glorioso!".

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