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Tribuna:

Figo

No se puede anticipar el tiempo que necesitarán los madridistas para asumir por completo que Figo pertenece a su equipo, pero la indigestión es ahora bien patente. Figo no entra hoy por hoy en el Madrid ni mediante el suavizante de su calidad indiscutible. La codicia por un buen jugador abre las puertas, pero el caso de Figo ha llegado como una historia extraña y adversa. Un lance en el que se ha unido la ambición del dinero y la estratagema electoral, la repetida torpeza de la directiva del Barça y la picaresca de un tiburón de la construcción. Demasiado feo para ser verdad. Y demasiado a contrapelo como para ser acariciado por los hinchas.El mismo Figo trasteado por los acontecimientos es el peor Figo posible. De aparecer como un jugador noble y responsable, firme y seguro, ha venido a revelarse vulnerable, cambiadizo y traidor. ¿Es esa clase de condición humana de la que quiere proveerse Florentino Pérez? ¿Son estas maniobras las que ennoblecen a la afición? Ni siquiera la degustación de un infortunio para el Barça compensa del íntimo malestar que ha generado esta operación. Figo está en el Real Madrid por más de 10.000 millones de pesetas. ¿Es esa la hazaña? Figo se encuentra en el Real Madrid sorprendido por la improbabilidad del triunfo de una candidatura, tal como el cazador cazado o el burlador burlado por el azar. Deja atrás el franco cariño de la afición barcelonista timada por quien parecía menos capaz de hacerlo, y se viste extrañamente de blanco para recibir el aplauso mercenario de los aficionados más insensibles o rudos. No tiene el mejor aspecto esta compraventa, ni tampoco buen karma, ni buen estilo, ni fácil acomodo para una y otra hinchada. En el fondo se ha cometido como un pecado nefando, una rara perversión del sentido de las cosas y una forzadura antinatural que retuerce el sentido de los símbolos y deja una amarga sensación de fracaso, deportivo y moral. Así se estrena, desdichadamente, una junta del lado madridista, mediante una acción aciaga. Y así se inaugura la era de Gaspart, levantando amenazadoramente el puño y colocando no se qué recordatorio en su mesita de noche, junto a las pesadillas de este comercio, entre monstruoso y fatal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de julio de 2000