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TOUR 2000 15ª etapa

Por el honor de Pantani

Beloki se queda a dos segundos de Ullrich tras una etapa de montaña ganada a lo grande por El Pirata

Al final del gran día todo fueron lamentaciones en el bando de los soñadores. Los ilusos. Soñaba El Chava con su etapa, pero a tres kilómetros del orgasmo llegó Pantani para evitarlo. Soñaba Beloki con un puesto más alto, con un extraordinario segundo lugar en el gran Tour, pero a 55 segundos, dos antes de los necesarios, surgió Ullrich de entre la nada para devolverle a la realidad; soñaba Ullrich con que por fin iba a llegar el mal día del inaccesible Armstrong, y estaba gozando viendo que en efecto llegó, y ya estaba sufriendo porque, en efecto, él no estaba a la altura de sus deseos. Soñaba Virenque en un sueño de lunares rojos; y soñaba Botero en repetirse el gustazo del Izoard; Escartín, con sus ataques de Piau Engaly; Heras, en estar a la altura de los más grandes. Terminada la jornada, pasadas las más de cinco horas y media sufridas a 31 por hora; olvidados el Galibier blando, la dura Madeleine, la interminable subida a la estación de Courchevel, todos ellos se miraron las manos y las vieron vacías. El lamento duró, sin embargo, poco: todos miraron las manos de los demás y las vieron más vacías que las suyas. Como lo vivieron durante la etapa, la más dura de los Alpes, la última gran etapa antes de París, todos acabarán conformándose con lo que tienen: y luchando para guardarlo.Mancebo no sueña: se aferra a su maillot blanco y no lo suelta: vive en su sueño. Armstrong tampoco sueña: Armstrong temía La Madeleine, el puerto más duro del Tour. Pantani tampoco sueña: Pantani vuela. Ninguno de los tres se lamentó. Los tres tienen lo que desean: un maillot amarillo, un amor del Tour, una montaña a sus pies.

Pasó la gran etapa y tres cosas quedaron claras. 1. Armstrong ha empezado a ir cuesta abajo, pero ha visto París desde la cima de La Madeleine. 2. Todos están yendo cuesta abajo. 3. Pantani es Pantani.

Todo ganador de Tour pasa un momento malo algún día de su conquista, dicen. Todo consiste para los pretendientes, añaden, en aprovecharlo para atacarle. Como se suele decir a posteriori, todo queda en teoría bonita y en, ay qué lástima, qué ocasión he perdido. Con Armstrong, el ostentoso americano de amarillo, todo se sabía de antemano. La víspera, todo el que tuviera ojos para ver y oídos para oír se enteró: en los dos primeros puertos, Vars y Allos, Armstrong no estuvo a gusto. Nadie le atacó. Nadie lo comprobó. Por la noche lo confesó: "Uff, qué día más largo, largo, largo", dijo. "Uff", añadió, "qué Madeleine más larga, larga, larga viene. La temo". Sí. La temía. La sufrió. Todo el mundo lo vio. Nadie le atacó.

Fue más o menos así. El Banesto se había mostrado una estrategia con Jiménez que consistía en atacar desde el primer puerto, el descenso del Galibier y el repecho del Télégraphe. En ese ataque fueron sus Arrieta y Txente para llevarle en el valle y subirle a su rueda todo lo que pudieran; y también fue Otxoa, el escalador vizcaíno que se ha descubierto fuerte. Y dado que el de Berango era un hombre preocupante (a menos de siete minutos de las plazas del podio) no parecía buena idea dejarle coger minutos como si tal cosa. Así que el pelotón, en vez de ascender La Madeleine al tran-tran del US Postal como habría deseado Armstrong, la subió al ritmo desaforado que le impuso el bestia de Udo Bolts, una máquina de hombre al servicio de Ullrich. Resultado: Armstrong empezó a jadear. Hasta se le vio hablar con Pantani pidiendo ayuda. Entonces atacó Escartín un par de veces. Con el aragonés se iba Ullrich y a Armstrong le costaba trabajo recuperarse. Pero los ataques fueron suspiros sin continuación. Ullrich no lo intentó más. Parecía que más que atacar al líder defendían su posición. Beloki, siempre a la defensiva, ni intentó probar. Nadie se movió. Hasta Guerini, el fiel escalador de Ullrich, le echó la bronca a su jefe: cómo iba a marcar un ritmo de subida: se trataba de atacar a Armstrong, no de llevarlo en carroza. En la carroza del miedo de sus rivales viajó el líder. Vio París desde la cima y fue un hombre nuevo. Dio, entonces, vía libre a Pantani.

De Pantani se esperaba un ataque lejano, rompedor, explosivo. Pero en su papel de aliado de Armstrong no puede sino dedicarse a las voladuras controladas. En el valle hacia Courchevel compró los servicios del exagerado Commesso para reducir a la mitad la ventaja del grupo de Jiménez, al que se le había unido el siempre fuerte Botero. El napolitano cumplió. Pantani atacó. Armstrong, avisado y ya superado el mal trago, se fue con él. Ullrich, que dejó pasar la oportunidad, fue el más perjudicado. Beloki también sufrió y subió a rueda de su compañero, y rival para el podio, Moreau. Heras intentó el imposible y se fue con la pareja de gigantes. Pero Pantani volvió a atacar. Desplegó sus alas y voló El Pirata. Pasó volando al doctor Jiménez, míster Chava, el fascinante personaje de la estepa abulense. A Pantani, el mejor escalador, nadie le podría coger. Corría detrás de su honor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de julio de 2000