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Tribuna:TOUR 2000 Sexta etapa: CORRESPONSAL EN EL PELOTÓN

Y yo con ellos

Ahí hemos estado, donde debíamos. Como la etapa se anunciaba pestosilla, de aire, había que estar adelante, atentos, y ahí hemos estado. Poco a poco hemos ido tirando. Y la fuga se ha hecho. Con malos compañeros, ya ven, pero qué se le va a hacer. Mirándolos de uno en uno me decía, pero si soy yo el único que nunca ha ganado nada. Además todos eran especialistas en etapas como en la que estábamos.Yo ya me esperaba que saliera el corte, aunque, para ser sincero, pensaba que se podría producir más bien en la etapa siguiente, la de Limoges. Ya en la salida había estado hablando con Marino (Lejarreta, el consejero de Manolo Saiz), quien me dijo que el día iba a ser difícil y que no les extrañaba nada que saliera una fuga multitudinaria, y que en el caso de que así fuera no se iban a quemar para tirarla y defender el maillot para que luego se aprovecharan los sprinters de su trabajo.

Y allí iba al principio, hablando justamente con Peña y Cañada cuando Jalabert sintió la llamada de la naturaleza y se paró en la cuneta. Peña se quedó con él y ese momento lo aprovechó Backstedt para arrancar. Cañada dejó de hablar conmigo y se fue tras el fugado, y le afeó su conducta y le dijo que eso no se hacía, que qué respeto al líder era ése. Parecía que se calmaba la cosa pero la mecha estaba encendida. No hubo más calma. Poco después atacó Durand y le siguieron una decena. Y yo con ellos.

Al principio marché tranquilo, esperando a ver de qué iba la cosa. Hablé por el transmisor con Eusebio y me dijo que atento, que parecía que atrás se paraban y que pasara a dar relevos, pero que no me significara más que los otros. Poco después llegó José Miguel con el coche y ya me guió el resto de la etapa. Y yo haciéndome ilusiones, no tanto por ganar la etapa sino pensando en la historia del 91, aquella fuga que marcó todo el Tour, y diciéndome que si no habría allí un Chiappucci escondido.

Cerca de la llegada, cuando se veía claro que no nos cogían, José Miguel me aconsejó que intentara mantener la sangre fría hasta el final, que aguantara. Enfilamos la tremenda recta de casi dos kilómetros, inacabable. Llegados a 500 metros, me dije que era el momento de intentarlo y salté por la derecha. Mal momento. Justo entonces los del Rabobank empezaron a lanzar el sprint por la izquierda. Y allí se quedó mi intento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 2000