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Crítica:

Tierra de libertad

Antonio Castillo analiza en un libro la transición en Cádiz

Alfonso Sastre y Brecht

Mucho se ha escrito sobre Cádiz como germen del constitucionalismo moderno, aquella cuna de la libertad que alumbró a La Pepa y exaltó valores democráticos pioneros. No obstante, ¿fue la gaditana una provincia ejemplar en otros trances históricos?, ¿estuvo a la altura de su fama en el pasado más próximo? Para Antonio Castillo Rama, licenciado en Historia y concejal de Cultura del Ayuntamiento de Cádiz, sí que confirmó su pasado liberal.Con La transición en Cádiz (Quórum Editores), Castillo ha abordado como historiador una materia hasta ahora reservada a sociólogos y politólogos, pero que siempre ejerció sobre el autor una enorme fascinación, traducida con el tiempo en tesis doctoral. "Aunque no voté en las primeras elecciones -sólo tenía 17 años- andaba embrujado por todo lo relacionado con la transición. Pero no fue hasta mi participación en el ala democristiana de la UCD, ya como universitario, cuando empecé a tener cierta perspectiva", recuerda.

Tutelado por el catedrático de la Universidad de Cádiz Diego Caro, Castillo examina a lo largo de más de 400 páginas el marco socioeconómico gaditano para sentar las bases de cuantas evoluciones políticas y electorales se dieron tras la muerte de Franco.

Especial atención merecen en su estudio los colectivos culturales que jugaron en aquel momento el papel de agitadores de conciencia colectiva, como el Centro de Cultura Popular Andaluza, el grupo literario Marejada o la controvertida compañía de teatro Quimera, dirigida por José María Sánchez Casas.

"En contra de lo que se piensa, la polémica de Quimera no estaba en el hecho de que representaran obras de Brecht o Alfonso Sastre, sino en los coloquios que establecían luego los actores, sentados entre el público y estimulando la participación crítica", explica Castillo."Aunque Sánchez Casas acabó erigiéndose como máximo dirigente del GRAPO, la buena conducta y la ausencia de antecedentes policiales de los chicos de Quimera allanó el terreno para su legalización", agrega.

En un ambiente más tolerante se gestó el grupo Drago, aún no disuelto oficialmente. Desmarcándose de ideologías concretas, sus estatutos apuntaban la voluntad de difundir aspectos históricos y sociales de la provincia a través de conferencias y mesas redondas. En ellas llegaron a participar algunos de los políticos que serían ministros de la UCD: Jiménez de Parga, Gil Robles, Arias Salgado...

Ya en el plano estrictamente electoral, el historiador pone de relieve la decisión por la que la provincia de Cádiz abrazó las siglas socialistas en las elecciones democráticas de 1982. "No sólo fue la que más votó al PSOE, con más del 65% del escrutinio, sino también la que dio el salto cualitativo más grande en relación con los comicios anteriores", explica.

"La proporción se mantiene en las citas sucesivas, en gran parte gracias al Partido Socialista Andaluz (PSA), que consigue diputados gaditanos en Madrid. La expansión del sector naval, la reconversión industrial y el establecimiento de clases medias urbanas sólidas marcan según Castillo la pauta de los primeros años ochenta.

"Hoy Cádiz ya no es preponderantemente de izquierdas, aunque siga teniendo un fuerte componente tradicional. Lo cierto es que actualmente podemos decir que el voto es menos ideológico, ya que prima más la gestión de algún partido determinado. Eso tiende a diluir la barrera entre votantes de izquierda y de derecha", añade Castillo.

Apostando masivamente por Felipe González o respaldando por mayoría absoluta a Teófila Martínez, "lo cierto es que Cádiz se ha movilizado, como en las viejas democracias, en los momentos cruciales desde aquel proyecto de reforma política".

Aunque algunos analistas discuten la fecha y hablan incluso de segundas transiciones, Antonio Castillo da por cerrado el proceso de la transición hacia 1982, con la llegada del PSOE al Gobierno. Concluía así una aventura colectiva que llevaba a España aires de normalidad y deslumbraba no sólo a los espectadores foráneos, sino también a sus propios artífices.

"La fascinación que sentimos", dice Castillo, "estaba precisamente en que cada uno de los españoles se sintiera actor estelar de unos hechos que ponían al país al nivel de Europa, a la que siempre habíamos envidiado. Y de hacerlo sin dramas y con la participación de todos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de julio de 2000