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Tribuna:

Chinerías

A pesar de la distancia, durante su viaje asiático el presidente del Gobierno estuvo al día de lo que pasaba en España e iba emitiendo opiniones contundentes, como si temiera que pudiéramos olvidar quién manda aquí. Aznar es consciente de lo olvidadizos que somos los españoles, tanto que ya no nos acordamos de cuando considerábamos que don José María no tenía porvenir político y, en cambio, nos parece como si hubiera estado aquí dirigiendo el tráfico desde casi siempre. Tan olvidadizos que mientras estuvo en Asia olvidamos que se había ido, sin valorar las ventajas de si se hubiera quedado. Desde la muerte de Franco, nos relacionamos con el poder como sordiciegos.La estampa del jefe y de Piqué en la cubierta de una embarcación china, con doña Ana Botella en la retaguardia, Cabanillas de incógnito, los cuatro con la mirada perdida en qué estará diciendo Arzalluz o con quién estará fusionándose Villalonga, habla del difícil reposo del estadista. Extenuados tras una rápida visita a China en la que pidieron respeto para los derechos humanos y que España forme parte del Consejo de Seguridad de la ONU, sin otro logro que declaraciones de amistad y regalitos simbólicos, las actitudes de nuestros paisanos traducían un cierto hastío, especialmente la de Piqué, al que le han esculpido los cabellos demasiado al trote, como si fuera a interpretar el papel de un diablillo en cualquier obra de repertorio parroquial. Y Cabanillas se aburre preparando sus comunicados a la prensa casi tanto como cuando los comunica; se aburre esclavo de un estilismo demasiado sobrio, nada propicio a paladear afirmaciones juguetonas.

Tal vez hacía calor o eran sabedores de que viajar a Asia y a Oceanía no interesa y en cambio viajar a USA chupa cámara, porque los españoles van al cine. Pero todo lo de China ha llegado a sus vidas por las puertas y los libros traseros, poblados por una triste gente harta de comer serpiente seca y bolas de arroz escarlata. A mí el cuarteto Aznar, Botella, Piqué y Sotillos en China me pareció triste y sorprendido de que los vía crucis de la revolución conservadora también pasen por Pekín.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de julio de 2000