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Tribuna:

Y luego... las matas

París es un desierto que nadie ha atravesado jamás. Eso lo escribió el novelista Georges Perec en uno de sus libros, pero podríamos haberlo pensado cualquiera de nosotros al mirar cualquiera de nuestras ciudades; estoy seguro de que hubo días, y sobre todo noches, en que podríamos haberlo pensado. Lo contrario de una ciudad transformada en desierto es una ciudad sumergida, una de esas que pertenecieron a civilizaciones de la antigüedad y que los arqueólogos encuentran en el fondo del Tigris, el Éufrates o el Yangtsé, en las costas de Italia, junto a las islas de Roda y Creta o en los alrededores de Alejandría. Ciudades desérticas o submarinas... Cuando lo piensas, parece algo remoto; pero, cuando lo piensas por segunda vez te das cuenta de que en realidad no lo es, de que con las ciudades modernas pasa exactamente lo mismo que con las otras, también van siendo sepultadas lentamente, van perdiendo su personalidad y sus tesoros, son devoradas en nombre del utilitarismo o el progreso igual que otras se inundan para construir presas; son sustituidas por otros lugares que se levantan sobre sus cenizas y llevan su mismo nombre, pero no son ellas. En lo único que se distingue la destrucción de muchas ciudades fenicias, griegas o romanas y la de las nuestras es en que los gobernantes de ahora son igual de bárbaros pero el doble de eficaces: ni siquiera necesitan agua para anegarlas.Uno de los casos más terribles de devastación que conozco es el de Las Rozas, que era un pueblo pacífico y delicioso hace poco más de veinte años y ahora es una feísima y tristísima ciudad-dormitorio echada a perder, en mayor o menor medida, por los consecutivos desalmados que han dirigido su ayuntamiento. Quizá algunos de ellos se habrán enriquecido, como cree la gente, de forma oscura y otros no habrán sido más que títeres de usar y tirar, personajes de segunda fila manipulados por constructores voraces y pequeños terratenientes sin escrúpulos, pero yo voy a darle una vuelta por Las Rozas a alguno de mis amigos académicos, tal vez al poeta Ángel González o al director Víctor García de la Concha, y les voy a proponer que incluyan en el diccionario de la R.A.E. una nueva definición de la palabra edil: "Ave depredadora de la familia de las rapaces, cuyo apetito y deseo de destrucción nunca se sacian".

Estos días, mientras leía en los periódicos que la Comunidad de Madrid ha detenido, por el momento, otras dos recalificaciones urbanísticas en Las Rozas, hice la suma de las que sí han sido aprobadas en los tres últimos años y de esa suma salieron casi catorce mil viviendas nuevas. Después, me puse a recordar una conversación que tuve, también hace tres años, con el actual alcalde del pueblo. Me había citado en un bar de Las Rozas con la periodista Blanca Berasátegui, entonces en el diario ABC, para enseñarle el lugar donde murió la escultora Marga Gil Roësner, una casa con un gran jardín y una inquitante torre, cercana a la autopista. Por algún motivo, apareció el alcalde, invitó amablemente a unas cervezas, se ofreció a acompañarnos y, en un momento determinado, la charla fue derivando hacia el problema urbanístico del pueblo y su horrible metamorfosis. El alcalde, del PP, se puso a hacer una crítica feroz del PSOE, que había gobernado Las Rozas hacía algún tiempo, en los años en que el partido de Felipe González tenía más Francia y menos napoleones. Según el alcalde, lo que habían hecho los socialistas era algo atroz; la poca vergüenza con que se habían dedicado a recalificar y construir no tenía nombre; el destrozo causado por las urbanizaciones, los polígonos y los bloques de viviendas era estremecedor. Según el alcalde, también, todo eso se había acabado, no sólo no iba a progresar la edificación desmesurada, sino que estaba estudiando fórmulas para deshacer algunos de los errores del pasado. Oyéndole hablar, uno llegaba a tener una visión idílica de justicieras grúas demoledoras y moles grises sustituidas otra vez por barrios de adorables casitas.

Pero no ha pasado nada de eso. Lo que ha pasado en que en estos tres años se han autorizado y levantado esas casi catorce mil nuevas viviendas y el pueblo real ha sido borrado del mapa y hundido en un mar de cemento. No sé si el alcalde del PP tenía razón en sus acusaciones al PSOE. Si la tenía, eso sólo prueba que es verdad lo que siempre se dijo, haciendo un juego que explicase lo que uno encontraba en la carretera al salir de Madrid: primero Las Rozas y después Las Matas. Dios los cría y la política los junta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 15 de junio de 2000