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Tribuna:

Un debate turbio

El ejemplo utilizado por Felipe González en una entrevista con la revista mexicana Proceso para demostrar que el PSOE podría ser hoy mucho más influyente con el respaldo electoral que tiene desencadenó la semana pasada una dura polémica. "La Constitución en España se hizo porque nosotros decidimos que se hiciera y sólo teníamos el 30% de los votos. Si hubiera dependido de Adolfo Suárez, no se hubiera hecho la Constitución. Adolfo es muy amigo mío, pero él no quería hacer la Constitución". Esta frase provocó una oleada de recriminaciones, desde miembros del Ejecutivo de José María Aznar a Adolfo Suárez, hijo, y que culminó el pasado martes con una declaración conjunta de 40 ex ministros que formaron parte de los Gabinetes de Suárez. Felipe González aclara en este artículo qué quiso decir en esa entrevista.

Es curioso, cuando menos, el revuelo organizado con motivo de unas palabras mías sobre el papel de Adolfo Suárez y la Constitución.Sin duda he cometido varios errores en esa entrevista -cuyo texto no revisé-, pero uno destaca sobre los demás: la afirmación de que Suárez no quería la Constitución, sacada de contexto, induce a error y puede ser manipulada, como está ocurriendo.

Esta polémica absurda no cambiará, sin embargo, la apreciación que tengo sobre el papel de Suárez en la transición. Porque no sólo fue una pieza clave para el paso de la dictadura a la democracia, sino el pararrayos de todas las invectivas, descalificaciones y odios de una derecha montaraz que no quería el cambio, que no quería perder su estatus y consideraba a Suárez -ellos sí- como un traidor a su causa.

Y es esto lo primero que quiero dejar claro. Mi convicción personal es que sin Adolfo Suárez el proceso de transición democrática en España hubiera sido distinto y, con toda seguridad, mucho peor. La UCD y el PSOE, mayoría abrumadora, y otros grupos políticos que habían jugado un papel relevante en la oposición a la dictadura, como los comunistas y los nacionalistas, estuvimos desde un principio de acuerdo en la necesidad de transitar de la dictadura a la democracia.

Discrepábamos entonces en las formas y los ritmos. No podía ser de otra manera, puesto que nuestro punto de partida era distinto: Suárez tenía que conducir a una parte del viejo régimen a la aceptación de la democracia y la base de su estrategia era la idea de un cambio sin ruptura de la legalidad vigente. Su margen de maniobra era estrecho y su riesgo alto. Seguramente hizo lo mejor posible cuando aprobó la Ley para la Reforma Política, prólogo de la convocatoria de las elecciones del 15 de Junio de 1977. Esta Ley no tenía el propósito de abrir un proceso constituyente, aunque forzáramos ese resultado final.

De hecho, las primeras elecciones libres en 50 años no fueron convocadas por el Gobierno para elegir una Asamblea Constituyente. Fueron las Cortes las que tomaron la decisión, una vez elegidas, de abordar inmediatamente la elaboración de una Constitución. Y aquí viene el punto central de lo que quise transmitir en mis declaraciones: aquella decisión fue posible porque la relación de fuerzas entre los que tenían su origen en la oposición al franquismo y los que provenían del mismo fue distinta a la prevista. Esto hizo ineludible la aceleración del proceso.

La Constitución era un punto que formaba parte de las exigencias básicas de la oposición y no -al menos originariamente- de la estrategia de los reformistas. El resultado electoral hizo posible la convergencia de UCD, PSOE y otras fuerzas democráticas en torno a la decisión.

Nosotros deseábamos una Constitución que rompiera, mediante el acuerdo, con la legalidad del franquismo y abriera una nueva etapa. Era la ruptura con el pasado, propia de un partido democrático de oposición a la dictadura, que deseaba pactar con quienes, procediendo del propio sistema anterior, manifestaban una voluntad sinceramente democratizadora.

El talante centrista y reformador del grupo creado en torno a Suárez, reflejo del suyo propio, permitió un diálogo fructífero -del que sale la Constitución- y suscitó el rechazo mas encendido y ácido por parte de la derecha que no quería ese cambio.

Esto es lo esencial. Un acuerdo de fondo, la instauración de un régimen democrático. Una metodología, el consenso. Y como resultado, una Constitución compartida. Y en ese esquema la contradicción básica no se daba entre Suárez y nosotros, sino entre quienes empujábamos hacia la transformación democrática de España y quienes, desde la nostalgia del franquismo, la frenaban y obstaculizaban.

Y ahora, más de veinte años después, muchos de los que no querían la Constitución alientan un debate turbio, que trata de enfrentar a aquellos que, mediante el diálogo -a veces tenso y no exento de contradicciones- conseguimos su aprobación. No hay más que ver el celo historiográfico con el que los medios de comunicación al servicio del poder hurgan en las hemerotecas buscando todo lo que les permita atizar esta polémica para darse cuenta de lo que pretenden. En los últimos dos años, como en plena campaña electoral, los dirigentes del PP, intentan apropiarse de la Constitución, incluso de aparecer como únicos garantes y defensores de lo que rechazaron entonces. Y les ha ido bien. Ahora tratan de ir más allá. Porque difícil es, pero no imposible, que fracturen a los que estuvimos de acuerdo hace veinte años, justamente sobre aquello en lo que estuvimos de acuerdo.

Los neófitos defensores de Suárez, o los que lo dejaron en la cuneta, deben saber que no tengo la intención de entrar en ese juego, dispuesto como estoy, por respeto a lo hecho y por amistad, a resaltar el papel de Adolfo Suárez. Mi error ha sido haber dado excusa, que no motivo, para este despliegue de renovadas invectivas, semejantes a las viejas, que oculta intereses espurios.

Porque, puestos a analizar los hechos históricos, sería interesante sacar del burladero a los que jalean hoy a Suárez y entonces lo querían triturar. Por ejemplo Aznar, que dice haberlo votado en 1977 y que, inmediatamente después, estuvo en contra de la Constitución, pidiendo una abstención activa y militante en el referéndum. Estuvo en contra del consenso como método para elaborarla. Estuvo en contra de sus contenidos esenciales : regulación de la educación, de la economía, del derecho a la vida, del Estado de las Autonomías, etc. Es cierto que lo hizo con la relevancia propia de su responsabilidad de entonces, pero con una saña inigualable contra el Gobierno de Suárez. Basta con acudir a sus textos de la época. Estos no dejan lugar a dudas sobre sus convicciones de antaño, transformadas hogaño en exaltación y defensa, con vocación excluyente, de lo que entonces denigraba.

Entonces era importante dónde estaba cada cuál en este debate, porque se situaba en el filo de la navaja entre involución y democracia. Hoy no hay ese riesgo, pero es necesario identificar a unos y a otros ante las nuevas generaciones.

No obstante, mi deseo más profundo es que la mitad de la convicción con que Aznar y los suyos atacaban la Constitución y los Estatutos hace un par de largas décadas, sea hoy aplicada a asumirla, más allá de su uso como arma electoral. Sería bastante, incluso mucho, para los que, con mayor o menor relevancia, nos comprometimos a hacer posible una Constitución que nos permitiera superar nuestros problemas históricos y facilitar la convivencia en paz y libertad.

Acostumbrado como estoy a este tipo de cosas, lo que más lamento es que Adolfo Suárez se sienta mal. Mis excusas porque creo que no lo merece, ni hoy ni en aquellos momentos, cuando tantos de los que ahora salen en su defensa, o alientan el debate ocultándose, se comportaron como lo hicieron.

¿ Podrá hablarse de este y de otros temas de nuestra historia reciente sin que los de siempre se lancen a enturbiarla?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de junio de 2000