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Tribuna:

Lecturas

El fuego graneado dispendiado a cuenta de los nuevos fets de maig, que año tras año, el gurú del nacionalismo ahora llamado transversal, antes y propiamente impolítico, organiza con notable éxito en la ciudad de Valencia ha dejado ocultos los asuntos fundamentales que se barajan en el ruedo político y mediático. Si la reacción del PP ha recibido de la izquierda coadyuvante o no del evento el calificativo de desmesurada, la lectura del nacionalismo oficial, en su fase histórica de acelerada pendiente hacia una racionalidad política que hasta muy recientemente les era esquiva, no deja de ser sorprendente al tiempo que históricamente extemporánea.Del tono y estética política de la respuesta gubernamental, no obstante, ni se ha dicho todo, ni lo dicho hace mella en la compleja realidad que les ha llevado a convertir unos incidentes menores (por otra parte esperados) en paradigma de lo demonizable. Porque no se trata de una irrupción no meditada, ni de un error fruto de la ausencia de cálculo político, ni de la demostración, como se dice alegremente, de que la verdadera cara del PP, la que le brota de su mayoría absoluta está escorada hacia la intolerancia y la limitación de los derechos ciudadanos a la libre expresión por la vía de achicar el ámbito que los protege constitucionalmente; el nudo de la cuestión está, en mi modesta opinión, en la tarea que el PP se autoimpone para ejercer el liderazgo moral y político derivado de su posición privilegiada. Lo que empezó en su Congreso del 93 como un juego de palabras a introducir en las bodegas del barco de UV, adscribiéndose al valencianismo político, y que se acreció en posteriores declaraciones enfáticas sobre un poder virtual que llamaron poder valenciano, desemboca ahora en la reivindicación abrupta del espacio discursivo que orienta y da sentido a la sociedad valenciana. El PP aprovechó el aquelarre, por otra parte banal para la marcha de la política valenciana, y cargó más a favor de reivindicar para sí el liderazgo del valencianismo que perdiendo las formas frente a la variopinta mimesis de otros procesos que se escenificó aquí. Por eso incluso trasladó su respuesta al ámbito institucional y pretendió que el arco parlamentario se plegase bajo el único valencianismo de éxito y con sanción electoral: el suyo. Pero no lo supo hacer. Quedó en evidencia más la estridencia que el propósito, sin duda loable y respetable, que late en los textos de Esteban González Pons y Alejandro Font de Mora aprobados en los Congresos del PPCV. Un debate, claro está, que merece otro escenario que éste, invadido de actuaciones vandálicas minoritarias y transversalismo que se reedita.

Y si al PP se le fue la estética al charco, al BNV se le fue la oportunidad de la pedagogía al garete. No es ahora cuando hay que dirimir las diferencias políticas con Eliseu Climent. Para eso hubo casi dos décadas, que se perdieron en miedos, errores de cálculo y falta de proyecto. Ahora que estamos ya, definitivamente todos los colores del valencianismo de raíz fusteriana en la oposición, la denuncia de la transversalidad de los fastos climentistas ya no sirve de nada, y, además, acaba divirtiendo al adversario.

Hubo un tiempo en que el nacionalismo democrático debió marcar diferencias y plantar cara a lo impolítico con valentía, incluso exigir al patrón convergente que escogiese prioridades. Ahora, ahora que estamos en la oposición (todos menos Pujol, claro) la estrategia no va a ser tan simple.

Vicent.Franch@uv.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 17 de mayo de 2000