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Reportaje:

El banquete de Midas

Un equipo científico reconstruye el menú del festín funerario del mítico rey frigio muerto hace 2.700 años

El menú de aquella noche era el más sabroso que podía encontrarse en la región: de primero, los comensales pudieron escoger entre carne de cordero o cabra cocinada a la barbacoa; de segundo, lentejas con aceite de oliva, miel, vino, hinojo y anís. Para beber, un sabroso ponche elaborado con vino, cerveza e hidromiel. Por el tamaño de las ánforas de aquel festín que han llegado hasta nuestros días, puede colegirse que la bebida era a discreción.De este banquete hace unos 2.700 años. Se celebró en la ciudad de Gordion, en la Turquía actual: durante varias generaciones fue la capital del poderoso reino de Frigia. El convite no era para celebrar un bautizo ni una boda, sino un funeral: el del rey. El fallecido era el legendario rey Midas, que gobernó a los frigios en torno al año 700 antes de Cristo.

Después de comer y beber, el cortejo fúnebre, algo perjudicado por el alcohol, descendió el ataúd a la tumba y, de paso, también puso en el hoyo las mesas de madera en que habían cenado y los cientos de vasos, copas y jarras que habían utilizado. Sea por los efectos del vino o por costumbres ancestrales mal vistas en la actualidad, los asistentes no se molestaron en fregar los platos.

Eso es justamente lo que ha permitido a un grupo de arqueólogos de la Universidad de Pennsylvania determinar, a través de complejas técnicas de análisis químicos, la composición del festín de aquella noche. Los investigadores no han hecho sino aplicar técnicas nuevas a descubrimientos viejos. Desde principios del siglo XX había excavaciones en el lugar en que se erigió la ciudad con la que se honraba al rey Gordio, que fue, dicho sea de paso, el autor del nudo históricamente más difícil de desatar, el gordiano. Alejandro Magno resolvió el problema cortando el nudo por lo sano con su espada.

En 1957 se encontró por fin la tumba del monarca más famoso e impresentable del reino, Midas, y junto a él, los restos del festejo, a los que, en ese momento, no se les dio mayor trascendencia que la puramente festivalera. Cuarenta y dos años después del descubrimiento y 2.700 después de la cena, las técnicas más modernas -incluyendo cromatografías y espectrometrías por infrarrojos- han permitido reconstruir el ágape.

Los exámenes químicos de los restos solidificados de escudillas y jarras llevaron a la conclusión de que los ácidos grasos, el colesterol y los triglicéridos encontrados pertenecían a un plato de cordero o de cabra. Los restos de hidrocarbonos aromáticos sugieren que la carne se había cocinado a la barbacoa, cosa que indudablemente alegró -por simpatía- a los arqueólogos estadounidenses.

Otros elementos mostraban restos de legumbre, quizá lentejas, guisada con aceite de oliva, miel y vino. Para aderezar el plato, los chefs frigios añadieron unas hierbas mediterráneas: hinojo y anís.

Los restos de los calderos de bronce y de las copas revelan la presencia de ácido tartárico, oxalato de calcio y cera de abeja, lo que demuestra que bebieron una mezcla fermentada de vino, cerveza y miel.

Esta bebida alcohólica era conocida por los griegos con el nombre de kykeon, y parece que hubo kykeon para todos, porque en la tumba se encontraron 100 copas junto a tres calderos con capacidad para unos 130 litros. Si las matemáticas no engañan, tocaron a cuatro litros por cabeza.

Es importante este detalle del vino griego, porque demuestra que los frigios llegaron a esa región procedentes de Europa, posiblemente desde Grecia o Bulgaria, como ya sospechaban los historiadores.

Nada aporta la suculenta comida sobre el perfil del rey Midas, nada que rehabilite una figura tan duramente vapuleada por la leyenda de su extrema codicia. A los arqueólogos les falta ahora por deducir si el banquete era un rito habitual a la muerte de un gobernante o si, en realidad, se celebraba que por fin muriese el rey más avaro de la historia.

Y tampoco carece de su ironía el hecho de que se celebre comiendo la muerte de un rey que casi murió de hambre por haber pedido a los dioses que convirtieran en oro todo lo que tocase. Incluida la comida, lo que complicaba sensiblemente su alimentación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de diciembre de 1999