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Tribuna:

Villas

Aprovechando que el Pisuerga de la opinión pasaba por la Sevilla de las 3.000 Viviendas, Alfredo Sánchez Monteseirín, alcalde de la ciudad, se fue hasta Madrid para anunciarnos que la instalación de la futura villa olímpica de una Sevilla que aún no lo es, se convertirá en el oro alquimista que regenere un barrio tan degradada socialmente como lo es el del Polígono Sur. Ya saben que por allí, algún fiscal sevillano, ha situado Medisimbou, o sea, el oeste urbano más desolador y duro, donde la paz urbana ha cedido su poder al reino del machete y el plomo. Algunos se rompieron las manos aplaudiendo tan solidaria iniciativa. Pero nos da toda la impresión de que el cebo político de Monteseirín es gusana para mojarras desavisadas.Muy poco puede encerrar como iniciativa social, como solución regeneradora de barrios deprimidos porque al dinero, que es la base sobre la que se asienta esta sociedad, le gusta cómo huelen los ricos y se tapa la nariz cuando se le acerca un pedigüeño. El capital aplica divinamente aquella máxima bíblica de creced y multiplicaos. Pero sólo esa. El dinero se mueve, por su lógica, para crecer y multiplicarse, sin caer en la tentación de volver la vista atrás y apiadarse de los que se cayeron en el camino. Cambiemos Tablada por esa zona que colinda con la marginalidad más tremenda de la ciudad. Qué más da. El problema es que, con el modelo que tenemos, ni el alcalde tiene más margen de actuación ni tampoco le quedan muchas más esperanzas para sobrevivir al que las pasa canutas en un barrio dominado por el miedo y el olvido. El mismo Monteseirín lo ha dejado muy claro: en esa zona donde se ubicará la villa olímpica no habrá viviendas sociales ni de protección oficial para no continuar el gueto del Polígono Sur.

En los despachos del dinero y del poder, señor fiscal, se construyen las películas del oeste que luego vemos interpretar en los barrios más oscuros. Y de la autoría de ese guión no se salva nadie. Desalojaremos, algún día, las sombras amenazantes de las 3.000 por la presión de un suelo caro y unas residencias de renta alta. Y convertiremos a la marginalidad en nómadas urbanos que se asentarán donde los dejemos. Ésta es la realidad. Lo de la villa, para que piquen los peliculeros.

J. FÉLIX MACHUCA

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 19 de noviembre de 1999