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Tribuna:

La ocasión y la tregua

1. Si hacemos caso a Maquiavelo, el buen gobernante es el que optimiza el sentido de la ocasión. De su estudio naturalista del ejercicio del poder principesco, siempre tan cerca de la verdad efectiva de las cosas, se deduce una conclusión: la virtud (el talento) del príncipe está en el sentido del tiempo, en saber dar grosor a algo tan fugaz como es el momento oportuno, porque sólo el que aprovecha la ocasión escapa a los designios de la fortuna. Así lo dice de Ciro y "otros que fundaron reinos": "Considerando sus acciones y su vida se ve que no eran deudores a la fortuna, sino de la ocasión, lo cual les proporcionó la materia en la que poder introducir la forma que les pareció más conveniente". Los políticos que fundan son aquellos "cuya virtud fuera de lo común les hizo reconocer la ocasión que se les brindaba". La virtud del político es la ocasión. La capacidad de aprehender el tiempo, de hacerlo suyo, gracias al peculiar sentido que le permite captar el momento más favorable, emancipa al príncipe de los avatares del azar y de la fortuna. Y asegura el éxito del gobernante. Pero la política como arte del momento oportuno requiere conocimiento. Sólo el que sabe, el que conoce al pueblo, puede acertar con el momento más favorable. El político es como un médico, "porque los males que nacen en el Estado se curan pronto si se les reconoce con antelación (lo cual no es dado sino a una persona prudente); pero cuando por no haberlos reconocido se les deja crecer de forma que llegan a ser de dominio público ya no hay remedio posible". Captar la ocasión es el secreto.

2. Un año sin ningún atentado terrorista es un signo alentador. Durante este año, el País Vasco ha votado dos veces y la ciudadanía ha dejado claro que no se sentía intimidada por el chantaje del fin de la violencia. En ambos casos, la pluralidad del País Vasco ha quedado reflejada, la imposibilidad democrática de que los nacionalistas impusieran sus tesis a la totalidad de la población, también.

Pero precisamente porque ha pasado un año, la cuestión de la oportunidad se hace más apremiante. Cualquier error en el cálculo del tiempo por alguna de las partes podría ser fatal. La prisa es mala consejera. Dejar que las cosas siguieran su inercia, como ha hecho el Gobierno, se ha demostrado que no era un mal comienzo, por más que, en un exceso de celo por complacer a EH, algún sector del PNV se mostrara más exigente que los propios batasunos.

Se acusa al Gobierno de inmovilismo, pero lo cierto es que ha pasado un año y la propia ETA sigue apostando por la tregua. Cada día que pasa sería más difícil de explicar políticamente un paso atrás. El tiempo, la paulatina incorporación de EH a la vida institucional, ha dado ya unos resultados que en buena parte parecen irreversibles.

Pero el propio Maquiavelo nos advierte de que el uso del tiempo requiere mucha precisión. Porque el tiempo es un arma de doble filo: "Lo arrastra todo consigo en su curso y puede comportar tanto lo bueno como lo malo, pero igualmente tanto lo malo como lo bueno". Extremada sutileza de lo político. El príncipe no puede acomodarse confiándolo todo al "beneficio del tiempo". Dejar pasar el tiempo cierra heridas y desactiva problemas, pero también puede alimentar resentimientos y magnificar nostalgias. Y en este punto estamos.

Parece que ha sido razonable dejar pasar el tiempo durante este año, pero ¿se puede confiar indefinidamente en la estrategia atentista? Los resentimientos y las nostalgias han empezado a aparecer. La salida de la antigua mesa de HB de la cárcel ha traído cierto desconcierto en el propio frente abertzale. Las luchas por el poder interno también cuentan. Durante este año, Arnaldo Otegui ha imprimido una alta velocidad de crucero a la incorporación de EH a las instituciones, sin que el tren descarrilara. Parece que algunos sectores de HB consideran que se ha ido demasiado lejos. ¿Conflicto interno de poder o miedo a que el convoy pierda unidades en marcha?

El pacto de Estella y la fábula de la asamblea de municipios vascos han sido a la vez el intento de ETA de imponer su iniciativa y el alpiste espiritual con que se ha tratado de arrastrar a la militancia batasuna. Pero en su corta historia no ha pasado la prueba de la realidad democrática. Está resultando ser un camino que no conduce a ninguna parte. Ambas propuestas han quedado desbordadas por el transcurrir de los hechos. El propio PNV, que tan dispuesto parecía al seguidismo, ha tenido que constatar que "si algo hay agotado en nuestro panorama es el análisis y el discurso de ETA". Un año sin atentados ha servido para que se tomara conciencia de lo evidente: a ETA no se le debe nada. Si Estella era un paripé necesario para justificar la tregua, ya está cumplido. Quizá sea éste el momento en que se deben dar los pasos adecuados para que la nueva situación se asiente. El Gobierno acertó con la presión policial primero y con la prudencia después. En esta línea se permite ahora, rotos los contactos con ETA, el acercamiento de 105 presos. ¿Es un gesto de cara a la opinión pública o responde a claves de negociación que desconocemos? El Gobierno quiere demostrar que se mueve y, sin embargo, es un hecho menor que difícilmente influirá en el proceso de paz.

3. El tiempo corre. La tentación de dejar que fluya sin intervenir demasiado puede parecer prudente, pero Maquiavelo nos explica que a menudo es letal para el príncipe. En la capacidad de tomar la decisión acertada en el momento preciso está el éxito. ¿Qué es el éxito en este caso? Por supuesto, el fin definitivo de la violencia, en términos que sean aceptables por la sociedad vasca y la sociedad española. Es decir, salvando la dignidad democrática. Lo demás se dará por añadidura. Lo cual no significa que venga regalado, pero sí que ya corresponde a otro orden de problemas: los de la normalidad democrática.

Desde el punto de vista del Gobierno, saber optimizar la ocasión es hacer lo mínimo aceptable para evitar los dos peligros: que ETA vuelva a matar o que ETA se escinda y quede un reducto grupuscular irredento como ocurre a menudo en este tipo de procesos. Y todo ello de modo que la ciudadanía pueda asumirlo. Un año sin matar puede dar argumentos a quienes piensan que lo mínimo aceptable es no hacer nada. Y que el fin de la violencia se impondrá por reducción al absurdo: porque a ETA le será políticamente imposible volver a las andadas. Es una hipótesis. Quizá la más deseable. Pero es un riesgo elevado.

Un año después, las condiciones parecen bastante favora-

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La ocasión y la tregua

Viene de la página anteriorbles: ETA se queja, pero mantiene la tregua; sus pretensiones de hegemonizar el nacionalismo vasco han obligado al PNV a reaccionar porque su política seguidista empezaba a hacerle daño; los límites del Pacto de Estella han quedado de manifiesto; la ciudadanía española ha visto que fracasaban los intentos de convertir la tregua en un chantaje. ¿Señala este panorama que ha llegado la ocasión? Al presidente Aznar corresponde la iniciativa, suya es la responsabilidad de acertar en la ocasión. Y suya es la obligación de que el ritmo y el calendario no lo marque ETA, sino los partidos democráticos. Pero no sólo él está comprometido por la oportunidad. El PNV alardea de haber atraído el abertzalismo radical a las instituciones; por tanto, de haberlo alejado de la estrategia violenta hasta el punto de hacer difícil que se replantee. Pero quizás ha llegado la ocasión de pasar a exigir la paz de modo efectivo, en vez de seguir jaleando a los hijos pródigos o de escenificar airados despechos.

Y en la propia EH, si realmente hay un sector decidido a apostar a fondo por el fin de la violencia, el sentido de la ocasión es determinante. Para que la violencia se acabe definitivamente es importante que este bloque no se rompa. ¿Hay peligro real de que una parte, por mínima que sea, no siga? ¿Y convicción suficiente en el sector mayoritario para avanzar en la línea institucional? El tiempo preciso en que el diagnóstico permite una acción eficaz es el tiempo del político. Captar la ocasión es el secreto. No hay leyes de la política que determinen de modo exacto la llegada de la ocasión. Forma parte del talento del político saber atrapar estos momentos, que no acostumbran a pasar dos veces.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de septiembre de 1999

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