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Tribuna:

Volver a ser los mismos

Confundidos por la bruma del desconcierto, a la vuelta de un sueño de mar, pinos y estrellas que nos hizo pensar que acaso estemos equivocando nuestro destino entre asfalto, semáforos y nubes sucias. Afectados por esa enfermedad propia de estas fechas, en las que el regreso al calzado, al horario, a los objetivos, a los informes, al business attire, al reto, reiteradamente pospuesto para después del verano y nuevamente frustrado después de todos los veranos, de una vida que corresponda al ideal. Desubicados como animales en un zoológico; desorientados como extranjeros perdidos en una extraña aldea; amenazados, como los personajes de las novelas góticas, por un enemigo abstracto que sabemos tiene nuestro propio nombre; desolados como el paisaje del alma de las novelas centroeuropeas por las que paseábamos nuestra adolescencia sin rumbo. Cansados.Los psicólogos y otros especialistas en ese no se sabe qué que inquieta a las personas tienen estudiado y comprobado que un porcentaje altísimo de la población urbana regresa de sus vacaciones estivales más cansado y estresado de lo que se había marchado. Para explicar este fenómeno en apariencia contradictorio, muchos esgrimen una teoría que considero superficial: los veraneantes se cansan de sus apretados periplos turísticos, o de soportar a todas horas a una familia que en Madrid pierden de vista a ratos, o de realizar sin descanso actividades supuestamente lúdicas y sanas y en realidad agotadoras y contrarias a su hábito. Según estos estudios, los veraneantes regresan tan cansados a Madrid porque han perdido mucha energía en cargar y descargar el coche, en subir y bajar acantilados cincuenta grados a la sombra, en aprovechar el tiempo de por la mañana a la playa, por la tarde a ver pueblos, por la noche de juerga y mañana lo mismo, que sólo quedan cinco días. Pero yo creo que los especialistas se equivocan y que los madrileños volvemos cansados de la perspectiva pospuesta, aunque sin remisión de volver a ser los mismos, estresados de reconocer (nadando con los peces entre rocas, bailando sobre arena húmeda al amanecer, dormitando al silencioso estruendo de las chicharras) un rostro, idéntico al de nuestro bronceado, que nos asalta irónico una y otra vez, aun cuando creíamos que le habíamos dado marino, campestre o monumental esquinazo. Lo que nos pasa a los madrileños que volvemos cansados de las vacaciones es que hemos sido muy conscientes de la puntual escisión de nuestro yo, de que esa libertad de nuestros movimientos no nos incluye en su totalidad, de que aquel que se ha despedido con tan ancha sonrisa de su jefe exigente, de su casa asfixiante, del trayecto tedioso de sus meses, no es otro que el que emprende, camino de las costas, el regreso a sí mismo de treinta días después.

"Y fuéme peor (...), pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres", dice Quevedo en las últimas frases de su Buscón, cuando éste decide marchar a América. Como si la vida pudiera por fin ser diferente, nos lanzamos cada año a la aventura de ser otros, tiernos actores del personaje más difícil, y así nos inventamos al descubridor de nuevos mundos, al atleta, al intelectual retirado que medita a la sombra de los árboles, al router que no escoge lugar en el que echar raíces, al vitalista despreocupado, al hippy de mercadillo. Y, claro, volvemos cansados, agotados, de ponerle tope al miedo con un codo. Miedo de saber que nuestro reluciente personaje tiene los días contados del drama de un solo acto: la quincena o el mes de vacaciones en el que se nos ha permitido fantasear con ser dueños de nuestro destino, con adoptar al fin el gesto que nos defina, con seguir sin pauta alguna el camino de la sorpresa, con ser libres.

Volvemos estresados a Madrid porque nos hemos dado cuenta, como el don Pablos de Quevedo, de que nuestro estado no mejora por mudar de lugar, que se aloja dentro de nosotros, vayamos donde vayamos, el más comprensivo de los amigos (ese que aplaude tus más débiles marcas) y el más cruel de los enemigos (el que se carcajea de tu parodia). Volvemos cansados de saber, un año más, que es la vida y las costumbres lo que quisiéramos cambiar. Y que a nosotros nos ha tocado hacerlo en Madrid y es aquí donde debemos intentar ser más libres. Así que no se me ocurre mejor sistema de readaptación a uno mismo que el de la picaresca: ser el pícaro con el que ha de lidiar nuestro yo más severo, ese yo que Valle-Inclán decía que "se pone estupendo", engañarle un poquito, reírse a sus espaldas, trajeadas y cargadas de tan serios proyectos para el nuevo ejercicio que habrá que declarar, y esperar hasta la próxima breve obrita de un solo acto del siguiente verano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 27 de agosto de 1999