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Editorial:

Ambición belga

BÉLGICA acaba de inaugurar una coalición de Gobierno revolucionaria para este pequeño país conmovido por sucesivas crisis -la última, la de la contaminación de piensos animales por dioxina-, que terminan por afectar a la credibilidad del propio Estado ante los ciudadanos. Por primera vez en 20 años, el primer ministro no es un democristiano, sino un liberal, y por primera vez desde 1958, la democracia cristiana está ausente del Gobierno tras perder las elecciones en su feudo flamenco. Una difícil fórmula integrada por seis partidos -liberales, socialistas y ecologistas, duplicados en flamencos y valones en representación de cada comunidad lingüística- intentará superar una crisis que afecta al Estado. El líder del partido liberal flamenco, Guy Verhofstadt, que ha evolucionado desde un radical neoliberalismo thatcheriano hasta un liberalismo social próximo al de Tony Blair, ha sido el encargado de encabezar el Gabinete y elaborar un programa ratificado por los congresos de todos los partidos de la coalición. La primera conclusión del acuerdo de mayoría de Verhofstadt es que no hay Estado residual, como alguien pudo deducir del proceso de federalización y de pérdida de competencias del Gobierno central; cuando el Estado se percibe o presenta como residual, objeto de apaños de poder en vez de dirección política, produce los escándalos que se han visto en los últimos años. Sí puede y debe haber un Estado, y unas administraciones en general, más eficaces y menos obesas, y ésta es una de las cosas que se propone este nuevo Gobierno arco iris. La creación de una agencia para la seguridad de los alimentos, la reforma de la justicia y de la policía, un pacto sobre la despolitización de la función pública y la constitución de un foro permanente sobre la pugna entre valones y flamencos constituyen las cuatro patas de un programa ambicioso. Verhofstadt se propone "eliminar definitivamente las tensiones comunitarias y asegurar las relaciones armoniosas entre regiones y comunidades". Es dificil creer que lo consiga, pero de momento ha sido capaz de plantear un programa de gran aliento. Lo que no es poco hoy en día.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de julio de 1999