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Tribuna:

¿La nueva Venecia?

Hace tiempo que Barcelona está siendo un modelo para la regeneración urbana de bastantes ciudades europeas: la superación de las inútiles abstracciones de los planes generales por los proyectos puntuales, la prioridad del diseño del espacio público como matriz urbana, la extensión del carácter de centralidad y el valor significativo de los monumentos arquitectónicos. Dejando aparte el caso de las grandes capitales europeas cuyo proceso y cuyos objetivos hay que situarlos en otras coordenadas, muchas ciudades han emprendido una similar tarea de reconstrucción y algunas parecen dispuestas a arrebatar la batuta barcelonesa, ahora menos eficaz que hace algunos años. Ciudades grandes como Lyón, Rotterdam, Bilbao, Valencia; ciudades medianas como Lille, Aix-en-Provence, Girona, Santiago de Compostela, Lleida; pequeños núcleos dispersos en Holanda, Suiza, Alemania, Austria, se están convirtiendo en otros tantos modelos que influyen en sus entornos. Las nuevas calles y plazas, los nuevos museos, las nuevas universidades, los nuevos parques, los nuevos auditorios, marcan las pautas de una regeneración urbana en casi toda Europa que marcará el signo de este fin de siglo. Italia, como siempre, es un caso individualizable, en cierta manera anómalo. Muchas aportaciones teóricas, muchas publicaciones, pero escasas realidades, quizás porque el desbarajuste político, social y judicial no es un marco demasiado apropiado. En la caterva de leyes inútiles -puros recursos burocráticos- faltan, no obstante, las que facilitarían la gestión de ese nuevo urbanismo y las ciudades se ven incapaces de corregir las aberraciones del "abusivismo" magnificado hace años por la Democracia Cristiana. Algunos alcaldes se esfuerzan últimamente en encontrar caminos operativos y han propuesto programas ambiciosos. Por ejemplo, Rutelli en Roma, Bassolino en Nápoles, De Luca en Salerno, Cacciari en Venecia. Hay algunos más y no debe ser casualidad que todos ellos provengan de partidos de izquierda. Pero estos caminos han sido a menudo intransitables.

La Roma de Rutelli es mucho menos de lo que nos prometían. Se ha aplazado la lucha del metro y el ferrocarril contra el automóvil que comportaba la reorganización de redes y estaciones y el desplazamiento puntual de actividades centrales. La operación Centopiazze se presentó aparatosamente con una exposición de proyectos, pero las plazas realizadas se han reducido a media docena. El Auditorio de Renzo Piano todavía en construcción, la restauración de monumentos y los concursos abiertos para el Museo de Arte Moderno y el Palacio de Congresos son resultados plausibles, pero escasos.

Se han publicitado exageradamente las ideas de Bassolino para Nápoles, más como propaganda política que como actividad real. Hasta ahora, las realidades no son muchas. Su primer asesor, Vezio de Lucia, inició operaciones que se quedaron reducidas a regulaciones legales de los planes porque, cuando hubo que concretarlas, De Lucia había ya desaparecido del mapa. Han quedado algunas peatonalizaciones, alguna reordenación del tráfico, cuya modestia se disimula con las promesas grandilocuentes de Bagnoli.

Quizás en Salerno, a pesar de sus limitaciones políticas y económicas, es donde se ofrece hoy un panorama más operativo. De Luca ha asumido el método de los proyectos urbanos y el de la transformación de la ciudad por partes coherentes y ha reconocido que la factibilidad es el índice de la prioridad.

Si Italia es un caso aparte, Venecia es la quintaesencia de su anormalidad. Con el nuevo Plan General de Leonardo Benevolo, que sustituirá el de los años cincuenta, Cacciari, en lucha contra la inercia tan generalizada de los que no quieren que Venecia cambie, propone, por fin, una radical modernización de la ciudad. Para superar su evidente crisis urbana, Venecia ha de entrar competitivamente en la globalización económica, en los sistemas europeos de producción y mercado, tiene que superar su anormalidad y abrazar la vida moderna como preconizaba Braudel hace ya muchos años. Para ello hay que imponer un cambio de escala territorial. El nuevo modelo espacial ha de abarcar una ciudad más grande que incluya todo el entorno y que, en vez de organizarse en centro y periferia, acepte una pluralidad de centros: Venecia, Mestre, Murano, las islas menores, el Lido, los núcleos históricos de terraferma, Marghera, etcétera. La unidad de este conjunto multipolar permitirá organizar una ciudad moderna morfológicamente peculiar, pero no tan anómala, en la cual se integrarán y potenciarán los valores históricos según nuevas formas de actividad.

El plan propone, por lo tanto, unos sistemas de mejor conexión con la terraferma, la ocupación productiva y residencial de las islas y la costa terrestre y la potenciación de las periferias insulares que hasta ahora se han destinado a actividades suburbanas y que han acabado siendo barreras de comunicación. Pero, al proponer esta unidad sistemática, el mismo plan reconoce que sólo se puede alcanzar con la personalización fragmentada de todos sus ingredientes. Es, pues, un plan que aporta como instrumentos la fragmentación y el proyecto puntual. Como dice De Michelis, se trata de "disegnare, pezzo a pezzo, el futuro".

Estos días, en la isla de S.Giorgio, está abierta la exposición Venezia. La nuova architettura con la mayoría de proyectos en curso. Algunos corresponden a la idea de reorganización territorial, como el nuevo puente en el canal Grande -obra inteligente de Santiago Calatrava, más contenida que sus últimos proyectos-, la nueva estación marítima de pasajeros (Ugo Camerino y Michel Mackary), el puente en Porto Marghera (Alberto Novarin), el terminal automovilístico de Fusima, base de un nuevo enlace islas-terraferma (Alberto Ceccheto), y la ampliación del aeropuerto Marco Polo con una fantástica y fantasmagórica intervención de Frank Gehry, una exageración de volumetrías imposibles que se justifican como la nueva puerta monumental de la laguna.

Pero Cacciari, en el catálogo que ha editado De Michelis, insiste muy oportunamente en que la modernización de la ciudad pasa por la modernización cualitativa de la arquitectura. Y en este tema, los ejemplos son muy contundentes. Enric Miralles ha proyectado una ampliación del Instituto Universitario de Arquitectura, cuya aparente agresividad formal es un intento de modernizar un barrio, atendiendo sus trazos significativos. David Chipperfield ha proyectado la ampliación del cementerio de la isla de San Michele con sus formalismos rectangularistas. Francesco Venezia presenta un dudoso ejercicio de simplicidades volumétricas para un nuevo laboratorio de materiales del IUAV. Vittorio Gregotti propone la transformación de la Punta della Dogana en espacio expositivo para el Museo Guggenheim. Wilhelm Holzbauer está construyendo un parque científico y Cino Zucchi, Boris Podreca y otros arquitectos intervienen en la reutilización de la vieja industria Junghans.

La exposición -que incluye muchos otros proyectos, sobre todo los finalistas y seleccionados en los respectivos concursos- es muy sugestiva, y nos permite imaginar que los venecianos están en puertas de superar la habitual ineficacia de la Italia moderna en temas de urbanismo y gestión urbana. Pero ¿será capaz Cacciari de llevar adelante este programa con el marasmo político y legislativo que lo envuelve? ¿Los proyectos fracasarán como fracasaron en su tiempo los de Wright, Le Corbusier y Kahn, rechazados por toda la ciudadanía bienpensante? Alguien ha explicado que cuando se inició la decadencia de Venecia con el descubrimiento de nuevas rutas atlánticas que la dejaban fuera de los circuitos comerciales, todos los venecianos sabían qué cambios tenían que introducir urgentemente para sobrevivir como potencia económica. Pero, sabiéndolo, no se atrevieron a imponerlos y prefirieron vivir de antiguas rentas en una confortable decadencia que hoy ya no se sostiene. Esperamos que Cacciari tenga la valentía y la habilidad para atreverse, aunque hay que reconocer que a aquellos que no se atrevieron les debemos las mejores joyas de la arquitectura y la pintura -de Palladio a Selva, de Tiziano a Tiepolo-, quizás como consecuencia de su confortable decadencia económica. Para los que se oponen a los cambios, éste sería un buen argumento.

Oriol Bohigas es arquitecto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de julio de 1999