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Tribuna:

Buñuelos

Para qué les voy a engañar. Me produce una satisfacción casi morbosa pasear por una ciudad, Barcelona, que, distrito a distrito (menos uno: Sarrià-Sant Gervasi; pijerío obliga; aunque con excepciones, mis amigos de ambos barrios), ha votado una opción municipal civilizada y acreditada por el uso. Todo lo contrario que Madrid, me perdonarán, cuya ciudadanía (excepto mis amigos y quienes podrían serlo) ha elegido libremente no liberarse de aquel de quien líbreme el cielo de nombrarle. Otra de las gozadas de estos días reside en ver humillados a los altivos y elevados a los humildes (es decir: no los capitostes, sino esa gente de la política cotidiana a quienes sientes cercanos, cuyo trabajo conoces), por el simple hecho de que los votantes, incluso los abstinentes, han movido el piso.

Pero el placer más completo y perverso lo extrae esta gacetillera de ver confirmarse las previsibles reacciones del personal más encumbrado. Por una parte, están quienes incluso cuando reconocen la derrota creen poder hacer bien en el futuro aquello que se ha comprobado que, hasta la fecha, han hecho mal. Vienen a continuación quienes, no habiendo ganado tanto como querían, se apresuran a devaluar los logros del contrario. Y, por último, se encuentran quienes, tras obtener un resultado mucho más alentador que el que esperaban, se montan de nuevo en la fantasía de que se han recuperado, cuando se trata de que hemos hecho de tripas corazón. Como consecuencia, una serie de buñuelos rellenos de ego de cuadros socialistas flotan estos días por los cielos catalanes, y pueden pegarse seria oblea autonómica.

Mira que si resultara que hemos corrido "como conejos" (según definición del ex buñuelo Francisco Frutos) para elegir a Clos porque, de entre todas sus cualidades, apreciamos precisamente su modestia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 17 de junio de 1999