CICLISMO Giro de Italia

Golpe de efecto de Virenque

El francés consigue en Rapallo su primera victoria después de todos los sucesos del caso Festina

No fue la profetizada jornada de los ataques de largo aliento, de la búsqueda del terremoto, de la de-sestabilización de la banda del Pirata y del Pirata mismo. Los pensadores dejaron la escena a los del espectáculo por el espectáculo, a los de la superficie sin carga de profundidad. Y en ese sentido, el día fue inmejorable. Fue una golosina de ciclismo, aunque aparentemente fuera una escapada consentida sin más, la primera del Giro, de dos hombres sin aspiraciones para la clasificación general. Fue bastante más: fue la victoria de un proscrito (Richard Virenque); fue un superclase noble y sin malicia, Santi Blanco, sabiendo a qué sabe el sudor amargo de la derrota; fue el drama y el dolor de Dario Frigo y Leonardo Piepoli, dos escaladores que abandonaron con la clavícula rota en caídas a 70 por hora, más cruces en el Cento Croci, el tercer puerto del día; fue, finalmente, la desesperación de Roberto Heras, a quien un nuevo incidente mecánico (una salida de cadena) le precipitó por un precipicio del que salió indemne, afortunadamente, pero, desafortunadamente, sin más posibilidades de ganar la etapa por la que luchaba. Cuidadísima puesta en escena. ¿Qué guionista ha podido pensarla? Culminada la primera victoria del nuevo Richard Virenque, año primero, el ciclista francés se dirige con presteza hacia la cabina del control antidopaje, blanca y brillante bajo el blanco y radiante sol veraniego de Rapallo, la capital del Tigulio, la perla de la Riviera. El funcionario de la blanca bata le veta. "Alto, no entres, que antes tienes que subir al podio". Media vuelta y, ¡oh! sorpresa, se tropieza con un abrazo rosa. Es su pote, su colega, su compañero de fatigas y de luchas, de persecuciones mediáticas, es Laurent Jalabert, el líder aún del Giro, por un instante el hombre más feliz del mundo por el triunfo de su en otros momentos rival. "Sé que esta victoria fastidiará a más de uno", dice el campeón de Francia. "Gracias, Laurent", dice Virenque. "Siempre has estado a mi lado, en los buenos y en los malos momentos, cuando era fácil y cuando es difícil". No suenan violines, pero casi. Sí que hay aroma de mimosas.Un actor secundario. Triste. Los periodistas dan por conclusa la conferencia de prensa del ganador. Han compadecido su peripecia vital. Han simpatizado con sus ojos negros, con su sonrisa aún a medias. Han recordado que una semana antes de empezar el Giro, Virenque andaba de juzgado en juzgado (Lille, "caso Festina"; París, "caso doctor Mabuse"), declarando por las causas de dopaje en que se le está investigando. Han sabido, de nuevo, que el francés llegó hecho polvo, desmotivado y desentrenado. Hay material para una novela río: expulsado del Tour con todo su Festina, siempre inconfeso, nunca sancionado, rescatado del paro por el Polti. Hasta el dulce momento de su primera victoria tras todo el asunto. Así que, todo anotado, todo preguntado, los periodistas empiezan a levantarse. "Un momento", frena Virenque el movimiento, "quiero decir una cosa. Quiero darle las gracias a Santiago Bian, eh, Blanco; si no es por él, si no es por su trabajo y su fuerza, si no es por su ánimo, no alcanzo el objetivo. Sé que estará triste, sé que le habría gustado ganar, pero es joven y bueno, y seguro que algún día le llegará la victoria". ¿Desde cuándo el protagonista se compadece de un actor secundario, de alguien que está ahí sólo para hacerle brillar más? Quizás Santi Blanco, el pura sangre de Puerto de Béjar, fuera el único que pensaba, llegado el último kilómetro, que podía ganar la etapa. O quizás no.

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Quizás Santi Blanco, el escalador jovial, fuera de la misma opinión que los millones de espectadores, que su papel ayer consistía en lanzar a Virenque hacia una victoria redentora. El caso es que actuó como si la segunda opción fuera la acertada. Derrochó energías y clase en todos los repechos que se encontró en su camino desde el último puerto hasta la meta. Tenía miedo de que les cogieran. No quería racanear, pues, jugar al gato y al ratón con el francés. Estaba apurado. También aceleraba porque soñaba con tensar la cuerda tanto que el pegajoso Virenque se le quedara de rueda. Ingenuo y noble: no sabía que Virenque llevaba casi un año soñando con una victoria grande...

Hoy, jornada de descanso

Termina la etapa. "¿Cómo estás, Santi?", la primera, innecesaria pregunta. Santi Blanco, cara negra, polvo capturado por el sudor, maquillaje natural, ojos tristes: "Muy mal, ¿cómo voy a estar?". Suena un teléfono móvil. Es Javier Mínguez, su director. "Tenías que haber tenido algo de malicia. Una vez arrancado tenías que haberle hecho ir hacia la valla, para que si te quería pasar en la curva, te tuviera que saltar por el otro lado; y entonces tú le habrías metido un diente y ya tendrías una bicicleta de ventaja y..." Virenque llega al control antidopaje. Ya ha pasado por el podio. El Giro descansa hoy. Mañana, más montaña.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0027, 27 de mayo de 1999.

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