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Tribuna:

Orden ecuestre

LUIS MANUEL RUIZ En otros lugares ha muerto o ha sido solapada, pero parece que en esta Andalucía nuestra la aristocracia del caballo conserva un perfecto estado de salud. No se sabe muy bien si ese diagnóstico es o no alentador: la conservación de las tradiciones distingue ciertamente a los pueblos civilizados, tanto como su reciclaje a través de la introducción de nuevas pautas y jerarquías. La preeminencia del hombre montado sobre el que meramente camina se basa en principio en una sencilla constatación de tipo físico; uno está por encima del otro, al doble de altura, con lo que puede usar su elevación para someter o convencer al primero en caso de que éste discrepe con alguno de sus puntos de vista o contraríe sus intereses. Sobre el caballo el hombre está más cerca de las divinidades, su cabeza está más próxima al cielo: esta altitud física se tomó también por metáfora de una análoga altura espiritual. El caballero es aquel sujeto que se distingue, aparte de por su urbanidad y refinamiento, por la cepa de la que su sangre procede, distinta, más profunda, más valiosa, de color azul en muchos casos. Explícita o subrepticiamente, la oligarquía de los caballeros ha sido la encargada de gobernar durante siglos los destinos de la plebe, seguramente porque la estatura de que les dota el uso de la montura les permite entrever muchas cosas vedadas al simple hombre de a pie, que mira a ras del suelo. En la vieja y buena Roma sólo marchaban a caballo a la batalla los vástagos de las mejores familias patricias; en la Edad Media el caballo era el distintivo del caballero andante, obligado por un voto con Dios, San Miguel y San Jorge a desinfectar el mundo de malhechores y gente oprobiosa. La equitación es seña de superioridad: los indígenas americanos tomaron a los conquistadores de Hernán Cortés por monstruos mitológicos, centauros de hierro, dioses mestizos que podían explotarlos y castigarlos lo mismo a puñetazos que a coces. Aquí en Andalucía, sobre todo en épocas del año como las que recientemente hemos vivido, la cultura equina sigue constituyendo un escalafón indiscutible, sigue demostrando obscenamente su superioridad sobre el resto del universo de los mortales sin que a quienes observan los arreos en la tierra y no sobre dos estribos se les ocurra que pueda ser de otro modo. En las ferias, las romerías, las fiestas patronales las calles se llenan de hombres a caballo condecorados con medallas, hombres que lucen ante los atónitos ciudadanos atrapados en los embotellamientos de tráfico la lisura y el donaire de unos aparejos de montar que no se usan para el ejercicio de la ganadería, sino del exhibicionismo. Sólo en Andalucía es todavía concebible que el pulso de una ciudad entera tenga que detenerse por el tránsito de un centenar de caballos, que el trayecto que siguen las personas que acuden a sus empleos tenga que ser rectificado y que el pueblo y las autoridades se asomen a balcones y aceras para vitorear la cabalgata. Algo debe haber en nuestra sangre andaluza que nos obliga a admirar y obedecer a los jinetes, restos de alguna atávica religión ecuestre; el pueblo andaluz tiene una larga memoria de caballos: el caballo del terrateniente que pisotea las tierras de labor, el caballo con que el guardia civil limpiaba el monte de bandoleros y anarquistas, el caballo de la autoridad y el castigo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 26 de mayo de 1999