Hierro pregona sobre Madrid

El poeta abre las fiestas del Dos de Mayo con un perfil histórico de la ciudad y sus gentes

El poeta José Hierro esbozó ayer su particular retablo madrileño en 21 folios, la mayoría garabateados con una letra grande y apresurada, que ofreció como pregón de las fiestas del Dos de Mayo. El "pobre" Manzanares, Goya, noctámbulos, señoritas "de quiero y no puedo", verbenas, un chiste "fúnebre" y hasta el café y la media tostada ("el alimento de la literatura española") se deslizaron por la lección de historia de Madrid que el último Premio Cervantes leyó, ante un público entregado, en el auditorio de la Universidad Rey Juan Carlos, en Móstoles. El primero en demostrarle admiración fue el presidente regional, Alberto Ruiz-Gallardón, que le introdujo como "poeta de cuerpo y alma enteros"; elogió su sencillez y generosidad, pese a que esa cabeza, "que parece esculpida a cincel, puede dar sensación de dureza", dijo. Hierro, gesticulante y conversador, se remontó a los orígenes de Madrid cuando era "un castillo famoso conocido sólo por la Virgen de la Almudena", y se preguntó, jocoso, cómo es posible que pueda sobrevivir la capital del reino sin un "río decente" ni una catedral. Habló de la afición de sus gentes por los toros ("entonces no se había inventado el fútbol"), del salón del Prado ("un lugar misterioso y secreto") y de las dos Españas "irreconciliables", que recordó con palabras de Larra ("aquí yace media España, murió de la otra media").

Pero, para desazón de los nostálgicos del madrileñismo, lanzó una frase como una pedrada: "Madrid lo inventó todo, menos a sí mismo". A esta ciudad, según Hierro, "la inventaron los moros, los reyes que llegaban de Francia y Nápoles, con sus músicos y sus pintores", y despedazó la imagen de la pareja bailando un chotis, como representativa de lo castizo. "Lo tópicamente madrileño es de importación, porque el chotis es escocés; el organillo es italiano; los farolillos, chinos, y el mantón..., de Manila", relató.

Eso sí, acto seguido alabó ese arte de los madrileños de "confeccionarse el disfraz de hombre que viene de no hacer nada", mientras la realidad era mucho más cruda. "Los noctámbulos, al amanecer, fingían que regresaban a su casa a descansar, cuando lo que realmente hacían era incorporarse a la caravana de albañiles, tartera en mano", aclaró.

Y al terminar, encendido ya "el cohete de las fiestas de la Comunidad" de Madrid, el poeta, último Premio Cervantes, anunció que volvía a su eterna mesa metálica sobre la que escribió el pregón, y a su mascarilla de oxígeno puro, que metaforizó como "aire que trae aromas de jara serrana". Pero antes pidió al presidente regional "permiso para saludar": "A Antonio Mingote, grande y bueno, que está en un sanatorio diferente del mío".

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 27 de abril de 1999.

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