Desinformación
Recuerdo que cuando se produjeron los sucesos del ex Congo belga que llevaron a la muerte al líder Patricio Lumumba, los jóvenes aprendices de periodistas críticos comentamos que en pleno siglo XX, años sesenta, las agencias informativas podían crear una impresionante ceremonia de la confusión y sólo un cantante entonces de moda, Dodó Escolá, se atrevió a responder a la pregunta: "¿Qué pasa en el Congo? Que a blanco que pillan le hacen mondongo". Me hice eco de la impotencia del receptor en un libro, pecado de juventud, Informe sobre la información (1963).Casi cuarenta años después, ya no vive Dodó Escolá para responder con conocimiento de causa a qué pasa en Ruanda, ni siquiera a qué pasa en los Balcanes, porque la apariencia de la opulencia informativa con que se han cubierto ambos conflictos no ha conseguido esconder la real miseria informativa. Se crea la consigna o la pauta de lo informativamente correcto y los corresponsales individualizados contemplan la realidad fragmentada por biombos colocados por los poderes políticos y militares. Si se nos engañó durante la guerra del Golfo presentándonos a patos agonizando por culpa de la maldad ecológica de los iraquíes y luego resultaron ser patos de Alaska atrapados por la marea negra de un petrolero accidentado, ¿qué garantía tenemos sobre las informaciones que nos han ido llegando de Yugoslavia, filtradas por los designios estratégicos del Imperio y por la inocencia política de los Solanas, esos náufragos en el océano Atlántico?
Es que ni siquiera podemos fiarnos del ojo global de la CNN, con su pasteurizada información para hoteles de cuatro o cinco americanas estrellas, con su estilo de transmitir las tragedias como si fueran programas de aeróbic conducidos por Jane Fonda. Toda la cacharrería circulante por las autopistas de la información no está al servicio de la mentira. Pero sí al de la no verdad.
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