La muerte
El miércoles por la tarde entré a tomar un café en el bar David. Unos minutos después, cuando salí, vi reventado en la acera a un señor de mi misma edad. Llevaba un pantalón de lanilla gris y un jersey jaspeado de poco valor. Con el impacto se le había desprendido uno de los mocasines negros y enseñaba el pie envuelto en un calcetín fibra fina. Tenía la cabeza de perfil y era llamativo el abultamiento del globo ocular izquierdo presionado por la abundante hemorragia en el interior del cráneo. Sólo había tres personas en torno, dos hombres todavía desconcertados, uno echándose constantemente la mano a la mandíbula, y una señorita, vestida de chaqueta y pantalón de Síntesis, en actitud profesional, usando el móvil. Parecía tan serena como si avisara al ayuntamiento de un escape mientras a sus pies, sobre la acera, manaba la sangre. Acudieron más vecinos de los portales y uno quiso tomar el pulso al suicida para informarnos pronto de que, en su opinión, todavía vivía. No parecía, sin embargo, así: tenía la mirada absoluta de los muertos y los brazos dispuestos al estilo de la natación, según suelen abatirse los seres humanos. Alguien lo entendió así también y cubrió el cuerpo con una gran lona sucia de color vainilla. A continuación, finalizada esta maniobra, algunos nos fuimos alejando poco a poco y tal como si hubiéramos asistido a una dura pero conocida escena de cine o televisión. Incluso cuando quise contarlo después, a unos y otros, advertí en mí un esfuerzo para enfatizar lo que apenas me parecía extraordinario. Así me soprendí tres veces, por lo menos, hasta que, a eso de las once de la noche, se me presentó el cadáver caliente, con el ojo exorbitado y desbordante de horror. Prácticamente igual que sucede con la feliz punzada de un amor súbito, su feroz insistencia impide pensar humanamente en nada más. Y ahora esto.


























































