Tribuna:Tribuna
i

"Doctor No"

Una espesa niebla, un estado de sopor, un embotamiento generalizado, un leve pero pertinaz escalofrío en la espalda, una flojera de extremidades inferiores. La sensación de que no me encuentro en pleno uso de mis facultades físicas e intelectuales. Dirán ustedes: gripe. Es lo que asegura mi médico. Afirma que otra gente está como yo, y es verdad, he podido comprobarlo antes de encerrarme en casa y guardar cama. Sí, hay más personas que caminan, vacilantes, en estado de shock. Pero sería demasiado sencillo atribuirlo a un virus, una pasa, una epidemia; al tiempo, a la humedad, al viento, al frío. A que no me tapé la boca con una bufanda, a que no puse la calefacción más alta.

Pensarán que me he vuelto loca, pero lo que estamos sufriendo es una consecuencia congresual. De hecho, me he deslizado del Congreso del PP a mis asuntos sin abandonar en absoluto el estado de lobotomía serena. Otros congresos de partidos políticos se desarrollan ante nosotros como simple noticia; ocupan espacios en los medios, siempre mucho, demasiado, pero no se meten en nuestras vidas de la forma insidiosa en que lo hizo la sofronización del Doctor No (¿O era Spectra) a que fuimos sometidos el pasado fin de semana. Aquel mapamundi azul, aquellas oquedades geométricas de las que surgió, en forma de proyecto futurista, el más avanzado y consistente cursillo de paralización colectiva al que hemos asistido en los últimos 25 años.

Sé que hemos sido invadidos, que el Doctor No controla nuestros menores gestos, nuestros más leves actos. Sé que el moreno que pisa con garbo el mapamundi tiene planes, y que están empezando a cumplirse.

Y si no, que me expliquen por qué precisamente después de la caída de Álvarez Cascos empezamos a plantearnos todos a la vez la necesidad de suprimir a los perros de ataque.

Es hipnosis. No se cura con Couldina.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 03 de febrero de 1999.

Se adhiere a los criterios de