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Elías Querejeta

Cuando Elias Querejeta abrazó a Fernando León de Aranoa ("un gran discutidor") después de que éste obtuviese el premio Goya al mejor director por su película Barrio, la historia del cine dió un brinco y dibujó una imagen singular. Los premios Goya (más allá de la polémica del caso Garci) posibilitan no sólo el ejercicio del reconocimiento particular de la obra realizada, sino el reconocimiento mutuo de la buena salud del cine español en la mente y en las taquillas. En cierto modo, los premios Goya constituyen la escenificación del éxito colectivo, pero a su trasluz advierte algo de particular. Allí sentado en una esquina de la platea central, con el pelo cano y la sonrisa dispuesta, con un cierto aire a lo Polanski, Elías Querejeta podría estar pasando revista a la historia del cine español en primera persona, comparando el valor del riesgo en el triunfo con la eclosión generosa de la nueva época actual. Pero algo no ha cambiado en la actitud y en el nervio de este productor aún atípico que desde hace 36 años sigue apostando por el nuevo cine, por los nuevos valores, por las ofertas de riesgo. Con Fernando Léon de Aranoa ha vuelto a acertar. Produjo su primera película, Familia, una apuesta novedosa, y ha repetido con Barrio. En realidad Elías Querejeta viene repitiendo continuamente desde que en 1963 produjo su primera película en los años difíciles, cuando la oscuridad era más rotunda fuera que dentro de la sala se un cine. En los tiempos que el cine no era cine (por más que en su interior se adivinaran buenos protagonistas del espectáculo), Querejeta firmó como productor su primera película A través de San Sebastián con Antton Eceiza, un corto de 12 minutos "convenientemente machacado por la censura", según recuerda. La relación no era fácil. Por si quedaba alguna duda, el director general de Cine de la época zanjó la discusión con Elías Querejeta y Antton Eceiza de una forma rotunda. La elección resultaba demasiado drástica: "Esta conversación concluye en este momento o acabará en la Dirección General de Seguridad", les dijo. Y acabó la discusión. El primer largometraje que produjo Querejeta, El próximo otoño, fue también con Eceiza en 1963, pero en su biografía el cortometraje anterior inaugura su andadura cinematográfica "porque cine es todo lo que se mueve en la pantalla", según la máxima de Renoir. El tiempo histórico le obligó a con/desvivir con la censura de la única forma posible, "regateando" asegura, como única respuesta. Alguna habilidad le provenía de su aprendizaje como futbolista de la Real Sociedad, equipo en el que militó entre 1953 y 1959. Querejeta era eso que ahora se llama medio punta, cuya misión consiste en gobernar en un terreno de libertad entre los defensores gigantescos y los capos del centro del campo, atentos a cualquier intromisión ilegítima en la zona prohibida. Allí se ejercitaba el joven Querejeta en aquellos tiempos en que un juvenil podía debutar en el primer equipo de fútbol sin trasgredir la norma económico-deportiva. Allí se curtió en el regate, aunque el sorteo de la adversidad "resultaba más fácil con el balón en Atotxa que frente a la censura" en los despachos imponentes. El cíclope Y, sin embargo, Querejeta puso más de un ladrillo, más de un tabique, más de una estructura en el cine español, regateando la zancadilla censorial para construir en imágenes la otra realidad española, el otro pálpito de la sociedad real. Ahí quedaron para siempre sus 13 películas con Carlos Saura, nacidas entonces como alegato de la España verdadera, inquieta e introspectiva, construida despacio, lentamente, con la cámara como un enorme cíclope para romper la penumbra oficial. Cultivador directo o indirecto de la realidad del equipo donostiarra (su último partido en directo fue ante el Real Madrid en el Bernabeu), de la música, de toda la música, ("desde siempre en todos mis domicilios ha habido música"), de la lectura y de los paseos, Querejeta retorna con algún hábito a su Hernani natal, a San Sebastián, una ciudad que encuentra cada vez más propensa al paseo, la respuesta más acertada a la belleza ciudadana. Mientras tanto, convive con la realización del último largometraje "de una tal Gracia Querejeta", en tanto observa el desarrollo del cine español que él creó en las sombras y que ahora recrea, con idéntica factura en los gozos del tiempo de vivir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de enero de 1999