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Tribuna:

Potenciar la razón

Fernando Savater defiende el papel de la filosofía como aglutinante de las diversas materias de los planes de estudio, aunque quizá no tan central o único como a veces, "con entusiasmo gremial", defienden los filósofos. En la conferencia con la que el pasado martes cerró el ciclo La educación que queremos, organizado por el Grupo Santillana, Savater sostiene que la educación no consiste sólo en transmitir información, sino en difundir pautas de comportamiento que permitan aprovecharla, y en hacer a los alumnos "vulnerables a los razonamientos" y cada vez más autónomos. Este es un extracto de la conferencia (transcripción completa en www.elpais.es/p/d/debates/educa4.htm).

La educación es muy principalmente educación para la razón: es formar seres humanos, y los seres humanos somos ante todo seres racionales. La razón no es una disposición automática, sino un logro social, posibilitado por unas capacidades naturales y evolutivas. Me gustaría destacar la importancia de potenciar la razón por medio de la educación, eh cuyos planes de estudio la filosofía, como una disciplina racional, tiene un lugar, no un puesto tan central o único como a veces, con un poco de delirio o entusiasmo gremial, queremos los filósofos. Pero creo que, en cualquier caso, tiene un papel importante para dar una cierta unidad de sentido a un plan de estudios.

La razón está en buena medida basada en el confrontamiento con los demás; es decir, razonar es una disposición natural basada, o para nosotros fundada, en el uso de la palabra, en el uso del lenguaje; y el uso del lenguaje es lo que nos obliga a interiorizar nuestro papel social. El lenguaje es sociedad interiorizada. Lo que se debe tratar en la educación es de desarrollar una capacidad casi inevitable de la vida en sociedad y de la vida en común: todos tenemos que razonar para poder sobrevivir.

El elemento racional está en todos nuestros comportamientos, está formando parte de nuestros mínimos funcionamientos mentales. Si alguien nos dice que ha comido fabada y la paella estaba muy buena, inmediatamente decimos: "No puede ser; o fabada o paella". Dar nos cuenta de que hay cosas in compatibles, de que las cosas no pueden ser y no ser al mismo tiempo, o que las cosas contradictorias no pueden darse a la vez, o que todo debe tener alguna causa, su ponen ejercicios de racionalidad. Ese tipo de mecanismos elementales están en todos nosotros y no podríamos sobrevivir sin ellos.

Por lo tanto, evidentemente, la función racional está constantemente en nosotros. Lo que pasa es que el ser humano actual, el ser humano que queremos desarrollar, el ser humano civilizado que forma parte del final de un siglo y del tránsito a otro, que va a tener que entenderse con máquinas muy complejas, que va a tener que usar registros muy diferentes, que quizá no va a disfrutar de la misma estabilidad en su propio desempeño laboral y gremial, si no que va a tener que cambiar de puestos laborales, tiene que desarrollar una capacidad racional que evidentemente no es algo simplemente instintivo ni automático, y que tampoco se confunde con la mera información.

La suposición de que lo racional es estar bien informado es uno de los problemas de nuestra época, en la que se considera que tener acceso a mucha información va a desarrollar la razón. La información es útil precisamente para quien tiene una razón desarrolla da. No es lo mismo información que conocimiento. El conocimiento es reflexión sobre la información, capacidad de discernimiento y discriminación respecto a la información que se tiene, capacidad de jerarquizar, de ordenar, de maximizar la información. Y esa capacidad no se recibe como información. Todo es información menos el conocimiento que nos permite aprovecharla.

La educación no puede ser simplemente transmisión de información, entre otras razones porque la información es tan amplia, cambia tanto, existen tantas formas de acceder a ella, y cada vez más de una manera on-line, permanente, que sería absurdo que la función educativa fuera simplemente transmitir contenidos informativos. Lo que hace falta es transmitir pautas de comportamiento que permitan utilizar y rentabilizar la información que se posee. Ese es uno de los puntos fuertes del planteamiento de la educación en general y de cualquier asignatura en particular. Enlazando con la disputa que tanta tinta ha hecho verter en tomo al humanismo, oponiendo las asignaturas humanísticas a las cien tíficas, a veces se han dicho cosas muy disparatadas, como si realmente la ciencia no fuera humana o no desarrollara la humanidad. Lo característico del humanismo es que hay un modo humanístico de enseñar cualquier asignatura. Más que el hecho de que unas signaturas sean humanistas y otras no, es el modo de enseñar lo que puede ser o no ser humanista.

Puede ser un modo meramente informativo, descriptivo, o puede ser un modo que a través de cualquier asignatura trate de desarrollar la capacidad de conocimiento; es decir la capacidad de ordenar, relacionar criticar o discernir dentro de una línea determinada, dentro de un tema determinado. Todas las asignaturas tendrían que en su campo de la capacidad de conocimiento, de la capacidad de continuar uno mismo el aprendizaje, frente a la pura disposición a asumir información.

Una característica de la razón es que sirve para ser autónomo; es decir los seres racionales son más autónomos que las personas que no han desarrollado su capacidad racional. Autonomía no quiere decir aislamiento, insolidaridad, solipsismo, pero al menos sirve para autocontrolarse, autodirigirse, optar entre opciones diferentes, proteger las cosas que uno considera importantes, emprender empresas.

La autonomía es fundamental, es lo que permite la razón. El no desarrollo de la razón nos hace dependientes. Los niños pequeños y las personas que por desgracia han perdido alguna de las facultades racionales, lo primero que padecen es una dependencia de los demás. De modo que educar para la razón es educar para la autonomía, para la independencia.

Un punto duro de la verdadera educación es que los que nos dedicarnos a la enseñanza educamos para que las personas a las que educamos, nuestros alumnos, puedan prescindir de nosotros. No hay peor maestro que el que se hace imprescindible toda la vida: el que sigue siendo maestro siempre, no ya por veneración a su persona, a su saber, sino porque se hace imprescindible, es decir, por que la materia que explica está tan vinculada a su persona que no se puede él separar de ella y que los demás nunca pueden acceder al conocimiento sin tener esa persona que les guíe y que les ilumine. El gurú es lo contrario del maestro.

El maestro, o los padres cuando educan a sus hijos, los educan para que se vayan, los educan para que prescindan de ellos. En la verdadera profesión de la enseñanza hay cierta dimensión suicida, por que educamos para que los demás puedan prescindir de nosotros, y estar orientadas a la potenciación los padres también, lo cual a veces es duro. Los padres, por una parte queremos reforzar la autonomía de los hijos, pero por otra quisiéramos que siguieran manteniendo con nosotros algún tipo de vínculo. Eso es, desde el punto de vista educativo, insano, porque hay que educar para la autonomía, es decir, para la razón.

Ciertamente, la razón tiene unos límites. Lo que no hay son otras vías alternativas de conocimiento, no hay otro tipo de conocimiento que no sea racional, pero que sea mucho, mejor que la razón. Evidentemente, la razón no puede dar cuenta absolutamente de todo, y, de hecho, ni siquiera sabemos por qué la razón puede comprender algo. Einstein, por ejemplo, decía "lo más incomprensible de la naturaleza es que nosotros podamos, al menos en parte, comprenderla". El hecho de que la naturaleza sea en parte comprensible forma o tiene una dimensión oscura. Probablemente, compren demos la naturaleza porque somos parte de ella, y, por lo tanto, debe haber en nosotros pautas no solamente intelectuales, sino de todo tipo, que nos vinculan a posibles soluciones, a posibles planteamientos de comprensión racional de la naturaleza.

El hecho de que podamos en tender realmente algo es complejo, pero es así. Lo que seria más absurdo sería suponer que hay otro tipo de conocimiento que, siendo cono cimiento, no tiene nada que ver con la razón. Debemos afirmar esto, a pesar del predominio que hay en nuestra época de entusiasmo por los milagros y las cosas para normales. En el fondo hay una búsqueda de algo que alivie la necesidad de pensar y razonar, que evidentemente es algo fatigoso porque la razón no da saltos, no tiene atajos; es decir, la razón siempre se desarrolla a partir del trabajo, del estudio, de la reflexión, de la reiteración, de los controles, nunca tiene esa especie de visión intuitiva y mágica de la realidad de las cosas. Y, sin embargo, hay una especie de sueño permanente de conocer la realidad fantástica como la verdad, mientras que la razón se dedica siempre a bajos menesteres intelectuales.

Habrán visto ustedes que en nuestras televisiones prácticamente no hay programas con un mínimo contenido científico, no digamos ya filosófico; comprendo que eso es ya demasiado pedir —imagínense el rating de un programa de filosofía—, pero no solamente eso no se da, sino que, en cambio, se da una cantidad de programas de pseudofilosofías y pseudo ciencias verdaderamente abruma dora. Es decir, no hay tiempo para explicar a nadie lo que pensaba Platón, pero, en cambio, lo que piensa un señor que ha hablado con Nostradamus y al que Nostradamus le ha contado todo tipo de noticias, lo que viene y lo que vendrá, eso es muy común. Todo esto es realmente preocupante, porque, además, esos programas suelen adquirir la presentación exterior de algo muy racional y científico.

Me parece un poco peligroso, porque eso puede alcanzar también a la propia educación. En la educación existe también la idea de que lo que se está enseñando es siempre pobre, aburrido, comparado con otras verdades ocultas que a veces están escondidas por razones políticas, como, según dicen, se ha escondido lo de los marcianos para no asustar a la gente. Todo esto puede ser paródico, pero a ciertas edades da una versión erró nea de lo que es conocimiento y, a la larga, puede ser incluso dañina.

La razón no solamente es idéntica en todos los campos, y creo que uno de las principales misiones de la razón es establecer los diversos campos de verdad que existen. Por supuesto, la razón tiene que ver con la verdad. Evidentemente desde la verdad absoluta, con mayúscula y un nimbo de luz alrededor, hasta el hecho de que nada sea verdad, y que, por tanto, cualquier cosa es más o menos igualmente cierta que otra, hay un largo recorrido.

La razón busca verdades, opiniones más reales, más próximas a lo real, con más carga de realidad. No está igualmente próxima a la realidad cualquier tipo de forma de ver, de entender, de operar. La razón es esa búsqueda de verdad, esa búsqueda de mayor realidad, con todo lo que el descubrimiento comporta. No siempre el descubrimiento de la realidad es grato, porque mientras nuestros sueños e ilusiones siempre son favorables o gratificantes, la razón atiende a una realidad que no depende de nosotros, que no nos complace, que no espera darnos gusto. Por tanto, los descubrimientos suelen ser bastante más desagradables que las ilusiones que podemos hacernos sobre la realidad.

Otra obligación en el desarrollo de la razón es el enfrentamiento con la idea de la opinión como última ratio de todo lo que hay. Vivimos en una época en que se oye la opinión disparatada de que todas las opiniones son respetables. ¡Cómo van a ser respetables todas las opiniones! Si algo les pasa a las opiniones es que no son todas respetables. Si todos hubiéramos creído que todas las opiniones son respetables no hubiéramos descendido todavía del primer árbol. Las personas son respetables, sean cuales fueren sus opiniones, pero no todas las opiniones son respetables. Una persona que dice que dos y dos son cinco no puede ser encarcela da, pero su idea de que dos y dos son cinco no es tan respetable como la de que dos y dos son cuatro.

La idea de que todas las opiniones valen lo mismo, que la opinión del alumno de parvulitos vale lo mismo en cuestiones matemáticas que la del profesor de aritmética, no es verdad. Y la idea de que es un signo de democracia o de libertad que cualquier idea valga lo mismo que cualquier otra y dé lo mismo que quien la sostiene ignore los mecanismos del asunto, no aporte ninguna prueba, no tenga datos o sea incapaz de razonar su postura, me parece preocupante.

Educar para que las personas sean vulnerables a los razonamientos también forma parte de la educación racional, y esto entra en la distinción fundamental entre lo racional y lo razonable. La razón cubre un campo que abarca lo meramente racional, en el que nos las entendemos con las cosas lo mejor posible, y lo razonable, en el que nos las entendemos con los sujetos. Es razonable incluir la propia razón de otro sujeto en la mía propia, la posibilidad de aceptar sus fines, de aceptar sus objetivos, su propia búsqueda de la experiencia como parte de mi propia razón.

El funcionamiento racional y el funcionamiento razonable están ligados, y hay que educar en ambos. Lo razonable será ese otro uso que yo consiga dar a los conocimientos racionales. Naturalmente que los usos también están ligados a la razón, pero a otra función diferente, es decir, al reconocimiento de que no me muevo sólo entre objetos, sino también entre sujetos. Lo característico de los objetos es que yo puedo imponerles mis fines; y de los sujetos, que yo debo conocer sus fines para contrastarlos con los míos y buscar la posible cooperación.

Eso es lo que yo les quería exponer, en parte para hablar de que la educación debe potenciar la razón, y por lo tanto aprender a rebelamos contra la sinrazón —porque naturalmente una de las dimensiones de la razón es la rebelión contra la sinrazón—, es decir, las personas racionales no lo son sólo porque se comportan racionalmente, sino porque luchan por vivir en una sociedad racional y razonable, porque luchan porque no predominen los dog mas irracionales, las supersticiones, los fanatismos, aquello que va contra la razón. De modo que la razón es una muestra de convivencia, pero también una fuente de disidencia y de rebelión.

Potenciar esto es el camino de la educación y a ello debería con tribuir la propia asignatura de filosofía en el bachillerato e incluso como práctica universitaria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de diciembre de 1998

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