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Tribuna
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Canibalismo de otoño

En la Tate Gallery de Londres se puede contemplar un cuadro de Dalí, pintado durante la guerra civil española, que es considerado uno de los mejores exponentes del impacto sobre la pintura de este acontecimiento. Dos cuerpos se entrelazan con una mezcla de delicadeza y sadismo mientras con sus manos se dedican a clavarse tenedores y cuchillos y cucharas. Les rodea una atmósfera ambarina, un conjunto de sensaciones táctiles de podredumbre y blandura degenerescente.Fue un personaje de segunda fila de la UCD, Emilio Attard, quien empleó el término "canibalismo", adjetivándolo como "feroz", para describir la batalla interna en el seno del partido que protagonizó la transición. Siempre se ha dicho que, al menos, dicho partido dejó un mínimo legado al conjunto de la clase política: la enseñanza de que quien comete la insensatez de dividirse queda inexorablemente penalizado por el electorado. Cualquiera que haya vivido aquella ocasión recuerda la experiencia. La memoria transmite sentimientos y ambientes, más que puntos de confrontación ideológica. Nadie recuerda -ni siquiera los propios protagonistas- los motivos de división en torno a cuestiones como la ley del divorcio o la reforma de la universidad. No importa: tampoco tenían mayor relevancia y, de cualquier modo, lo que vino después ha hecho desaparecer el rastro de la disputa. Lo que ha quedado es la sensación de que a veces el cercano se convertía en el peor enemigo y se esperaba la salvación de un adversario con quien se flirteaba de forma apasionada. "Yo ya no sé si soy de los nuestros", proclamaba por los pasillos un ilustre ex ministro. Nadie puede evitar el suicidio de una clase política empeñada en jugar a la ruleta rusa y eso fue lo que acabó sucediendo.

Las dos figuras del cuadro de Dalí parecen ser las de Almunia y Borrell y el espectáculo de la desunión, como siempre, al repetirse en forma de caricatura, oscila entre el patetismo y el ridículo. Al segundo se llega por la repetición de la lección; al primero, por la evidencia de lo necesaria que resulta en estos momentos una oposición activa. Aznar ha tardado en aprender lo obvio, pero parece haberlo hecho bastante bien: la actitud de su portavoz ante la misma crisis del PSOE ha sido ejemplar. El PP tiene, en principio, ganadas las próximas elecciones, lo que debiera elevar el nivel de exigencia de quienes se oponen a él.

Pero, en cambio, se nos ofrece la escenificación de la minucia. ¿A qué ser humano normalmente constituido le puede interesar que sea Almunia o Borrell quien vaya a entrevistarse con Aznar? El problema del PSOE no reside ahora en los aspectos turbios de su gestión anterior ni en la pluralidad de sus figuras, sino en su credibilidad como alternativa. En un momento en que Felipe González parece haber empezado a encontrar el tono adecuado -que no puede ser la combatividad, sino una especie de presencia combinada con la ausencia- al resto de los dirigentes del partido les parece dominar un océano de perplejidad que es la verdadera culpable del conflicto.

No se encontrará la solución a través de alambicadas fórmulas organizativas de efectos milagrosos. Así como quien se decide por el matrimonio antes de aclarar sus propios afectos no hace más que aumentar sus propios problemas a medio plazo, nada podrá resolverse sin verdaderas ganas de convertirse en efectivo relevo de Gobierno. El problema de Borrell no es Almunia. Ha demostrado combatividad y ambición de mando, en ambos casos incluso en exceso (no tiene sentido referirse a sí mismo en tercera persona como "el candidato"). Lo que, a mi modo de ver, le falta es situarse más en el centro, como deben hacer de forma inevitable todos los que aspiren a presidentes, y hacer llegar a los demás la sensación de su peso específico, incluso en materias en que no se le atribuye experiencia. El problema de Almunia no puede ser Borrell. De hecho, ha demostrado ya real capacidad de sacrificio en quedarse donde está en condiciones que deben ser poco gratas para él. Mayor cesión de la primera fila sólo incrementa el riesgo de Borrell, no el suyo. Si las dos figuras del cuadro de Dalí se separan y abandonan la cubertería, ganarán ellos, pero también nosotros, porque nada le va mejor al ciudadano que la competencia real entre los partidos.

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