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Metidas en cintura

El ombligo de Yamila es sevillano, pero después de dar muchas vueltas le ha cogido cierto gustillo a los ritmos exóticos. Yamila, también de Sevilla, pese a su nombre, que es sólo artístico, da clases de danza del vientre en La Corrala de Santiago de Granada. "Siempre me ha gustado bailar y me he sentido también muy atraída por la cultura árabe", explica. Tras probar la salsa, el flamenco y el jazz, decidió recibir lecciones de danza egipcia y hace dos años se sintió preparada para transmitir sus conocimientos. Desde entonces han pasado por su escuela más de medio centenar de alumnas. En la actualidad, Yamila desentraña cada noche para 15 mujeres los secretos de una tradición milenaria. En alguna ocasión también ha dado clases a hombres, aunque reconoce que sus cuerpos no tienen la elasticidad necesaria para interpretar el baile adecuadamente. "La danza egipcia, que es la que yo enseño, también la bailan varones, pero sus movimientos son menos sensuales y complicados que los de las mujeres". En su origen, explica la profesora, la danza del vientre estaba relacionada con ritos sagrados y festivos. Hoy en países como Turquía y Egipto goza de un mayor carácter folclórico y de atracción turística. "Pero es sobre todo su exotismo y su sensualidad lo que anima a la gente a aprenderlo", advierte. Con movimientos pausados, Yamila va explicando a sus alumnas el papel que juega cada una de las partes del cuerpo y la forma de adornarlas. Los ojos y la boca se realzan con maquillaje oscuro para cautivar con la mirada. El pelo, cuanto más largo mejor, debe moverse con elegancia. La falda es uno de los elementos más importantes de la danza. Tiene que dejar al descubierto el vientre e insinuar las piernas a través de telas vaporosas y sutiles. Collares, pendientes y lentejuelas rematan la indumentaria. Las edades de las alumnas oscilan entre los 15 y los 45 años. Aunque la juventud o la madurez no condicionan el aprendizaje. "La danza del vientre es una mezcla de técnica, creatividad y, sobre todo, fuerza espiritual. Tienes que sentirla, disfrutarla y que te salga de dentro", explica Yamila. Tampoco es fundamental una buena forma física. "Incluso un poco de barriguita hace más vistoso el baile, ya que le proporciona más movimiento". A pesar de ello, tanto la maestra como sus alumnas ven en las clases un buen sustituto del gimnasio. "Cuando llegamos somos tan rígidas como un frigorífico con congelador. Y salimos con más movilidad que un geyperman articulado", exagera Guillermina, una entusiasta de la danza. Según Yamila, gracias a este baile se ejercitan partes del cuerpo que suelen permanecer estáticas, lo que permite alcanzar un mejor conocimiento del propio cuerpo. "Al principio tienes agujetas, porque mueves todo el cuerpo, pero acabas por moldear los brazos y las piernas", comenta otra alumna, que asegura haber perdido algún que otro kilo desde el inicio del curso. Al ritmo del laúd, el violín y la derbuca, Yamila repite los pasos de una coreografía en la que las distintas partes del cuerpo se mueven en direcciones contrarias, como si tuvieran vida propia. "La técnica es fundamental. Se requiere bastante coordinación y equilibrio para armonizar las caderas, el vientre y los brazos", aclara. Pese a la complejidad de la danza y a que la profesora fija en un año el periodo óptimo de aprendizaje, los primeros pinitos pueden hacerse a los pocos meses. Unos pinitos, reconocen la mayoría de las alumnas, que suelen disfrutar en la intimidad sus novios o maridos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de octubre de 1998

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