Un millón de rescate por un cadáver

El industrial español Fernando Nieves Uribarri, de 71 años, dueño de un negocio de fabricación y reparación de hornos de panadería, fue asesinado el pasado miércoles por una banda de delincuentes que, después de golpearle hasta la muerte, pretendieron cobrar por su libertad un rescate de cerca de un millón de pesetas. El próspero y cruento negociado de secuestros permanece abierto en México, pese a la captura de Daniel Arizmendi, el Mochaorejas, el criminal más buscado del país hasta su detención el martes. Al menos 11 bandas mantienen en jaque a la policía y es notorio que algunas cuentan entre sus filas a militares, separados del servicio o en activo. Siete españoles, la mayoría establecidos en México hace 30 o 40 años, fueron secuestrados tiempo atrás por Arizmendi y en el trance perdieron las orejas y una parte de su fortuna.

El cántabro Fernando Nieves, nacido el 30 de mayo de 1927 en Soba, llegó poco después de las ocho de la mañana a sus talleres de Santa Úrsula, ubicados en el histórico barrio de Coyoacán. En la puerta le esperaban cinco individuos. Fue empujado hacia adentro y en el interior de las instalaciones se registró un violento enfrentamiento entre el septuagenario y quienes habrían de ser, minutos después, sus verdugos, según las primeras averiguaciones judiciales.

El cadáver del empresario presentaba un golpe mortal en la cabeza, otros en el tórax y tenía una varilla de acero clavada en el pecho cuando fue hallado su cadáver. Fue identificado por un hijo y su yerno. Su hermana, Blanca Nieves Uribarri, residente en Santurce, se puso ayer en contacto con el Consulado de España en la capital federal.

Todavía confusa la secuencia del asesinato, lo cierto es que uno de los asaltantes se acercó a una cabina telefónica pública y llamó a la familia para exigir el pago de 50.000 pesos a cambio de la libertad del industrial. "Sus parientes corrieron al banco a conseguir el dinero", aseguraba ayer una vecina. Fue inútil. No sería la primera vez que el hampa pretende cobrar rescate después de asesinar a su víctima. Daniel Arizmendi también lo intentó.

Dos semanas antes de su captura, el pasado día cinco, el Mochaorejas secuestró al empresario Raúl Nieto Del Río, que se paseaba de forma algo imprudente al volante de un Porsche rojo por las calles de Querétaro. Una furgoneta cerró el paso del deportivo y Arizmendi lo embistió por detrás con un utilitario. Durante el forcejeo, uno de los cómplices de Arizmendi descerrajó un tiro al empresario y lo mató. Trasladado el cuerpo hasta una guarida fue sepultado en el agujero abierto en una de las habitaciones para esconder anteriores botines, bajo la cama del jefe cuya captura celebra México. Esa noche durmió encima de su último sacrificado, cuyas muerte dice no lamentar. De hecho, admitió, nadie le inspiró compasión. Antes de enterrar a Nieto, le cortó las orejas, que envió a su acaudalada familia, propietaria de una compañía de gas.

Los padres pidieron pruebas de que su hijo se encontraba con vida. Arizmendi desenterró, lavó y maquilló el cadáver, vendó sus ojos y lo fotografió con una Polaroid. Según fuentes policiales, llegó a inyectarle suero con un catéter para darle la apariencia de vida. La siniestra foto fue remitida a la familia como prueba. Arizmendi, a quien se adjudican entre 40 y 200 secuestros, se confesó capaz de eso y mucho más. "No siento nada al matar y mutilar. Ni placer, ni miedo, ni nada. Era una manera fácil de ganar dinero", declaró durante su presentación a los periodistas.

Nada ha trascendido sobre las características de la banda que asesinó a Fernando Nieves. Tampoco de los movimientos de quienes acabaron con su vida. Pese a las informaciones relativas a que trataron de cobrar un rescate después de matarlo, otra versión establece que, en circunstancias no precisadas, los delincuentes asesinaron al español mientras otro miembro de la banda llamaba, desde la calle, a la familia en exigencia de 50.000 pesos. Habiendo perdido el control de la situación, huyeron. María del Carmen Sánchez Pinto, esposa del empresario, recibió una llamada que le conminaba a no informar a la policía. Sin embargo, desesperada, lo hizo. Eran las diez de la mañana, cuando una patrulla de la Secretaria de Seguridad Pública llegó al taller para las primeras diligencias. La puerta estaba abierta y, en uno de sus cuartos, en medio de un charco de sangre, ya sin vida, yacía el empresario cántabro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0020, 20 de agosto de 1998.

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