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CARTAS AL DIRECTOR

Jerusalén

Leyendo las valientes Escenas de Palestina, de Edward W. Said en EL PAÍS (que tanto contrastan, todo sea dicho de paso, con la reciente y pusilánime actuación de Aznar en Medio Oriente), recordé que al llegar a Jerusalén en 1994 vi cómo la casa en la que había vivido siete años atrás estaba totalmente destruida por el fuego. Por su situación (en el barrio fronterizo de Abu-Tor), aquella casa era ideal para hacer coincidir a judíos y palestinos, y eso es lo que hacíamos románticamente los cristianos que vivíamos allí. Ni que decir tiene que jamás conseguimos que unos y otros se miraran a la cara.Tras ver cómo una importante porción de mi pasado yacía en ruinas, fui en busca de casa nueva y encontré una especie de comunidad urbana, un grupo de jóvenes estudiantes judíos (rusos, argentinos, estadounidenses, mexicanos y algún que otro sabra) que me acogieron en los siempre difíciles primeros pasos por una ciudad extranjera. Era la época (como siempre allí) de tremendos atentados suicidas. Desde luego, no tardé mucho en vivir en esa especie de tensión y ansiedad permanente en la que más o menos todo el mundo vive en Israel. Entonces conocí a una fotógrafa catalana que venía de la guerra de Yugoslavia y que fue aceptada inmediatamente en nuestra más hospitalaria que espaciosa casa. Y fue ella quien trajo un día a un palestino que había filmado un vídeo sobre Palestina... El Ejército israelí cargando bestialmente sobre la gente; muchachos mutilados hablando de sus padres o hermanos muertos o torturados, frente a sus casas y sus campos destruidos, con la voz triste y vehemente de la impotencia... De pronto, uno de los de la casa salió de la habitación pegando un portazo; otro empezó a gritarle al palestino acusándole de propagandista; alguien se echó a llorar. El palestino interrumpió el reportaje y dijo: "Hablemos". Pero fue imposible, los gritos y las deserciones con portazos nos dejaron a los tres solos en la habitación. El palestino recogió su vídeo mientras la fotógrafa y yo tratábamos de disculparnos por todo. Él, como si ya estuviera acostumbrado a ese tipo de reacciones, no parecía estar muy afectado. Nos dijo: "No tenemos la valentía de mirarnos a los ojos y hablar". Y se fue.

Me pregunto ahora si aquel discreto y valiente hombre palestino no sería Edward W. Said.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de julio de 1998