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Reportaje:

Arte en el taller

Siete artistas abren una sala alternativa en el antiguo garaje Pemasa, en pleno Salamanca

Siete artistas españoles se han encomendado a Lourdes Fernández, una joven manchega estudiada en Nueva York y han abierto para su arte el antiguo garaje Pemasa, de la calle del General Díaz Porlier, 35, en pleno barrio de Salamanca. El pequeño milagro ha sido posible gracias a un empresario, Andrés Liétor, que se muestra encantado de ayudar a la creación en un ámbito de su propiedad.Se trata de uno de los pocos espacios para el arte alternativo que hoy existen en Madrid. Para llegar a este nuevo escenario es preciso descender por una pendiente en cuyo fondo un gran rótulo y una banderola conservan la vieja denominación del garaje. Franqueado su gran portón metálico, a la derecha surge del suelo un fulgor de purpurina: se trata de un salpicadero para la reparación de automóviles, que ha sido primorosamente cubierto de pan de oro. Es obra de Marisa Galán, se titula Mar de los sargazos.

A la izquierda de la nave, Guillermo Villadóniga ha establecido una secuencia de ventanucos de madera, cuadrados, en cuyo interior cristales de gran espesor parecen abrirse como silenciosos ojos de buey para nombrar rotundamente cosas indescifrables. El autor lo ha denominado Malos tiempos para la lírica.

En el centro de la estancia del garaje, un recipiente rectangular de madera alberga un cochecito, en madera también, que choca incesantemente contra las paredes del contenedor. Es obra de Fernando Sánchez Castillo. Un poco más adelante, a la izquierda, la vista descubre sobre el muro un somier con su alambrada abierta, a un lado una contraventana con pie metálico, mediana de espejo, ventana de cristal y remate al aire, toda una secuencia que metaforiza la percepción visual. Sobre el suelo de loseta del viejo garaje, tres colchones dibujados por años de uso, almacenan hacia su interior historias solitarias o vividas. Es obra de David Hernández. En el frente de la nave, una verja procedente de la vieja estructura ha sido grácilmente desviada y dibuja sobre el suelo un caprichoso trazo prominente, con sus lanzas de acero pintadas en rojo. Su autor es Juan Mercado.

Todo este Conjunto vacío, que así se llama la muestra, tiene algo de escénico y de fascinador. Tal vez por ello, Joaquín Millán ha elegido 10 televisores que, constantemente encendidos, ronronean el ruido existente dentro de un taller de automóviles. Es el espacio que al sonido corresponde. Lo ha denominado Gazpachuelo. Hay luego una estancia acristalada, donde una especie de bombón de uña, con tres secciones, dos oscuras y una iluminada, invitan a la reflexión, al zen, a la paz. Debajo, Antonio Marcos ha plasmado falsas series fotográficas sobre un panel pintado, cuarteado por formatos de diapositivas.

Es en estos pliegues del espíritu donde tal forma de arte parece desplegarse a sus anchas, con la fuerza de una actualidad perenne, conferida en este caso por un espacio industrial madrileño, sabiamente intervenido por hombres y mujeres, dotados de anhelo creador y del ímpetu que otorga hallarle forma a la materia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de julio de 1998