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FRANCIA 98

Francia hace historia

Zidane conduce a los franceses a una victoria aplastante sobre Brasil y a su primer título mundial

Encabezada por el heroico Zidane, Francia no dejó escapar un detalle en una final que coronó su esforzada trayectoria por el Mundial, el último de este siglo, el primero que conquistan los franceses. El menos laborioso de sus partidos llegó de forma inopinada frente a Brasil, un equipo reprochable en todos los aspectos. Si Francia fue un compendio de energía, voluntad, rigor, decisión y hasta de buen fútbol, Brasil traicionó a su historia con una actuación vergonzosa. Fue víctima de todos los síntomas que habían permanecido latentes durante toda la Copa del Mundo. En la final se manifestaron con toda su crudeza: un equipo desorganizado, perezoso, poco trabajado, pendiente de un jugador que no estuvo a la altura de su prestigio. Un Ronaldo mermado por las lesiones dio la espalda al partido, con una timidez impropia del futbolista que está proclamado como el mejor del mundo.La autoridad de Francia fue indiscutible. Ni tan siquiera manifestó su cacareada debilidad ante el gol. Durante el primer tiempo generó varias ocasiones ante la indiferencia de la defensa brasileña, que actuó con una incompetencia de primer grado. A Roberto Carlos se le vio demasiado el cartón, desarmado de forma lastimosa por su incapacidad para interpretar el papel de lateral con todas sus consecuencias. Brasil le necesitaba como defensa en la final, pero Roberto Carlos no se enteró. Junior Baiano fue un caso parecido, el típico central con grandes condiciones y con una cabeza mal amueblada. Sus distracciones estuvieron a punto de mejorar el prestigio de Guivarc"h, un delantero limitadísimo se mire por donde se mire. Aldair mantuvo su tono discreto con tanto interés que nadie le vio en Saint Denis. Y así uno por uno: Dunga, Sampaio, Leonardo, Rivaldo, Bebeto, Ronaldo. También Ronaldo, en un partido en el que se jugaba un puesto en el Olimpo. Sólo Cafú actúo con categoría. Demasiado poco para un Brasil que ha estafado al fútbol. Vendía algo que nunca se propuso realizar. Sus mejores partidos los jugó en el descanso para la televisión y para Nike. El partido se resolvió en el primer tiempo, con Zidane como héroe. A veces hay justicia en el fútbol. Zidane tuvo el protagonismo que se espera de los grandes jugadores. Si sus goles se produjeron de forma imprevista -dos saques de córner, dos cabezazos-, lo importante es que este jugador ha acabado con un tópico insensato que le ha perseguido en los últimos meses. Se decía de Zidane que no era jugador para los grandes momentos. Llegó el partido más grande del fútbol y Zidane fue el primero en resolverlo.

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Zidane alcanzó la condición heroica que merece por su calidad, por su compromiso con una forma armoniosa de entender el fútbol, por su inteligencia, por todas las cualidades, en fin, que le convierten en uno de los grandes jugadores del mundo. Nadie como él representa la mejor tradición del fútbol francés, siempre generoso con la clase. Otra cosa diferente es el carácter de esta selección, poco conectada con el viejo sentido francés del juego. Jacquet ha armado un equipo funcional, integrado por jugadores espléndidos, muchos de ellos sometidos a un riguroso ejercicio táctico. En ocasiones, el plan ha generado tensiones evidentes. Francia ha tenido poco gol porque el equipo estaba decididamente comprometido con el equilibrio defensivo, favorecido por Pasa a la página siguiente

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la extraordinaria categoría de varios de sus especialistas, con Thuram y Desailly a la cabeza.

Con todas las cuestiones que se quieran abrir sobre el modelo francés, algunas muy razonables, el caso es que hubo una distancia sideral con Brasil. En lo táctico los brasileños no tuvieron ninguna respuesta para desactivar el poderoso montaje defensivo francés, apoyado por el incombustible despliegue de Deschamps, siempre inteligente y laborioso. Un jugador crucial para Francia por lo que es -un centrocampista que articula perfectamente a sus equipos- como por lo que representa: el carácter de los futbolistas que generan respeto a su alrededor. Un gran capitán, sin duda.

La estrepitosa derrota de Brasil no se puede explicar de forma simplista. Los dos cabezazos de Zinedine Zidane fueron la consagración de la autoridad de un equipo frente a otro que no existió, ni pretendió hacerlo. Colapsado Ronaldo, que tampoco tuvo interés alguno en salir del colapso, Brasil fue el equipo más predecible del mundo, un herejía cuando se trata de una selección que ha hecho fortuna con lo inesperado. Los brasileños tocaron la misma tecla durante todo el partido: buscaron a Cafú y Roberto Carlos, con la inútil esperanza de sorprender a una defensa que se sabía la película de memoria.

Los goles de Zidane simplemente autorizaron la superioridad de Francia, que protagonizó media docena de ocasiones en el primer tiempo -la mayoría malogradas por Guivarc´h, mientras Trezeguet por voluntad expresa de Jacquet miraba todo desde el banquillo-. Brasil, ninguna.

El segundo tiempo fue manipulado por Francia sin ningún problema. Con dos goles como colchón de seguridad, resultaba muy difícil pensar en un desplome. Su defensa garantiza por principio una seguridad máxima. Ningún equipo ha estado más armado en este aspecto que los franceses. De hecho, no es una casualidad que sólo haya encajado dos goles durante el campeonato, uno de ellos de penalti.

Si a esta consideración se añade la sorprendente incompetencia de los brasileños, el partido se dio como acabado en el descanso. Brasil no iba a darle vuelta al partido. Ni siquiera cuando se quedó en superioridad por la expulsión de Desailly, todavía con 20 minutos por delante, el equipo de Zagalo dio sensación de poder con la remontada.

Todo lo que sucedió en la segunda parte fue a beneficio de inventario. Ronaldo fue el peor Ronaldo posible, es decir no fue Ronaldo, y el resto interpretó el partido como una pandilla de barrio, con una desconsideración escandalosa con la historia de un país mítico en el fútbol. Los síntomas se habían apreciado mucho antes, pero nadie se atrevía a alzar la voz contra un equipo mal dirigido, mal construido y muy confundido. La confusión que surge de aquellos que piensan que el fútbol es un anuncio de 30 segundos durante el descanso de los partidos. Pero la selección brasileña ha vivido instalada en esta falacia durante los últimos meses. Francia tuvo el detalle de desmontar una mentira. Lo hizo con orden, voluntad y decisión. Y con Zidane, el héroe de Francia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de julio de 1998