La pérgola
PACO MARISCAL El sábado 13, festividad de San Antonio, el de las casamenteras, fue un día de calor pegajoso. Por la tarde y en La Pérgola de Castellón, se reunieron varios centenares de ancianos y ancianas, llegados de otros tantos cientos de rincones humanos de nuestros territorio. Nuestro territorio, el valenciano, no hay que inventarlo como no se inventa ningún territorio del mundo: está ahí, en la inmediatez; uno tropieza con él cuando tropieza con míticos humedales urbanizados y con artificiales tierras míticas; o tropieza a media tarde de ese sábado de San Antonio cuando acude a la ciudad en busca de la prensa y se encuentra a miles de personas de una asociación cívica de pensionistas del País Valenciano. Con música y discursos celebraban algo que el observador ocasional no acababa de entrever a causa, seguramente, del calor pegajoso y de la retórica propagandística de la plana mayor del PP castellonense, provincial y autonómico. La Pérgola del Paseo Ribalta en Castellón era un espacio abierto, rodeado de rosales trepadores y moradas buganvillas; eso era cuando la fuerza de la juventud constituía la alegría de los ahora pensionistas. Hoy contradice La Pérgola su propio nombre: es un recinto cerrado de lastimosa estética, sin las plantas y la fuentecilla de hace unas décadas; una estética fea como los discursos electoralistas y propagandísticos de los políticos del PP que asistieron al encuentro o la celebración del día de San Antonio. Junto a La Pérgola se alineaban el sábado de marras unas cuantas hileras de autobuses. Los centenares de asistentes degustaron la merienda que se les sirvió en bandejas de cartón duro; siguieron los discursos con ese silencio que impone la edad, y aplaudieron tímida y ritualmente al finalizar cada uno de los parlamentos. Entre esos parlamentos, el de Carlos Fabra, el de Joaquín Farnós, el de Marcela Miró: palabras como rosas mil de realizaciones, proyectos y alegrías. Irrisoria, un pelín irrisoria es esa retórica del PP que ofrece paraísos en cuidados médicos y edenes en prestaciones sociales. Irrisorios, un pelín irrisorios, esos parlamentos de políticos que, ayer mismo, cuando estaban en la oposición, señalaban iracundos a los socialdemócratas del PSOE, tachándolos de manipuladores de votos y de oportunistas con no se sabe cuántas terceras o cuartas edades. Versátiles como la luna, se olvidan de cuanto dijeron en el pasado reciente. Pero algo huele a pegajoso, como la calor, cuando una celebración cívica se convierte en un mitin con tintes partidistas, electoralistas y propagandistas. Y claro está, los asistentes a la celebración de La Pérgola merecen los mejores cuidados médicos y las mejores prestaciones sociales. Los rostros, la manos endurecidas, los silencios y los escasos comentarios lo denotaban: demasiado tuvieron que digerir y trabajar para percibir su modesta pensión, para tener una cartilla sanitaria, para realizar los cuatro modestos viajes que realizan cada año. Y es que los pensionistas millonarios de las clases altas no acuden a La Pérgola de Castellón en autobuses. Los rostros de La Pérgola no revelaban el bienestar social de los acaudalados; revelaban, eso sí, un pasado laborioso y sin comodidades en unas canas que, como se indica en los Proverbios bíblicos, constituyen la dignidad de los ancianos.


























































