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FRANCIA 98

Brasil da señales de alarma

El ingreso de Denilson resultó decisivo para superar el tenaz juego de los escoceses

Brasil tiene muchas piezas que ajustar. Llegó con dudas al Mundial y las mantiene después de su laboriosa victoria sobre los escoceses, que actuaron con la dignidad de un país antiguo en esto del fútbol. Pero les falta materia prima. Con todos sus desajustes, Brasil dispone de varios jugadores en condiciones de ganar cualquier partido. Éste fue decepcionante, al hilo de los tiempos actuales. Si los brasileños no se saltan la represión que invade al juego en estos días, la esperanza cada vez será menor.En lo táctico, Zagalo estuvo en plan continuista. Colocó a los dos pivotes de rigor y liberó a Rivaldo de grandes obligaciones defensivas. Los errores comenzaron por el dibujo, especialmente a la vista del sistema escocés, un 3-4-3 que será el modelo de varias selecciones. Zagalo cometió errores en la alineación. Necesitaba gente que entrara por los costados, que obligaran a los centrales Calderwood y Boyd a acudir a las bandas, donde son vulnerables por peso, lentitud y falta de cintura. Sin embargo, el técnico brasileño se empeñó con Giovanni y Rivaldo, jugadores de clase indiscutible, aunque con una tendencia irremediable a progresar por el centro. Ninguno de los dos dispone de las cualidades de los extremos, especialmente Giovanni, que fracasó.

Tirado a la derecha, Giovanni no existió. En el medio, Sampaio confirmó todas las sospechas sobre su mediocridad. No tuvo ningún peso en el partido. Ni para quitar, ni para pasar. Como el fútbol tiene un carácter impredecible, fue precisamente Sampaio el autor del primer gol brasileño. Un cabezazo tras el saque de un córner. Un gol británico para batir a los escoceses. Algo raro sucede en el fútbol.

Tras el gol, Brasil entró en una crisis considerable. No podía contar con Giovanni y con Sampaio para nada bueno, y tampoco podía tirar de Dunga, un veterano quitador al que le traiciona la edad. Aunque todavía es el más capaz de dar la pelota a un compañero -siempre sin arriesgar, por supuesto-, a Dunga le faltó dinamismo. Tampoco Bebeto está en la flor de su juventud. Se vio superado por el ritmo del partido, que tampoco fue extraordinario, y por la fortaleza de los centrales escoceses. La suma de defectos de Brasil acabó por lastrar su juego hasta el punto de elevar considerablemente las prestaciones de Escocia.

Lambert, un medio centro competente, comenzó a manejar el juego y poco a poco el partido se hizo escocés. A falta de luces, Escocia interpretaba su papel con criterio. Por lo menos tenía un plan. Ni tan siquiera necesitó del pelotazo, aunque de vez en cuando Durie tuvo que batirse en el juego alto con los gigantescos Aldair y Junior Baiano. A Escocia le bastó con poco para equilibrar el juego. El zurdo Collins ayudó a Lambert y Gallacher se convirtió en problema para los defensores brasileños. Entraba por la derecha y sacaba un buen rendimiento a su habilidad. Collins y Gallacher, los dos únicos habilidosos de Escocia. Pero la cosa funcionaba. Para estar a la altura de deficiente partido, Sampaio anuló el efecto de su gol con un penalti lamentable por innecesario y bobo. Atropelló a Gallacher en una jugada inalcanzable para el delantero escocés. Marcó Collins, la hinchada entonó el Flor de Escocia y se produjo un momento de estupefacción. ¿Cómo era posible este Brasil patoso?

Quedaba por saber el valor de la suma de las partes. En esta cuestión, Brasil está por delante de Escocia y de todo el mundo. El ejemplo está en Ronaldo. Apenas participó en el juego, en el intríngulis, que diría Jesulín, pero todas sus intervenciones fueron estupendas o maravillosas. Porque con Ronaldo hay que hablar siempre en términos superlativos. La mejor de todas ocurrió en el primer tiempo. Agarró la pelota en el lateral del área y llevó a Hendry a los caballitos: le dio vuelta como un calcetín y de repente estaba enfrente del portero, el viejo Leighton, que sacó el remate con una buena estirada.

La torcida estaba con la mosca. No le gustaba su equipo y comenzó a pedir la entrada de Denilson. Es gente que ha visto mucho y no se les engaña con cualquier cosa. Antes, Zagalo había metido a Leonardo por el desesperante Giovanni. Aunque Leonardo es un jugador vivaz y regateador, tampoco funcionó en su posición, a veces de enganche, a veces tirado hacia la derecha. Por un momento, la única esperanza de los brasileños pasó por alguna proeza de Ronaldo.

El ingreso de Denilson por Bebeto tuvo varios efectos beneficiosos: Brasil abrió por fin el campo con un extremo, cambió una moneda gastada -Bebeto- por una nueva -Denilson- y permitió a Rivaldo adentrarse hasta la media punta, donde se siente más cómodo. En dos minutos cambió el partido. Aunque Brasil había empujado fatigosamente hasta entonces, Denilson metió otra marcha al partido. Escocia no encontró la respuesta para detener a Ronaldo, Rivaldo y Denilson. Demasiado talento enfrente.

La victoria llegó por otra vía. En cualquier campo de la Tercera inglesa se ven miles de centros frontales que buscan el rechace o la pelota dividida. Pues Brasil marcó de esta forma tan británica: pelotazo, Cafú acude al remate acompañado por el delantero centro Durie -el fútbol al revés-, se lleva la pelota, remata, Leighton rechaza y el balón rebota en el pecho del central Boyd. Un gol infame que hizo justicia con el fútbol de Brasil. A este partido no se le podía pedir un goyería de gol.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de junio de 1998