Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

Fanfarrias

El último sábado de mayo se celebró, sorpresivamente, el Día de las Fuerzas Armadas. Hubo noticia de ello cuando los pasajeros del autobús número 21 fueron invitados a descender, por cambio de trayecto, en la plaza de Colón, hacia las 13.00. Soldados de Infantería, metralleta al antebrazo, regulaban la circulación, o sea, la impedían, al menos en el sentido ascendente de la calle de Goya. El ciudadano pensó en varias posibilidades: a) algún pez gordo extranjero pretende conocer a la Dama de Elche, que reside en el vecino Museo Arqueológico; b) ha explotado, o va a explotar, un artefacto colocado por ETA en las inmediaciones; c) se está produciendo un golpe de Estado, evento hartamente improbable, y menos en plenas fiestas de San Isidro, y d), los parados se manifiestan en pro de la duración semanal de 35 horas laborales.Ninguno de los cuatro supuestos se daba. Aprovechando que era, en Sevilla, la festividad de San Fernando, el Ministerio de Defensa organizó la típica jornada de puertas abiertas, ofreciendo a la gente menuda la posibilidad de meterse en un tanque. Personalmente, no sólo me parece bien este género de exhibiciones, sino que las aplaudo y estimulo, como parte de los regocijos y esparcimientos con los que debe ser entretenida la población peatonal.

Uno de mis recuerdos infantiles es el relevo de la guardia en el palacio de Oriente, que presencié, llevado de la mano paterna o materna, dos o tres veces, reinando Alfonso XIII. En la explanada de la plaza de la Armería se representaba, cada mañana, el vistoso espectáculo, ante una muchedumbre de madrileños desocupados, que disfrutaban con las precisas evoluciones de aquellas tropas, de a pie y de a caballo, que luego enfilaban la calle de Bailén, camino de los acuartelamientos. Hoy ocurre algo semejante, una ceremonia similar, para andar por casa, en los jardines del palacio de Buenavista, sede del Alto Estado Mayor del Ejército de Tierra, donde manda mi viejo amigo el general Faura. Se parece al otro rito en que también unas verjas separan a la milicia de un pueblo que, todo hay que decirlo, sólo se detiene por aquellos andurriales para celebrar los éxitos futbolísticos del Real Madrid, ¡oh, manes de Marte!

En tanto persona eminentemente civil, confieso que me agradan los estrepitosos fastos militares, el redoble de los tambores, el parcheo de los timbales de la caballería y ese misterioso alfabeto sonoro por medio del cual la corneta produce entrecortadas instrucciones que jamás logré interpretar. La vida del soldado se confina entre los toques de diana y de retreta, pasando por los de fajina, asamblea, marcha y cuantos forman el breve, aunque variado, idioma cuartelero.

En otros tiempos, los niños se ponían al paso de la tropa, hasta que se cansaban. También muchos hombres se liberaron de la esclavitud de la tierra para servir al Rey y caer entre las garras de sargentos y caporales inclementes, a causa de la fascinación que suscitaba el uniforme y la supuesta vida aventurera del guerrero. Aunque requiera gran esfuerzo imaginativo, hay que ver cómo ligaban los sorchis en la plaza Mayor, dentro de aquellas ropas que, sin remedio, les venían muy anchas o muy reducidas; cualquier semejanza con Tom Cruise es simple desvarío. Claro que procedían de la suma pobreza indumentaria, en aquella España paupérrima, y cualquier cambio era una bien venida novedad ante los ávidos ojos de las marmotas, pobres chicas, las que tienen que servir.

Se acabó el servicio militar obligatorio y nos queda la esperanza de que los futuros gerentes del Ejército profesional actualicen y enriquezcan las viejas paradas, con la mejor coreografía, en variados y cromáticos desfiles.

Costará un dineral, confiando en que valga la pena la inversión, en la que no vendría mal fomentar la competencia, estableciendo una especie de Liga entre regiones castrenses -o como se vayan a llamar- donde luchen regimientos y batallones en los que brille la emulación, la porfía, dentro, claro, del deseable fair play. Podría, incluso, acomodarse un sistema de quinielas divisionarias en las que hallar fuentes de financiación. Cosa ya del siglo XXI, que está a la media vuelta a la derecha o a la izquierda, ¡ar!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de junio de 1998