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Tribuna:

Aznar, Borrell y el público

Lo conozco. Lo respeto. Y, en ocasiones, lo sufro. Sé de sus impaciencias, de sus arbitrariedades, de sus prejuicios. También de sus caprichos, de sus injusticias. No olvido, a cambio, su generosidad cuando se produce o su entusiasmo cuando me contagia. Tampoco su amor, si me lo demuestra o me lo regala. Vivo de él y, en parte, para él. No puede serme indiferente: sería un lujo demasiado caro. Nadie que se haya enfrentado a una audiencia ignora su importancia: un público «bueno» nos estimula, un público «malo» nos hunde.Los políticos, cuando hablan en las Cortes, son intérpretes de una representación en la que la cosa pública se teatraliza para convencer a los espectadores de la excelencia de los programas que defienden o la eficacia de las críticas que exhiben. Esta confrontación entre los criterios -optimistas- de los que gobiernan y las opiniones -pesimistas- de quienes se oponen es la base de cualquier debate parlamentario. Parece comprensible que todos vean la realidad de distinta forma. (Del mismo modo, en el drama clásico, el protagonista y el antagonista luchan por imponer sus razonamientos e influir así en el desarrollo de la peripecia argumental). La disputa dialéctica suele ser menos esclarecedora de lo deseable, porque a los combatientes -lamento sentirme obligado a utilizar términos hostiles- les ciega la pasión de su propio discurso. Los parlamentarios parten de la idea de que sólo ellos -más los que pertenecen a su mismo partido, naturalmente- están en posesión de la verdad y sus rivales son unos seres obcecados y maléficos que procuran apartarlos del recto camino que conduce a la mayor gloria de la patria y de los presupuestos generales del Estado. De ahí, de esta profunda convicción de que la política se divide entre los que aciertan siempre y los que nunca dejan de equivocarse, nace la imposibilidad pragmática de que los unos convenzan a los otros y los otros acepten, modestamente, la contingencia de ser convencidos por los unos.

Algo -mucho- de esto sucedió en el primer asalto de la pelea que mantuvieron -y van a seguir manteniendo- los señores Aznar y Borrell en el emblemático edificio de la carrera de San Jerónimo de Madrid. El presidente del Gobierno quería decir que España, el euro y Álvarez Cascos -por fortuna, ya sin muletas- van bien, y lo dijo; por su parte, el recién nacido del parto de las primarias socialistas estaba empeñado en airear un informe que al señor Barea se le había extraviado el otro día en la peluquería, y lo aireó. Inútil: ni Borrell modificó la estructura de su oratoria, ni Aznar se dignó responder a la denuncia que le hicieron. (Entre planteamiento, réplica y contrarréplica, hubo un curioso desliz. Por un momento pensamos que podría ocurrir algo interesante. Fue cuando el candidato del PSOE reafirmó su convicción de que todavía en este mundo pecador existen las posturas de derechas o de izquierdas y el líder del PP le arrojó una piedra del muro de Berlín a la cabeza que a punto estuvo de descalabrar a Julio Anguita). ¿Por qué ambos contendientes fueron incapaces de «salirse» del guión que traían preparado? Pues porque para eso hay que haber sido cómico de la comedia del arte o actor entusiasta de los happenings de los sesenta. Y no. Nada: Aznar no sería un buen Arlequín y Borrell no se parece a Julian Beck. Total: en vez de asistir a un conflicto sociológico a la manera de Ibsen, nos tuvimos que contentar con una alta comedia al estilo de Benavente.

Lo inquietante de la política es que haya acabado convirtiéndose en un espectáculo. Televisar un debate de la nación está bien, pero sacar consecuencias catastróficas o triunfalistas de su resultado es, por lo menos, una temeridad. Y, sin embargo, se hace y a nadie -o a casi nadie- le sorprende. La televisión, aun sin querer, lo mancha todo. Es imposible estar «natural» delante de una cámara porque sabemos que su objetivo nos observa, nos espía y nos desnuda. (Hasta los profesionales del gremio fingen y construyen una naturalidad que no es la suya). He asistido a varias tertulias televisivas y he comprobado, con horror, que cada vez que me tocaba hablar se me secaba la boca y se me hacía un nudo en la garganta. Es terrible imaginar la cantidad de tonterías que se pueden decir en treinta segundos. Todos los diputados hablarían mejor si no conociesen que millones de espectadores -familia incluida- los están juzgando. Claro que este razonamiento no niega el derecho -y el deber- de retransmitir lo que pasa en las Cortes. Me limito a preguntarme si la brillantez dialéctica de un parlamentario certifica la eficacia de su posterior trabajo administrativo. Porque, bueno, si de lo que se trata es de convencer y seducir al público, ¿por qué no le pedimos a Fernán Gómez que compita en las próximas elecciones con José María Aznar?

El público. A eso iba. El público lo forma un grupo indeterminado de espectadores y espectadoras que no se limita a ver y escuchar una obra, sino que, además, influye sobre ella. Anton Giulio Bragaglia -crítico y director italiano, creador del Teatro degli Indipendenti- nos visitó en los años cincuenta y dio dos o tres conferencias en el Ateneo. Tuve la suerte -y la voluntad- de asistir a ellas. Recuerdo que dijo una frase que luego he repetido con frecuencia: «Un espectáculo tonto visto por un público inteligente puede parecer un espectáculo inteligente, pero un espectáculo inteligente visto por un público tonto termina siendo, irremediablemente, un espectáculo tonto». Dicho de otra manera: el teatro «lo hace» el espectador. Éste es el origen de la claque.

He leído en algunos periódicos que Miguel Ángel Rodríguez fue el responsable de la puesta en escena -galicismo- que interpretaron los parlamentarios del Partido Popular el día del enfrentamiento Aznar-Borrell. No lo sé. No me consta. Sólo quisiera aclarar que, en el caso de que fuera cierto, los comentaristas estarían cometiendo un error: en la jornada del debate no existió una dirección escénica sino, simplemente, la disciplinada obediencia a las consignas que había impartido un avispado jefe de claque al que no debemos elevar a la categoría de director. Es un viejo truco antiguo como el teatro. La claque -ya no existe- se inventó para producir éxitos... y fracasos. (Los «polacos» del Teatro de la Cruz, los «chorizos» del Teatro del Príncipe). Un continuo murmullo reprobatorio, una sostenida bronca agresiva, consiguen destemplar -de eso se trata- a cualquier actor. Lo sé por experiencia. Me han pateado varias veces en mi vida. Hablo de lo que conozco. De nada sirve levantar la voz. Ni -como recomendaba Juan Alberto Belloch en los desayunos de la televisión gubernamental- bajarla extremadamente. Da igual. Cuando no se quiere escuchar un texto, no se escucha, porque lo que se pretende es que no sea escuchado. ¿Qué puede hacer un intérprete en estas circunstancias?: ¿«blindarse» como aseguran le aconsejó Felipe González a Borrell o «revolverse» como hizo el candidato y por lo que está siendo severamente reprendido? En el llamado «debate sobre el estado de la nación» se produjo un contrasentido teatral: los populares -y también los socialistas que gritaron «¡contesta, contesta!»- ocuparon un lugar y ejercieron unas funciones que no les corresponden: fueron público cuando se les había contratado para que fuesen intérpretes. No les pagamos para acallar las palabras de sus adversarios. Están en nuestras nóminas -vía impuestos directos e indirectos- para otra cosa. Justamente la contraria: para ayudarnos a meditar, a decidir y, por lo tanto, a votar. Los espectadores somos los ciudadanos. No al revés.

Y si los diputados ingleses se comportan igual -o peor- allá ellos. Para que a un público se le distinga con el calificativo de «respetable» se lo tiene que merecer. Cuando Borrell le dio la espalda a esos espectadores vociferantes, yo me puse de su lado. Quizá porque -empieza a ser notorio- soy actor.

Adolfo Marsillach es actor y director de teatro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 22 de mayo de 1998