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Tribuna:

Lo peor de lo mejor TOMÀS DELCLÓS

Lo peor de Nissaga han sido el primer y el último capítulo. Un espléndido balance si pensamos que en medio ha habido 474 muy sólidos. Empezó con literatura bíblica a propósito de la vid y ha terminado con bienaventuranzas hacia el futuro y todos los personajes donde debían estar: los buenos, que han sobrevivido, ante un horizonte feliz, y los malos, castigados. Nissaga ha ofrecido una inédita antología de maldades. Ha sido un atractivo escaparate del desorden moral. Ha habido muchas conductas delictivas, pero no todas punibles. ¿Había que castigar el incesto de Eulàlia o los crímenes que cometía para arreglar lo que se le desarreglaba a cada instante? Evidentemente, no. Y, sin embargo, los guionistas -capaces de tantas espléndidas piruetas- no han querido corregir la lógica del propio personaje, que lo conducía al suicidio. Para hacer feliz a su hijo, tenía que desaparecer. El indulto a Eulàlia no sólo habría sido compasivo -ella lo hizo todo por amor-, sino que habría supuesto reconocer el desorden de la vida. El último capítulo fue fiel a la disciplina del género y puso a cada cual en su lugar. Los admiradores de Eulàlia no perdonaremos a Eduard que haya sido el culpable de ese final. Otros personajes, han salvado el pellejo, aunque sea entre rejas. Ahí están el inconmensurable trío que formaban el notario, su forzosa esposa y la mamá de los cachetes más estupendos que se han visto últimamente en la televisión. Si el próximo culebrón flaquea, basta con excarcelar al notario y devolverlo al yugo matrimonial. Esta pareja, casi sin capítulos para ello, ha ensombrecido a toda la pandilla Montsolís. Benet i Jornet ha cerrado Nissaga porque ha querido. Con ellos, con Eulàlia y con Mateu podríamos haber vivido días muy felices... en el fango. Si la Universidad está atenta a lo que pasa, han de salir unas cuantas tesis sobre Nissaga. Sobre su éxito. Con el apoyo de unos actores soberbios, los guionistas han tejido un complicado juego: contar sucesos increíbles con el mismo impudor que los rutinarios, así unos contagiaban a otros de verosimilitud. Es imposible creerse lo que ha pasado en Nissaga, pero también Drácula vuela... y da miedo. O quizá todo sea más sencillo. Un buen culebrón, como dice uno de sus responsables, ha de conseguir que los espectadores se enamoren de un personaje (Eulàlia) y administrar las sorpresas. Nissaga lo ha hecho con gran inteligencia y dando a los personajes femeninos la última palabra.. Queda, sin embargo, una pregunta final: ¿Por qué media Cataluña se enamoró de una Eulàlia tramposa, incestuosa y asesina de hombres, mujeres y corazones?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de mayo de 1998