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LA FERIA DEL NEÓFITO

Sevilla, Valencia y Pamplona

La Feria de Abril, San Fermín y las Fallas son las tres fiestas por antonomasia de España. Un galés diminuto, con una mochila más grande que su cuerpo, espera en el muelle de Dover para embarcar hacia Calais. Quiere agarrar una cogorza fabulosa en San Fermín. No ha leído a Hemingway ni sabe nada de los últimos y patéticos paseos del escritor por las calles pamplonesas. Hasta la ciudad industrial donde vive el muchacho galés llegaron ecos de persecuciones de toros y de cerveza y vino baratos. Falstaff canta en la vieja capital de Navarra entre alaridos chirriantes. Una mujer de pechos gigantescos y duros como neumáticos encara el horizonte. Bajo sus pies se lee un texto, plagado de tópicos machistas, dignos de un patio de colegio que hiede a adolescencia acomplejada y triste. Los muñecos de cartón que representan a los políticos no van a la zaga en cuanto a la elementalidad del discurso. La mujer que preside las Fallas no quiere más que sol, fiesta y fuego. Un inglés que vagabundea por Valencia con su chaqueta raída y sus zapatos cavernosos respira olor a hembra con la voracidad de un náufrago. Sabe muy bien qué hay detrás de ese cuerpo de mujer. Como lo saben todos. Hasta los más necios. La Feria de Abril son centenares de muchachas que bailan sevillanas y caballos sacados de una estampa de la Edad Media. Los caballos eran entonces la línea divisoria de los estamentos. A un lado, los villanos; al otro, los caballeros. Los primeros minutos en la Feria de Abril responden a lo esperado. Una docena de chicas bailan sevillanas bajo la portada de la feria. Son las dos de la tarde. Una mujer, de aspecto anglosajón, les saca fotos sin parar. Quizás es familiar del galés que quiere remedar a Hemingway con sus borracheras o del inglés que busca unos pechos tan acogedores como un segundo regazo materno. Sus movimientos no han pasado desapercibidos y ya la emula un enjambre de turistas. Son rubios como ella y empuñan la cámara de vídeo con el estoicismo que da una costumbre impuesta. El cielo está nublado. Algunos jinetes van de un lado a otro. Dos postillones apuran sus vasos de manzanilla junto a su carruaje. Con sus chaquetas azules y sus botas parecen aguardar a Belle de Jour para latigarla a conciencia. El neófito tiene en la feria una duda esencial: ¿se puede entrar libremente en las casetas o hay que pasar algún examen? La cara de pocos amigos de algún vigilante influye en la elección. Dos súbditos de la reina Isabel proclaman con sus mejillas sonrosadas que la entrada es libre en el Club Deportivo Híspalis. Adelante, pues. Unos metros más lejos, en la caseta de Sevillana de Electricidad la invitación es imprescindible. Dentro, todo son amabilidades. Hay que resolver la duda. La entrada no es libre en las casetas. Pero, en algunas, si vas con buen aspecto, no hay ninguna pega, explica un hombre. En otras, si tienes algún amigo, tampoco hay problemas. La prima del galés y del inglés continúa su paseo por la feria. Aún no sabe lo que busca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de abril de 1998