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Tribuna:

El doble

Abrí la puerta central del armario de tres cuerpos que heredé de mis padres, corrí las chaquetas hacia un lado y apareció en el fondo mi clon con los ojos abiertos, aunque yo se los cierro siempre después de usarlo. Precisamente, lo había encargado sin sistema nervioso para evitar estas situaciones violentas. No es que me pida nada ni me reproche esto o lo otro, pero no puedo soportar la neutralidad con la que me observa desde las profundidades del armario. Parece un doble imaginario más que uno real. Yo tenía, como todo el mundo, una réplica fantástica de mí alojada dentro del pecho, junto a la bola de angustia, y lo que peor llevaba de esta copia era la indiferencia o la objetividad, no sé como llamarlo, con la que observaba mis penas y mis alegrías, mis aspiraciones y fracasos. Su forma de mirar era como ese jarro de agua fría con el que los aguafiestas celebran los éxitos ajenos.Sin embargo, poseía una influencia diabólica sobre mí. Hubo un momento en que todo lo hacía para él, aunque no se saciaba con nada, quizá porque había tenido una infancia muy triste, o tal vez porque estaba falto de una hormona. "Mira, este mes voy a ganar mucho dinero", le decía yo, "quizá podamos ir a Tailandia o a Ciudad Real". Detesto viajar, lo hacía para alegrarle un poco, pero no conseguí arrancarle un gesto de reconocimiento. También desaprobaba mis libros, como si los escribiera por gusto, cuando sabía lo que me costaba levantar una frase. Si no hubiera sido por él, a buenas horas me habría dedicado a la literatura.

Así que cuando anunciaron lo de los clónicos vi que era mi oportunidad de cambiar de doble y encargué uno sin nervios. Pero me ha dado un resultado horrible. De hecho, he vuelto a escribir y, lo que es peor, a fumar. Sólo falta que empiece otra vez a masturbarme.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de enero de 1998