Las fiestas

Es menester reconocerlo: no hay como estos días tan entrañables para sacarse las entrañas unos a otros. La Navidad parece diseñada por un sádico para que en ella se diriman todas las ansiedades, las necesidades soterradas, los complejos afectivos que se van devanando durante todo el año, silenciosos, en la oscura trastienda de nuestras relaciones familiares.La familia: qué invento. Tan necesaria y preciosa como el aire, y, al mismo tiempo, territorio abisal de nuestras frustraciones. Lentos dolores deambulan por ahí abajo como peces arcaicos, ocultos por toneladas de agua. Pero luego llegan estas fiestas y, a la mínima excusa, emerge todo. Y así sucede que personas sensatas y maduras se llevan de repente formidables disgustos, y todo por cosas tan estúpidas como el lugar de la mesa familiar en el que son sentadas, o porque el regalo de Reyes que les ha dado la hermana les parece feísimo.
En el alegre devenir de estas celebraciones, en fin, hay mil posibilidades, a cual más idiota, para cabrearse. Pero tal vez el reparto de las cenas entre las parejas sea lo que provoque las guerras más frenéticas. Quiero decir que, desde principios de diciembre, en casi todos los hogares comienzan las duras negociaciones sobre con qué familia se pasará qué fiesta. El año pasado ya tocó la Nochebuena con tus padres, dice ella; pero siempre hacemos la comida de Navidad con tu familia, dice él. Para una cosa que te pido, se encrespa ella; siempre haces de menos a los míos, ruge él. De ahí a mentarse la madre queda poco; y luego aún hay que aguantar el consiguiente resquemor ("no, si por nosotros no os molestéis") por parte de los clanes respectivos. Antes de casarse o emparejarse, uno debería firmar con el otro, ante notario, un contrato de reparto de las Navidades.
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