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Tribuna

Las crisis asiáticas, ¿el principio del fin?

El reciente estallido en Japón de lo que ha sido durante años una latente crisis financiera y el recurso de Corea del Sur al Fondo Monetario Internacional han puesto de manifiesto que las dificultades económicas en Asia oriental no se están circunscribiendo, como muchos analistas pensaban, al sureste asiático, sino que empiezan a afectar al noreste del Pacífico occidental. Tal extensión del ámbito geográfico de la crisis, transmitida también a parte de América Latina (sobre todo Brasil), parece indicar que nos enfrentamos a un problema serio, pero cuyo alcance real es objeto de polémica. En efecto, resulta curioso comprobar que, tras muchos años de euforia, a menudo desmedida, sobre las pespectivas económicas de la orilla asiática del Pacífico, se haya pasado ahora a un catastrofismo generalizado, que puede resultar claramente injustificado.Para empezar, convendría recordar que las crisis de la región son claramente distintas. La del sureste asiático (Tailandia, Indonesia y Malaisia) ha sido claramente una típica crisis de balanza de pagos, que ha obedecido a la presencia de un enorme déficit corriente (8% del PIB en Tailandia en los tres últimos años) en un contexto de tipo de cambio virtualmente fijo respecto del dólar. La de Japón y Corea es diferente y responde a las, dificultades financieras de bancos y empresas. Como es sabido, el primero tiene un enorme superávit por cuenta corriente (casi 80.000 millones de dólares) y el déficit que registra la segunda es pequeño (1% del PIB) y se ha reducido en los últimos años.

Es cierto, sin embargo, que ambas situaciones tienen un denominador común: la alegría con la que bancos y otras instituciones financieras prestaron fondos a empresas sobreextendidas y a proyectos industriales e inmobiliarios de dudosa rentabilidad.

Además, la crisis de Asia oriental es relativa. China, que también tiene excedente en su balanza corriente, está creciendo al 9%, mientras que Hong Kong, Taiwan e incluso Corea, rondan el 6%. Incluso Japón puede crecer este año algo más del 1,5%. Obviamente, tal situación tiene poco que ver pon la recesión en Tailandia (1%, como mucho, en 1997 y 1998) y con el drástico recorte en las previsiones en Indonesia y Malaisia para este año, y el siguiente.

Por añadidura, todos los especialistas coinciden en señalar que la incidencia global de las crisis en Asia será modesta. Con la excepción de Japón y Corea, el tamaño de las economías implicada es poco importante. El PIB conjunto de Indonesia, Tailandia, Malaisia y Filipinas apenas llega a unos 570.000 millones de dólares, cifra equivalente a la de España y que supone sólo una duodécima parte de la correspondiente a Estados Unidos. Aunque Corea, que además comercia mucho con Occidente, añade otros 500.000 millones, lo cierto, es que estamos hablando de una fracción relativamente pequeña de la economía mundial. Además, si bien la acusada depreciación de las monedas de la zona hace prever unas exportaciones mucho más altas y una reducción de las importaciones, ese impacto deflacionario (acentuado por los menores precios de las mercancías exportadas a Occidente) será de escasa entidad los especialistas estiman que el crecimiento del PIB puede reducirse 0,6 puntos porcentuales en EE UU, cuya economía es, por lo demás, robusta, y 9,4 puntos en la Unión Europea. Sólo Japón, cuyos lazos comerciales con Asia son mayores, puede acusar un crecimiento casi dos puntos inferior al previsto.

No obstante, si exagerar la intensidad y la incidencia de la crisis es fácil e incluso tentador, también resulta arriesgado minimizar los problemas. Existen dos grandes riesgos potenciales. En primer lugar, China, cuya moneda ha mantenido su paridad durante las turbulencias recientes, puede verse obligada a devaluar para hacer frente a la mayor competencia de sus vecinos. Tal medida colocaría al dólar de Hong Kong en una situación aún más precaria de la que ha atravesado desde octubre. En segundo lugar, Japón, cuyo Gobierno puede mostrar pasividad ante la crisis propia y ajena, podría convertirse, no en la solución, sino en un aspecto más del problema. Tokio debería ciertamente relanzar su demanda interna (con menores impuestos y más gasto público) para absorber parte de ese nuevo flujo exportador, además de recapitalizar su sector financiero y de contribuir al rescate de sus vecinos. Sin embargo, Japón, por los temores a que se dispare un ya considerable déficit presupuestario, sujeto además a importantes restricciones demográficas, se resiste a desempeñar el papel de locomotora regional, a imagen de lo que hizo, por ejemplo, EE UU con México en 1994-1995.Con todo, en el conjunto de Asia oriental, el crecimiento actual y potencial sigue siendo elevado, la inflación es reducida, las tasas de ahorro son excepcionalmente altas y hasta los bancos japoneses y coreanos tienen recursos para limpiar sus carteras, amortizando los préstamos de dudoso cobro, si bien a costa de recurrir a su cash flow y de eliminar los rendimientos de sus accionistas durante algunos años.

En suma, es aún prematuro certificar la defunción del auge económico de la orilla asiática del Pacífico. Los acontecimientos de los próximos meses serán cruciales. Todo parece indicar que la pelota está ahora en el tejado de los Gobiernos chino y japonés. Si el primero devalúa su moneda y el segundo hace oídos sordos a quienes le reclaman más protagonismo en la solución a la crisis, nos adentraremos en una situación regional mucho más grave que la actual y que supondrá riesgos considerablemente mayores para el resto de la economía mundial.

Pablo Bustelo es profesor titular de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid y director de estudios asiáticos en el Instituto Complutense de Estudios Internacionales.

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