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Tribuna:

Albania

Es un país real, pero lo tenemos tan postergado y tan abandonado que bien pudiera ser un lugar imaginario. Albania: hasta su mismo nombre suena a confín remoto, a ruina devorada por la maleza. Les vi en televisión, desesperados: albaneses expulsados de Italia, albaneses repatriados a su tierra imprecisa, la Albania inexistente, el agujero negro de la Europa profunda. Cómo lloraban todos: hombretones de rostro devastado mezclando sus lágrimas con las de sus niños. No creo que Adán y Eva pudieran llorar más al dejar el Edén; y, sin embargo, lo que ellos abandonaban al salir de Italia no era más que una existencia miserable. Más que por la expulsión del paraíso, ellos sufren, supongo, porque son devueltos al infierno.Albania es un infierno frío, construido de desesperanza y de derrota. Albania está muy cerca de nosotros, en el punto ciego de nuestra conciencia. Albania son también todos esos mendigos de los soportales a los que no miramos, o el andrajoso alcohólico de quien nos apartamos en el metro; son los millones de seres de la Tierra que no disponen de un techo, de un plato caliente, de la mínima seguridad de no ser torturados ni violados al instante siguiente. Ahí, en la desprotección y en el horror, se extiende el mapa inabarcable de la olvidada Albania.

(Hoy, a las 21.00, en el Palacio de Congresos de Madrid, Dulce Pontes, María del Mar Bonet, Las Hijas del Sol y siete artistas más cantan por Amnistía Internacional y las mujeres refugiadas: porque el 80% de los refugiados del mundo son mujeres y niños pequeños a su cargo; y porque los gobiernos no reconocen la persecución por sexo y no conceden asilo a las mujeres aunque les rebanen el clítoris, o las quemen vivas en la pira funeraria del marido, o las encierren de por vida en el serrallo. También ellas, en fin, son albanesas).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de diciembre de 1997