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Editorial:

Los avisos del Fondo

CON EL telón de fondo de unas muy favorables previsiones de crecimiento para la economía mundial en el próximo año, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han concluido en Hong Kong su reunión anual. El tradicional informe World Economic Outlook había anticipado, efectivamente, no sólo la más elevada tasa de crecimiento económico en más de una década, sino su coexistencia con la más baja tasa de inflación en el último cuarto de siglo. A la presunción de un cierto agotamiento de la dilatada fase expansiva de la economía estadounidense se sobrepondrán las evidencias de recuperación de las de Europa continental y las más dudosas de la japonesa. Con independencia de que ese aterrizaje suave tenga lugar conforme al ritmo previsto, es razonable asumir que, tras un previsible crecimiento del 4,2% de la economía mundial en este año, en 1998 se repita e incluso supere esa tasa.Sobre la base de ese diagnóstico, el FMI destaca la dificultad de que Estados Unidos pueda mantener simultáneamente el ritmo de creación de puestos de trabajo y los factores que hasta ahora han mantenido su tasa de inflación en' niveles relativamente reducidos, derivando de ahí la necesidad de que la Reserva Federal proceda a un endurecimiento gradual de su política monetaria próximamente. Algo que ya han llevado a cabo otros bancos centrales, empezando por el del Reino Unido. La cuestión más interesante en este punto es hasta cuándo durará la relativa laxitud monetaria de que disfrutan los países continentales y las condiciones que regirán cuando se inicie la fase final de la Unión Monetaria. Un aspecto especialmente importante para España, todavía con tipos de interés oficiales por encima del promedio de los restantes países que previsiblemente accederán al área del euro.

El Fondo tampoco pierde la ocasión para advertir delos riesgos que en su opinión presidirán esa operación histórica de unificación monetaria en ausencia de reformas estructurales adicionales en la mayoría de los sistemas económicos, y en particular en los mercados de trabajo. Los elevados niveles de desempleo, los regímenes de salarios mínimos, la situación Financiera de los sistemas de seguridad social o las cargas impositivas que soportan los agentes económicos europeos son objeto de especial crítica por el Fondo. Esta última observación es especialmente pertinente para España a la vista de su política tributaria, contradictoria además con sus promesas electorales.

Si las recomendaciones del FMI a los Gobiernos europeos forman parte en gran medida de su ortodoxo repertorio, han sido aspectos no tan explícitamente reflejados en esos informes previos los que han abordado los responsables financieros de la mayoría de los países y, desde luego, los que se sientan en el G-7. La situación financiera en algunas economías asiáticas, la vulnerabilidad de los regímenes cambiarios de aquellos cuya moneda se mantenía estrechamente vinculada: al dólar estadounidense y la precariedad de sus sistemas bancarios son aspectos que afectan al conjunto de la economía mundial. Pero ni el G-7 ni el FMI han sido capaces de otra cosa que de alertar sobre el riesgo de transmisión de esos males.

La casualidad ha querido que las reuniones se celebren este año en Hong Kong, con lo que los participantes han podido verificar en directo la fragilidad de toda una región hasta hace poco puesta como ejemplo de economía en desarrollo. Que se conformen con que el foco no afecte ahora a un área tan extensa como la contaminada por la crisis mexicana de 1995 sería verdaderamente lamentable.

Esas instituciones, y en particular el cada vez menos representativo foro de los siete grandes, han de acometer su verdadera transformación para enfrentar problemas bien distintos de los que presidían las relaciones económicas y financieras internacionales cuando fueron creados. La necesidad de restaurar o refundar un sistema monetario internacional no es menor ni ajena a la de disponer de un sistema de control de los flujos y mercados financieros internacionales que, sin merma de la eficiencia que a los mismos se les supone, no pongan al borde del abismo a conjuntos de países, ya sean europeos, latinoamericanos o asiáticos.

Razones hay para temer que la retórica defensiva de los mercados no encuentra la contrapartida suficiente en el conocimiento de sus mecanismos de reacción por las instituciones más ardientemente defensoras, incluidos la generalidad de los más importantes bancos centrales y las agencias que la pasada semana estuvieron reunidas en Hong Kong.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 22 de septiembre de 1997