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Kelly Anglés no cree capaz a Ricart de cometer el crimen de Alcásser

Kelly ocultó ayer su rostro tras unas gafas de sol oscuras y una peluca rubio ceniza en un intento de desligar su imagen del apellido Anglés, que la llevó a declarar durante cuatro horas en el juicio contra Miguel Ricart por el triple crimen de Alcásser. La mujer no confirmó la supuesta coartada del acusado, pero evitó perjudicarle y contestó con un escueto "no" a la pregunta de si le creía capaz de cometer los delitos que se le imputan.

Kelly se resistió a asegurar que la voz de un mensaje grabado en su contestador telefónico, la noche en que se descubrieron los cadáveres, sea de su hermano Antonio. "El tono de voz se parece y la forma de hablar es de mi familia, o sea, que supongo que sí es"."¿Kelly es su nombre artístico? ¿No se llama usted Dolores?", inquirió el fiscal antes de comenzar su interrogatorio. La testigo, enfundada en unos estrechos pantalones, le contestó tajante: "Me lo he cambiado, ¿vale?". Después quiso dejar sentado que si bien compartía techo con su familia llevaba una vida aparte y sabía poco de las correrías de sus hermanos y de Ricart. Sólo oyó hablar vagamente de las casas abandonadas en las que solían refugiarse y afirmó que en alguna ocasión les guardó dinero. "En mi casa nadie preguntaba; era un poco un descontrol y la gente entraba y salía", dijo Kelly, que no pudo precisar las fechas en que otros conocidos de los Anglés citados en el sumario convivieron con la familia en Catarroja.

La coartada de Ricart para la noche del 13 de noviembre de 1992, en la que fueron secuestradas Míriam García, Antonia Gómez y Desirée Hernández, no encontró apoyo en la testigo. El acusado dice que aquellos días los pasó con los hermanos Partera Zafra, que también viven en Catarroja. Kelly, tras confirmar que existía, bastante confianza entre ella y Ricart, declaró que éste no le comentó nada sobre este cambio de domicilio.

En cambio, la joven echó un cable al acusado al decir que sus hermanos y Ricart intercambiaban sus ropas y que "cada uno se ponía lo que pillaba". Su madre, Neusa Martíns, había afirmado el lunes, sin dudarlo, que la camiseta que se encontró en la fosa en que fueron enterradas las niñas era de Ricart.

Los episodios de violencia y crueldad del prófugo Antonio Anglés se escucharon un día más en la sala. "Todos le teníamos miedo", explicó Kelly, que lo sufrió en su propia piel.

Enrique Anglés, que padece esquizofrenia paranoide, fue detenido en 1993 al hallarse junto a la fosa un volante hospitalario a su nombre. Ayer esquivó las preguntas, incluso las más simples, con un "no lo sé" o "tengo muy poco conocimiento".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 21 de mayo de 1997

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