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Tribuna:

A. D.

El gran éxito de la salida a Bolsa de Adolfo Domínguez marca el fin de una semántica y el principio de otra significación. Ninguna otra firma, como Adolfo Domínguez, ha incidido con mayor sello en la fisonomía textil de la transición española. Y no sólo en su la fisonomía vestual, sino en la política simbólica del gesto y en la teoría misma de la sexualidad. Con las ropas de A. D. no era posible ser violento o autoritario, pero tampoco protagonista de una lujuria feroz. La matizada seriedad que han desprendido los colores de sus colecciones tenían más que ver con la meditación y la duda que con el atolondramiento ideológico o carnal. Eran atuendos para encalmar con sus caídas lacias y sus hombros maduros cualquier tentación de mordedura civil. El mismo A. D., en sus comparecencias públicas, agregó siempre la idea al corte y concedió valor a un estilo vaciado de agresividad. De parecida manera, ahora, siendo ya un señor bursátil, A. D. ha enseñado un modo de ser patrón de empresa sin la catadura del matón. Ese pequeño diseñador, ajaponesado y tímido, introdujo entre la incipiente democracia el arte sencillo del hilo y, con los años, se ha revelado capaz de hacer de su personaje un tipo no sólo envidiable por su ambición o su fortuna, sino apreciable por su creatividad. Nadie habría apostado un duro, hace años, porque una firma industrial de gran éxito dispusiera a su frente a un hombre que se complace leyendo un pasaje de Lucrecio y una melodía de Brahms, o que auspicia películas delicadas, escribe novelas, guiones o poemas y discurre sobre el mundo con el gusto de la Ilustración. 0 la empresa española ya no es lo que era o, en el mejor de los futuros, será una entidad en manos de ciertos gestores que irán trasmutando el viejo ADN en la variante A. D., un caso singular en la mejor evolución mercantil del mundo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de marzo de 1997