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Tribuna:

Núcleo duro

La descripción de actividades puramente económicas recurre con frecuencia a lenguaje bélico; hay descripciones que parecen una página arrancada a Von Klausewitz (mercados que se conquistan, estrategias dignas del más riguroso Estado Mayor de un ejército, OPAs hostiles y no amistosas, blindajes, y núcleos duros, o sea inexpugnables).Entre estas metáforas y los anglinajos con que se adereza cualquier salsa económico-financiera-mercantil (y que, con la moderna lingua franca han sustituido a los latinajos tradicionales), cualquier actuación en estos campos parece tenebrosa y poco digna de confianza. Pero la cuestión de los núcleos duros, en concreto, merece alguna atención, quizás lo tenebroso se aclare.

Importantes empresas públicas desde hace tiempo están dejando o ya han dejado de serlo, y se procura, en el proceso, que queden en manos de núcleos duros de accionistas. Como para formar parte de ese meollo accionarial hay que aportar elevadas, elevadísimas sumas, es claro que es una posibilidad. que se ofrece sólo a quienes reúnan sustancia económica en cantidades digamos preternaturales. Lo que se aprovecha para difundir la doctrina de que esos mecanismos privatizadores son medios para hacer favores a los ricos, plutócratas, etcétera.

El núcleo duro de un conjunto de personas vinculadas a una actividad es el grupo, de los más involucrados y afectados. Cuando se trata de una sociedad anónima, el grupo, por tanto, incluye los más comprometidos (con más capital) e involucrados (en la responsabilidad de la gestión). En sociedades con millares, centenares de millares y aún millones de accionistas, la inseguridad de los gestores es obvia, y la constitución de ese núcleo duro viene a suministrar firmeza y estabilidad a esa gestión a cargo de, precisamente, los más interesados porque tienen más compromiso de capital, lo que beneficia a la sociedad y a todos los accionistas. Además, ese núcleo es de suyo un blindaje frente a las pretensiones de adquisición de la sociedad por terceros, en perjuicio de todos los socios que, con aquel núcleo, -obtendrán seguramente por sus acciones un precio mayor.

Por ello, los núcleos duros suelen sindicar sus acciones; es la defensa de la sociedad menor frente a la más poderosa; por enorme que nos parezca una sociedad española, por ejemplo, siempre hay multinacionales que la sobrepasan en tamaño y capacidad. Y por ello también el juego de los núcleos duros opera en múltiples situaciones al margen de cualquier proceso privatizador. Privatización sin núcleos duros es exponer la sociedad a una rápida deglución por otra más poderosa, nacional o multinacional (i.e., extranjera).

Es cierto que el chovinismo nacionalista no es necesariamente un buen consejero en estas situaciones, pero quien ayuda a proporcionar un núcleo estable a una sociedad en la que concurre un alto número de pequeños accionistas-ahorradores, les hace el gran favor de no exponerlos al tiburoneo de los más poderosos y a asegurarles a todos una gestión estable y solvente. Dejar a una sociedad sin núcleo estable sería alegre política de quienes (públicos o privados) puedan evitar esa situación y no lo hacen.

Las metáforas bélicas en estas actividades no son un mero capricho literario. Reflejan muy bien la crudeza de lo que su cede en un mundo capitalista globalizado. Y el pequeño capitalista-ahorrador estará más protegido en su inversión si cuenta con socios en núcleo, duro, solvente y estable. Lo que tiene también sus cargas: hay quienes, por poderosos que sean, no quieren integrar núcleos duros, lo que compromete su libertad de vender, especular, o hacer plusvalías.

No sólo se usa en estos asuntos lenguaje bélico, también el propio de una explicación darwiniana de la supremacía del más fuerte. Qué mejor defensa frente a un tiburón que un tiburón amigo aunque, esté programado sólo para la guerra defensiva. Si establecemos un capitalismo popular, de propiedad mobiliaria difundida, es mejor ser coherentes, y no ensañarse con lo que es en muchos casos conveniente (los núcleos duros). Ya sé que todo esto es muy burgués y no muy heroico; frente a ello está la grandiosidad monoteísta de la propiedad pública, del capitalismo de Estado; que también tiene sus puntos favorables; sobre todo para la nomenklatura dominante, aunque tenga pedigrí democrático irreprochable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de marzo de 1997