El último liberal de Washington

El secretario norteamericano de Trabajo, Robert Reich, dice su 'última palabra' sobre la política social de EE UU

Uno de los pocos liberales de la Administración de Clinton, el secretario de Trabajo, Robert Reich, abandona Washington esta semana y declara que el Gobierno debe llevar a cabo una campaña para reducir el abismo cada vez mayor entre ricos y pobres y combatir las tácticas del sector empresarial estadounidense.En el borrador de un discurso que pronunció antes de abandonar el Departamento de Trabajo, Reich afirma que "no puede resistirse a decir su última palabra". Mantiene que "el programa inacabado" de la Administración "es hacer frente a una desigualdad cada vez mayor".

Reich insiste en que el centrarse en un problema que otros miembros de la Administración generalmente evitan discutir no pretende ser una crítica contra sus compañeros o contra el presidente Clinton, un viejo amigo que, según él, "tiene las mismas convicciones que el joven que conocí en nuestra época de estudiantes".

Pero se podría interpretar perfectamente como una crítica ligeramente disimulada al desplazamiento de la Administración hacia el centro, ya que Reich se pregunta si EE UU estará abandonando "el contrato social implícito" que ha mantenido con los trabajadores durante medio siglo.

Y, una vez más, arremete contra el sector empresarial estadounidense por la forma de tratar a los trabajadores para obtener beneficios, táctica que otros miembros del Gabinete, especialmente el secretario del Tesoro Robert Rubin, han aconsejado a Clinton no poner en práctica.

Concretamente, Reich se queja de una "diferencia de beneficios" en la cual Ios altos cargos ejecutivos y sus familias reciben prestaciones de sanidad más generosas y sus pensiones aumentan en forma de retribuciones aplazadas hasta la jubilación". Reich cita estadísticas que demuestran que sólo un 14% de los trabajadores que ganan entre 10.000 dólares (1.300.000 pesetas) y 20.000 dólares (2.600.000 pesetas) disfrutan de los tipos más comunes de planes de ahorro para la jubilación, conocidos como programas 401 (k), y sólo un 34% disfrutan de un plan de pensiones.

'Bendición de despedida

En una conversación telefónica, Reich que dimite para dedicar más tiempo a sus dos hijos adolescentes que viven en Boston, declara que su discurso "no era una puñalada de despedida, sino una bendición de despedida".

Sin embargo, Reich también parece extremadamente consciente de que su dimisión deja a Donna Shalala, secretaria de Sanidad y Servicios Humanos, como la única voz abiertamente liberal del Gabinete. Pero Shalala ha tenido poca influencia en la política y no es una oradora tan expresiva como el siempre citable Reich.

Un compañero de la Administración comenta: "Bob representaba la conciencia liberal y, en el nuevo Gabinete, no se encuentra otra igual".

Puede que sea algo provocado deliberadamente. Para consternación de los asesores políticos de Clinton, Reich a menudo reclamó muchos más esfuerzos por parte del Gobierno para intervenir en la economía a favor de los trabajadores corrientes de los que otros miembros de la Administración, especialmente Rubin, estaban dispuestos a apoyar.

Cuando Reich solicitó un sistema impositivo alternativo que favoreciese a aquellas corporaciones que proporcionasen mayores ventajas a los trabajadores, los funcionarios convocaron a los periodistas para matizar que no hablaba en nombre de la Administración.

Cada vez que el conflicto con los asesores de Clinton llegaba a un punto crítico, Reich solía llamar a su amigo desde hacía 30 años para preguntarle si debía suavizar sus comentarios. Según todos los informes, el presidente solía decir a Reich que mantuviese sus puntos de vista.

El pasado miércoles por la noche, durante un homenaje a Reich, Rubin bromeó sobre sus ocasionales desacuerdos políticos pero insistió en que los muchos puntos en los que coincidían eran ignorados a menudo por la prensa. Afirmó que la influencia de Reich en la política de la administración continuará incluso después de abandonar Washington y que si no está de acuerdo con el Gobierno "seguramente nos llamará y nos lo hará saber".

El punto central del discurso de Reich es un ataque al razonamiento según el cual una economía en crecimiento mantendrá todo a flote y que los trabajadores de EE UU prosperarán. "Algunos niegan que las desigualdades estén aumentando", indica en su discurso, dirigido claramente a quienes le critican, pero sin citar sus nombres en ningún momento,

"Dicho de forma sencilla, están equivocados. Ven la creciente desigualdad como una secuela de los cambios estructurales en nuestra economía, sobre todo los avances tecnológicos y la integración en una economía globalizada, que tienden a favorecer a los que tienen una formación mejor y a penalizar a aquellos con los peores niveles de educación y aptitudes. Alegan que este mismo fenómeno tiene lugar en todo el mundo. No hay nada que hacer".

Pero Reich sostiene que "negarlo, resignarse y callarse" sólo empeorará una tendencia que se ha acelerado desde finales de los años setenta. "No somos sólo un modelo económico, sino también una cultura", señala. "Nunca la economía ha definido por sí sola a Estados Unidos. Si como cultura decidimos combatir las fuerzas económicas que de otro modo nos dividirían, está en nuestras manos el hacerlo".

Pacto social implícito

Reich elude citar cualquier receta específica para reducir este desfase. Pero sostiene que "hay que mantener un pacto social implícito" según el cual la prosperidad de EE UU debe integrar a "casi todo el mundo".

El primer principio de este pacto no escrito, señala, es que las empresas deberán volverse más rentables, que las ventajas salariales, de seguridad, social y de pensiones deben aumentar y que los empleos deben ser cada vez más seguros. Cita varias estadísticas, debatidas en profundidad a principios de 1996 cuando las "reducciones de plantilla" eran un tema recurrente en el discurso político, que señalan que el nivel de despidos es el mismo que en periodos de menor prosperidad.

La mayoría de los trabajadores despedidos, según señalan las estadísticas, encuentran nuevos empleos. Los enemigos de Reich señalan que esta aparente confusión es un signo de salud económica, porque demuestra que la economía es lo suficientemente dinámica como para apartar a los trabajadores de los empleos obsoletos y ocuparlos en nuevos sectores necesitados de gente preparada. Reich afirma que está de acuerdo, pero insiste en que el sistema no funcionará a menos que se dediquen muchos más recursos al reciclaje.

Reich añade que no solicitó a otros miembros de la Administración que dieran el visto bueno a su discurso. "Entré hablando de estas cuestiones", señaló, "salgo hablando de ellas, y seguiré hablando de ellas".

Copyright: New York Times.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0011, 11 de enero de 1997.

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