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CARTAS AL DIRECTOR

Un padre que no puede ver a su hijo en Navidad

Soy un padre en trámites de separación, y estas fiestas de Navidad, las más tristes que recuerdo, se me impide estar con mi hijo de tres años, Javichu, al que adoro y que siente por mí idéntica adoración (está en esa edad en que los niños varones necesitan identificarse con su padre).Mientras una sociedad que se dice cristiana celebra la Navidad, la fiesta de la familia por excelencia, muchos padres, en situación parecida a la mía, se ven privados de estar con sus hijos. Una sociedad que tradicionalmente consagra el mito de la maternidad., pero que, al mismo tiempo, aspira a la moderna igualdad de derechos entre hombres y mujeres, concede a éstas el poder arbitrario e injusto de utilizar a los hijos menores como rehenes en las rupturas conyugales.

No Importa quién sea el responsable, quién haya decidido un mal día romper unilateralmente el compromiso matrimonial (¡tan hipócritamente solemnizado!) abandonando el hogar. La madre, so pretexto de estar a cargo de los niños, puede hacer las maletas y trasladarse con ellos a donde le plazca (en mi caso, desde Vitoria, Álava, a Sevilla, ¡más de 800 kilómetros!). Y uno, marido y padre, no puede hacer nada al respecto: queda tirado como una zapatilla desechable, emocionalmente deshecho, financieramente triturado y físicamente agotado. Tengo que recorrer cada fin de semana el país entero, gastarme cerca de 30.000 pesetas en trenes y perder mi descanso para poder ver a mi hijo unas horas en la calle.

Una legislación obsoleta, una jurisprudencia machista y una cultura arcaica da sistemáticamente la razón a la mujer. Ésta puede, prácticamente, considerar a los niños su propiedad privada, apéndices de su persona que la acompañan como el bolso de mano. Se incentiva así la irresponsabilidad y la desestabilización familiar.

Cualquier mujer, por los motivos más frívolos, o enteramente subjetivos, sin necesidad de probar menoscabo del bienestar de los hijos, puede romper una familia, poner cientos de kilómetros de distancia entre niños y padre, y dejar al hombre solo, trabajando y pagando -cargado de obligaciones y escaso de derechos- .Ella no asumirá ningún coste por ello. Pues, aunque los hijos van adosados a la madre, el fruto del trabajo -¡eso sí!- es a repartir: ¡la sociedad de gananciales es la sociedad de gananciales!

Aunque parezca lo contrario, esta situación es el resultado de una cultura machista esquizofrénica. Parece defender a las mujeres pero las trata como a seres irresponsables menores de edad recluidos en la esfera privada' (cuando la realidad social es otra), y considera sólo su función biológica de madres mucho tiempo después de que ésta ya no sea estrictamente necesaria. Mientras, a los hombres, a los que se nos pide constantemente implicación en las tareas domésticas y asumir con responsabilidad y sensibilidad nuestra paternidad, se nos priva de derechos respecto a ésta.

Pero mi caso personal es todavía más sangrante y absurdo. Ninguna decisión judicial ampara a mi mujer al mantenerme apartado de mi hijo. El proceso civil de separación está atascado en un tecnicismo procesal que impide a los jueces adoptar siquiera medidas provisionales que regulen la guarda y custodia y el acceso a mi hijo. Si acudo al juez de guardia, me dirá que no puede hacer nada: arrebatar a menores del domicilio conyugal y despadrarlos no es delito. Si intento recuperar a mi hijo y devolverlo a su casa, me acusan de "quitárselo" (sic) a la madre y de "secuestro" (sic).Y sólo sé que se me niega mi derecho a vivir con mi hijo, y que estas navidades no he podido jugar a chuta con Javichu. Quizá no pueda verle durante meses .¿Quién me ampara? ¿Quién protege el derecho de mi hijo a estar con su padre? ¿Hay progenitores de primera categoría (ellas) y de segunda (ellos)? ¿Se quiere acaso que nos desentendamos de nuestros hijos y seamos padres a distancia -telepadres-? Desde luego, conmigo no lo van a conseguir. Yo he decidido luchar por mi hijo.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de enero de 1997