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EL CUADERNO DE ANDAR POR CASA

Jorge Valdano

Un poco de tiempo. Yo sé de un entrena dor que le hizo comprar una vaca a su club para que los jugadores se responsabilizaran de su cuidado. Pretendía crear un espíritu granjero para fortalecer la solidaridad entre el grupo, pero al pobre entrenador lo echaron pronto y los directivos se quedaron sin saber qué hacer con la vaca. Los entrenadores sin vacas somos mucho más fáciles de echar, sobre todo en estos tiempos en que los plazos son insoportablemente cortos. Me cuentan que en la temporada pasada el presidente de un equipo español defendía apasionadamente la continuidad del entrenador contra el criterio de sus consejeros. Al final de las reuniones salía feliz (por haber impuesto su voluntad) y cansado (porque cada lunes le resultaba más difícil la defensa), pero siempre le quedaban fuerzas para un comentario final sobre el estado del entrenador: "Casi se nos queda en la mesa de operaciones", decía. Estamos en el primer cuarto de Liga y, según leo, hay cuatro entrenadores en la mesa de operaciones: con vaca o sin vaca es ridículo.Récord. Por fin ganó el Extremadura, que estuvo a punto de romper el récord de partidos perdidos en un inicio de cam peonato. Yo viví algo parecido con la se lección argentina. En marzo de 1990, jugamos un amistoso contra Escocia en medio de una considerable presión periodística porque estábamos a seis minutos de superar el récord de tiempo sin meter un gol, una indignidad para la selección campeona del mundo. A los jugadores la idea no nos gustaba, pero el inicio de la charla técnica de Bilardo tuvo la virtud de desactivar la tensión: "No se les ocurra meter un gol antes de los seis minutos porque nos quedamos sin récord. Nosotros tenemos que estar en todas las conversaciones, las buenas y las malas. Después de los seis minutos hagan lo que quieran...". Ruggeri lo acompañó en la ironía con un comentario aún más inconcebible: "Cuando pasen los seis minutos usted avísenos; tiramos la pelota afuera, festejamos un ratito y seguimos, jugando". En todo caso, el absurdo es siempre preferible al drama.No gasten la confianza. Una vez escuché a un árbitro defenderse de la acusación de deshonesto de esta extraña manera: "Los árbitros sólo somos ineptos". Curioso porque aquella confesión, lejos de preocuparme, me tranquilizó. Los árbitros están cometiendo demasiados errores de valor partido, las opiniones de los protagonistas apuntan a la intencionalidad, y el aficionado, que tiene hacia su equipo un sentimiento inocente y desideologizado, empieza a creer que algo raro pasa a sus espaldas. Las múltiples guerras que genera el negocio futbolístico en España contribuyen a la confusión y también a la desconfianza, pero incluso las peores guerras tienen un código de honor. Siempre los árbitros tuvieron la humana tendencia de ayudar a los grandes y el tiempo parece acentuar el rasgo. Augusto Monterroso ya nos advirtió que "los pobres son cada día más pobres, los ricos más inteligentes y los policías más numerosos". Hay demasiada gente encargada de la injusticia para que los árbitros hagan una nueva contribución cada semana.

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