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Tribuna:

¿Se puede vivir sin valores?

Hay quien piensa que hoy se vive sin valores. La situación mundial, y también española, parece demostrar que el mundo va a la deriva y que cada uno tira por donde puede, sin norte; ya decía Heidegger que vamos por "sendas perdidas". Pero, si bien se piensa, esto no es completamente así. El psicólogo y pedagogo Alfred Adler demostró, con sus agudas observaciones llenas de realismo, que todo el mundo tiene unos valores que le dirigen, un "estilo de vida" consciente o inconsciente.Los seres humanos tenemos nuestra pequeña filosofía, buena o mala, pero la tenemos, dándonos o no cuenta de ella. Por eso lo que es preciso averiguar es qué valores vivimos: si son positivos o negativos. Porque los valores que viven los occidentales, y en particular los españoles, no son los mejores, ni mucho menos. Y habría que preguntarse por qué ocurre esto entre nosotros.

Hace unos años tuvimos una gran ilusión: deshacernos del peso muerto de la deseducación y ausencia de libertad, justicia y convivencia que nos proporcionó la dictadura, tras años y años de decadencia que culminaron entonces. Y queríamos liberarnos para vivir esos valores de solidaridad, libertad, igualdad, fraternidad y justicia que nos permitieran vivir mejor y progresar en un camino cada vez más satisfactorio. Pero nuestros anhelos no se han visto cumplidos en la forma que esperábamos.

La libertad se ve coartada por cantidad de grupos y situaciones que la cercenan, somos víctimas de su fuerza, que nos hace seguirlos como autómatas que no piensan por cuenta propia. Son los medios de comunicación social, por un lado, que han permitido definir la televisión y la radio, más que ningún otro medio, como el padre, el superego que nos domina. Si es ésta una sociedad sin padre, anómica, como vio Dürkheim, ha encontrado, sin comerlo ni beberlo, un sustituto del padre en esos grupos de presión de todo tipo (económicos, de comunicación, políticos, religiosos que prometen la liberación sometiéndose a ellos, el funcionalismo mecánico de nuestras estructuras modernas, la ciudad teratológica, el armamentismo ante el temor de los otros, los colectivos profesionales hábilmente manejados por unos pocos...). Esto es lo que en nuestra sociedad sustituye a las antiguas instituciones tradicionales, que nos sus tentaban para bien o para mal. Actualmente acogemos estos sustitutos para no vernos perdidos en este cúmulo de problemas de la sociedad actual, ante los que nos sentimos perdidos. Esclavitud dorada en el mejor de los casos, pero esclavitud al fin y al cabo.

Es el pretendido liberalismo económico, que se olvida siempre de los más débiles, y su libertad favorece sólo a los poderosos. Olvidando que su gran promotor, Adam Smith, no sólo escribió La riqueza de las naciones, sino La teoría de los sentimientos morales, sin los cuales no se puede producir el bienestar por el solo camino de la libertad de mercado y demás libertades económicas, que se nos dice que son milagrosas.

Y lo mismo se diga de la justicia. Si ésta se convierte en un poder absoluto, en que uno de sus detentadores pueda llegar a ser una especie de señor de horca y cuchillo, malo. Y Si la solidaridad se convierte en un privilegio para determinados grupos, y sus líderes la viven para su ventaja, malo también. O cuando la convivencia olvida la búsqueda de la verdad, dejando de poner su esfuerzo en ella, igualmente malo. Es preciso cohonestar el respeto a la verdad con el que debemos tener a la dignidad y libertad del buscador. Y si la igualdad consiste en rebajar el rasero, forzando a coincidir todos hacia abajo, y no estimulando el esfuerzo humano y el mérito, resulta malo igualmente.

Se nos ha convertido en borregos laboriosos, en idiotas habilidosos, en "tener trabajo y hacerte el tonto' en perder todo énfasis y toda dimensión; y así caemos en la tentación de la evasión, de la, no participación, en conseguir el hombre y la mujer light para no caer demasiado en esas engañosas redes. Y la revolución es hoy también imposible para construir una sociedad mejor. Hasta un revolucionario tan entregado como el nicaragüense Ernesto Cardenal lo sostiene después de su experiencia como líder en su país. Entonces, ¿qué actitud adoptar?

El conformismo pasivo o la violencia no consiguen mejorar el mundo que hemos malconstruido. Se trata de tener la decisión modesta de una nueva postura: cambiar lo primero nuestra pequeña actitud en la vida individual y social. El inteligente Berlinguer, en Italia, se dio cuenta de ello, y lanzó una campaña, que no fue entendida; pero era el único camino para salir adelante. Quiso luchar contra el falaz consumismo que nos invade, y propugnó la idea de ser nosotros, con nuestra actitud cotidiana, los que cambiásemos, haciendo lo que dice el popular refrán español: "Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero".

No nos conformemos con el chisme escandaloso ni con la anécdota que mañana se olvida y es sustituida por otra, sino que mantengamos nuestra postura dialogal a todos los niveles, pequeños o grandes, dejándonos llevar por el afán de verdad, sin ofender personalmente a nadie con nuestras palabras.

Es posible que muchos pensemos esto y que hablemos constantemente de ello, pero "del dicho al hecho hay mucho trecho". Somos nosotros los que debemos no sólo hablar, sino actuar en la medida de lo posible. Y es preciso que usemos más de nuestra razón que de reacciones puramente emotivas que hoy surgen y mañana se olvidan. Hay que acostumbrarse a pensar, reflexionar y razonar espontáneamente, sin dejarnos llevar sólo por emociones del momento y por críticas sin consecuencias en nuestra vida. Un clima de verdadera libertad requiere el ejercicio de la responsabilidad. No hay auténtica libertad sin el correlato de sentirse también responsable. Somos libres porque somos responsables; y lo somos porque nada ocurre sin relación con los demás. Somos una relación de todo con todo. Ayer se hablaba, en la antigua China de Lao-Tsé, de que todas mis acciones tienen una doble repercusión, hacia los demás y hacia las demás cosas, y que luego vuelve sobre mí. De ahí la importancia de nuestra conducta, porque todo es sintaxis, la realidad es relación, enseñaba. Zubiri, lo mismo que Merleau-Ponty. Y las discusiones sobre la herencia y el ambiente, forjadores de nuestra conducta, son especulaciones que de nada sirven. Lo único que sabemos es que nuestro destino personal está en buena parte en nuestras manos, como demostraron con sus orientaciones eficaces lo mismo los psicólogos Watson que Adler.

Y la religión no ha hecho muy buen papel, con sus ideas sobre el pecado y el arrepentimiento que todo lo arreglaba. Lo mismo el creyente san Agustín ayer que el laico doctor Castilla del Pino hoy coinciden en decir que el único arrepentimiento sincero es la reparación, lo otro es un autoengaño psicológico que no arregla nada. Siempre lo mismo: acción consciente, y no sólo palabras. Si el mundo va mal, para salir de ello es necesaria una meditación comprometida: no una evasión evanescente hacia unos engañosos cielos, como pretendían ayer las religiones al uso y hoy los grupos orientalistas que están de moda. Necesitamos, ante el mundo actual, un hombre y una mujer maduros que actúen con las posibilidades que de verdad tienen, y no con la fantasía de una palabrería vana o el desánimo de la evasión. "Una nación donde el Estado, el sistema de las instituciones, fuese perfecto, pero en que la sociedad careciese de empuje, de claridad mental, de decencia, marcharía malamente decía Ortega y Gasset.

Enrique Miret Magdalena es teólogo seglar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de septiembre de 1996